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Irlanda vs Israel: Un partido de fútbol en silencio y tensión

El domingo se jugará un partido de élite del fútbol europeo que, en casi todo, se parecerá a cualquier otro. Césped perfecto, himnos, camisetas planchadas, árbitro de Uefa. Pero el ruido no será el mismo. No habrá aficionados visitantes. La retransmisión televisiva llegará sin comentaristas, sin tertulia, sin análisis al descanso. Solo el sonido crudo del juego.

La República de Irlanda viaja a Debrecen, en Hungría, para enfrentarse a Israel en un duelo de Uefa Nations League que trasciende lo deportivo. El balón rodará en un escenario neutral, mientras las relaciones políticas entre ambos países hierven por la ofensiva militar israelí en Gaza. Que el encuentro se dispute ya es, en sí mismo, una historia.

Un voto, una fractura

Desde que el sorteo de la Nations League en febrero emparejó a la República de Irlanda con Israel, además de Austria y Kosovo, el fútbol irlandés dejó de hablar solo de tácticas. La Football Association of Ireland (FAI) quedó bajo presión inmediata: colectivos, aficionados, analistas y figuras políticas reclamaron un boicot a los partidos contra Israel.

La decisión no se tomó en un despacho cerrado. En julio, los delegados de la FAI votaron: 75 a favor de disputar los encuentros, 32 a favor del boicot. Un resultado claro en números, no tanto en clima. La federación advirtió que negarse a jugar podía acarrear sanciones de Uefa, pérdida de millones de euros y un daño profundo al futuro del fútbol irlandés.

El balón ganó a la abstención. Pero no calmó nada.

Fútbol sin hinchada, televisión sin voz

Las consecuencias se notan en cada detalle. No se han puesto a la venta entradas para aficionados irlandeses ni para el partido “fuera de casa” en Hungría ni para el “en casa” del 4 de octubre, que tampoco se jugará en Dublín, sino en Backa Topola, una pequeña localidad de Serbia. Para el primer choque solo habrá un cupo reducido para hinchas israelíes, como ha sucedido en anteriores partidos de Israel disputados en suelo húngaro.

La televisión pública irlandesa, RTE, también ha rebajado el tono. Emitirá una versión mínima de la cobertura: sin comentaristas, sin tertulias, sin patrocinio ni anuncios vinculados al partido. Solo cumplirá, según su propia formulación, con sus obligaciones contractuales.

La sensación es de partido a regañadientes. Se juega porque hay que jugarlo.

Hungría, Serbia y la geografía de un conflicto

No es casual que el balón se mueva lejos de Dublín y de Tel Aviv. Hungría se ha consolidado como anfitrión habitual de los partidos de Israel en territorio “propio”. Las relaciones diplomáticas entre ambos países son más sólidas que con buena parte de Europa, y Budapest ha mostrado disposición para garantizar los dispositivos de seguridad y policía que exige Uefa.

En el caso del duelo “local” de Irlanda, la FAI decidió en verano llevarlo a un estadio neutral. Argumentó “desafíos operativos que podrían afectar a la celebración del partido en suelo propio”. Informaciones posteriores apuntaron a un temor claro: que las protestas en Dublín pudieran impedir que el encuentro llegase siquiera a disputarse.

La elección de Backa Topola, en Serbia, no vino acompañada de una explicación oficial detallada. Pero el mensaje es evidente. Un escenario remoto, en un país que mantiene lazos estrechos con Israel —en 2025, el ministro de Exteriores serbio, Marko Duric, definió a Israel como uno de sus “amigos más cercanos y socios estratégicos”, y Serbia ha adquirido drones y misiles israelíes en los últimos años— reduce la posibilidad de grandes manifestaciones y facilita el control de seguridad.

El fútbol se desplaza donde la política lo deja respirar.

Protestas, cartas abiertas y una federación acorralada

El traslado del problema lejos de Irlanda no ha frenado la contestación. Gradas de distintos clubes irlandeses han mostrado su rechazo a los partidos frente a Israel durante las últimas jornadas de liga doméstica. Banderas, pancartas, cánticos. El debate ya no es solo institucional; es de base.

El lunes, más de 160 deportistas irlandeses firmaron una carta abierta impulsada por el colectivo Irish Sport for Palestine. Entre los nombres, el boxeador Tyrone McKenna y la ex campeona de Europa de atletismo Ciara Mageean. El mensaje: pedir el boicot a los encuentros de la selección ante Israel.

La cúpula de la FAI se mueve en un terreno minado. El director ejecutivo, David Courrell, reveló la semana pasada que Uefa rechazó una petición para mantener a Irlanda e Israel separados en futuros sorteos. El director de fútbol, John Martin, definió los partidos como “una situación muy incómoda para todos”.

El seleccionador, Heimir Hallgrímsson, fue más allá en lo verbal. Defendió que disputar el partido no supone legitimar lo que calificó como “genocidio” de Israel. “No jugamos con el genocidio, jugamos contra el genocidio. Jugamos contra Israel, no jugamos con Israel”, declaró.

La respuesta del Israel Football Association fue fulminante: acusó al técnico de “ignorancia, hipocresía y estupidez”. El cruce de declaraciones refleja hasta qué punto este duelo de Nations League se ha convertido en un campo de batalla simbólico.

Irlanda, Palestina y un contexto que lo invade todo

Nada de esto ocurre en el vacío. La República de Irlanda se ha situado en la primera línea europea de apoyo a la causa palestina desde el inicio de la ofensiva israelí en Gaza en octubre de 2023.

Según el ministerio de Sanidad de Gaza, controlado por Hamas y cuyas cifras son consideradas fiables por Naciones Unidas, más de 73.000 personas han muerto por ataques israelíes. El dato se ha convertido en una referencia constante en el discurso político irlandés.

En mayo de 2024, Irlanda, junto a España y Noruega, reconoció oficialmente al Estado palestino. Meses después, se sumó al caso presentado por Sudáfrica contra Israel en la Corte Internacional de Justicia por presunto genocidio en Gaza. El país también ha boicoteado Eurovisión desde 2025 por la participación continuada de Israel, fue el primero de la Unión Europea en prohibir productos procedentes de asentamientos israelíes ilegales en Cisjordania y ha impuesto vetos de viaje a varios ministros del gobierno israelí.

El lunes, la ministra de Exteriores, Helen McEntee, volvió a marcar la línea del gobierno irlandés: “La postura de Irlanda es clara: se está vulnerando el derecho internacional. Estamos viendo un intento de borrar a una población”. Israel sostiene la posición contraria: defiende que sus acciones en Gaza responden a la autodefensa tras el ataque del grupo armado palestino Hamas del 7 de octubre de 2023, en el que murieron alrededor de 1.200 personas y 251 fueron tomadas como rehenes.

Con este telón de fondo, cada pase y cada entrada en Debrecen quedarán inevitablemente teñidos por la política.

Un balón que pesa más

No es la primera vez que selecciones irlandesas se cruzan con Israel en un contexto inflamado. La República de Irlanda ya se midió a Israel en los clasificatorios del EuroBasket femenino el pasado otoño y a comienzos de este año, después de lo que la federación describió como “deliberaciones exhaustivas”.

Ahora, el foco se posa sobre el fútbol masculino y sobre una Nations League que, en circunstancias normales, apenas ocuparía unos minutos en los informativos. Esta vez, el partido llega cargado de simbolismo. Se juega en silencio parcial, sin el rugido verde de la grada, bajo la mirada incómoda de una federación que teme sanciones, de unos deportistas que firman cartas de protesta y de un gobierno que ha convertido su postura sobre Palestina en seña de identidad internacional.

El domingo, cuando el árbitro pite el inicio en Debrecen, los jugadores de la República de Irlanda y de Israel disputarán tres puntos como cualquier otro. La cuestión es si, cuando el balón deje de rodar, alguien será capaz de ver este duelo solo como fútbol durante mucho tiempo.

Irlanda vs Israel: Un partido de fútbol en silencio y tensión