Estados Unidos conquista su quinto Mundial consecutivo en baloncesto femenino
Durante veinte minutos, Berlín soñó en azul. Francia mandaba, movía el balón con descaro, encontraba a Dominique Malonga cerca del aro y a Gabby Williams y Janelle Salaun afinadas desde fuera. El marcador llegó a un 31-17 que olía a terremoto histórico. El campeón tambaleaba. El dominio de décadas del baloncesto femenino estadounidense parecía, por fin, vulnerable.
Resultado final: USA 97-79 Francia, quinto título mundial consecutivo.
Pero el camino hasta ese marcador fue todo menos rutinario.
El susto francés y la respuesta veterana
Francia golpeó primero y golpeó fuerte. Ocho de sus primeros puntos llegaron al aro, sin resistencia real. Williams atacaba con fluidez, Malonga imponía su tamaño y el perímetro abría la pista. Un triple de Ayayi, otro de Salaun, la irrupción de Leite desde la media distancia… y el marcador se estiraba.
Estados Unidos, mientras tanto, acumulaba malas decisiones. Breanna Stewart forzaba tiros, el banquillo no encontraba ritmo y las rotaciones parecían ir un paso por detrás del plan francés. Con 17-28 y luego 22-31, Kara Lawson tuvo que parar el partido. El campeón estaba incómodo, tarde en las ayudas, blando en las líneas de pase.
La reacción llegó donde casi siempre aparece en este equipo: en el núcleo duro. Regresaron Chelsea Gray y Jackie Young, se ordenó el ataque y el encuentro cambió de tono. Gray empezó a leer cada ángulo, a castigar cada mala ayuda, a encontrar esquinas y cortes. Young, agresiva, redujo la brecha con un triple y penetraciones que frenaron la hemorragia.
Stewart, tras un arranque errático, se asentó. Sumó desde la línea de tiros libres, cargó el rebote y se convirtió en la referencia silenciosa que empuja sin hacer ruido. Al descanso, pese a la exhibición de Williams y al acierto exterior francés, el 45-43 todavía era para Francia… pero el impulso ya no.
Y justo entonces, apareció Caitlin Clark.
Clark, poco tiempo, máxima puntería
Había pasado casi toda la primera parte en un segundo plano, incluso castigada por dos pérdidas consecutivas en su primera aparición y un inicio tímido. Su primera gran huella llegó sobre la bocina del descanso: triple desde la esquina, frontal, limpio. Un recordatorio de que su impacto puede ser repentino, casi eléctrico.
Clark terminó con 12 puntos en poco más de 10 minutos, un 4/5 en tiros de campo y 2/3 en triples. También dejó cuatro pérdidas y una técnica por protestar en el último cuarto, una secuencia que la acercó más al tono de un partido WNBA que a una final de selección. Pero cuando encontró ritmo, atacó el aro, sacó faltas, manejó el pick and roll y hasta conectó con Aliyah Boston en una acción que parecía calcada de Indiana.
No fue la protagonista absoluta. No lo necesitó. En este equipo, su rol fue el de chispa puntual. Y funcionó.
El tercer cuarto que lo cambió todo
El partido se decidió tras el descanso. Francia regresó con ventaja y confianza. Estados Unidos volvió con una idea muy clara: subir la intensidad en cada posesión.
Stewart empató en la primera acción (45-45). A partir de ahí, se desató una oleada. Napheesa Collier, discreta en números pero enorme en trabajo sucio, metió la mano en un balón dividido y dio a USA su primera ventaja “en siglos”, como sugería el relato estadístico. Young y Copper castigaron el balance defensivo francés. Gray, desde la media distancia, clavó uno de esos tiros que parecen imposibles para el resto de mortales, pero naturales para ella.
Francia, que había vivido de porcentajes altísimos en el triple, empezó a ver cómo el aro se encogía. Marine Johannes se enfrió. Las lecturas ya no eran tan claras. Cada posesión se volvía más pesada.
El momento simbólico del derrumbe francés llegó con la revisión arbitral sobre una falta de Johannes a Kahleah Copper. El golpe fue duro, de los que cortan una penetración limpia. Los árbitros la catalogaron como “acto de violencia”: cuatro tiros libres y posesión. Copper anotó tres de cuatro, Clark entró de nuevo, y en la reanudación Boston amplió la brecha. En segundos, el partido pasó de estar en el aire a inclinarse claramente hacia el lado estadounidense.
El tercer cuarto cerró con un 73-57 que sonaba a sentencia. Francia había vivido un parcial devastador. De ir por delante, a ver cómo “se le caían las ruedas”, como quedó reflejado en la narración en directo.
Stewart, Young, Copper y Gray: el bloque que no se pone nervioso
Si algo definió esta final fue la serenidad del núcleo veterano de Estados Unidos. No hubo pánico ni heroísmos forzados. Hubo lectura, paciencia y una insistencia casi metódica.
Stewart terminó con 22 puntos y 9 rebotes, rozando el doble-doble, y volvió a demostrar por qué su nombre aparece siempre en cualquier discusión sobre la jugadora más decisiva del mundo. Superó a Cheryl Miller para convertirse en la quinta máxima anotadora histórica de la selección y mandó en el rebote (USA dominó la pintura: 36-27 en capturas).
Jackie Young fue el metrónomo ofensivo: 18 puntos, cinco asistencias, un triple crucial para frenar la última amenaza francesa en el tercer cuarto y una presencia constante en transición. Cada vez que Francia amagaba con acercarse, Young encontraba una respuesta.
Copper firmó 15 puntos y un último cuarto demoledor, con un triple y varias penetraciones que enterraron cualquier intento de remontada. Gray, por su parte, sumó 12 puntos y cinco asistencias, manejando ritmos, castigando cambios defensivos y apareciendo justo cuando el reloj apretaba.
No hubo una sola heroína. Hubo un bloque.
Francia compite, Malonga se luce… pero llega tarde
El marcador final no hace justicia al miedo que Francia sembró en la primera mitad. El equipo de Williams, Malonga, Johannes, Ayayi y compañía se jugó el partido de su vida durante dos cuartos. Anotó con fluidez (52% al descanso), encontró triples liberados y se atrevió a correr cada vez que pudo.
Malonga, con solo 20 años, cerró la final con 21 puntos y una ráfaga en el último cuarto que maquilló el resultado y dejó claro que el futuro interior de Francia está en buenas manos. Encadenó un triple, acciones al poste, un 2+1 contra Collier… un repertorio completo cuando el choque ya parecía decidido.
Williams terminó con 20 puntos y siete asistencias, pero su segundo tiempo fue un calvario. Pérdidas, malas decisiones, un triple tardío que llegó cuando el partido ya estaba roto. Pasó de ser el motor francés a símbolo del desgaste.
Ayayi aportó 8 puntos, Badiane un triple clave en la primera mitad, y Johannes dejó destellos. No bastó. El tercer cuarto fue “horrible para el equipo de azul”, como quedó retratado: los tiros dejaron de entrar, la circulación se espesó y la defensa ya no sostuvo.
El banquillo de USA, entre el futuro y la espera
Mientras el quinteto titular y las veteranas acumulaban más de 20 minutos en pista, el banquillo vivió una final distinta. Boston, con más de 14 minutos, fue la primera suplente en impactar: tapón, defensa sólida, puntos en transición. Rhyne Howard pasó de un inicio dubitativo a sumar robos y contraataques importantes en el tercer cuarto.
Angel Reese, en cambio, tuvo una noche extraña: minutos limitados, dos tiros libres fallados de forma clara en su primera aparición, pero también un tapón clave y una canasta final tras asistencia de Stewart cuando el partido ya estaba decidido.
Paige Bueckers apenas rozó los dos minutos y medio. Sonia Citron y Kiki Iriafen ni siquiera llegaron a debutar en la final. Cuando el marcador se disparó a +27 en el último cuarto, muchos esperaban que Lawson vaciara el banquillo. No lo hizo hasta el tramo final, cuando Malonga ya había iniciado su mini exhibición y la ventaja seguía siendo amplia, pero no escandalosa.
La decisión dejó una lectura clara: en noches de título, Lawson confía casi ciegamente en su núcleo veterano.
Un dominio que ya no es tiranía… pero sigue siendo dominio
Los números son brutales: desde 1994, el combinado estadounidense solo ha perdido un partido en Juegos Olímpicos y Mundiales. El registro en las grandes citas se sitúa en 121-1, con 71 victorias seguidas al máximo nivel. Con el triunfo ante Francia, suma su quinto Mundial consecutivo.
Sin embargo, algo ha cambiado. Italia rozó la sorpresa en la fase de grupos. España tuvo al campeón contra las cuerdas en semifinales. Francia volvió a ponerlo en problemas en una final mundial, como ya hiciera en la final olímpica de 2024, aquella del pie de Williams sobre la línea de tres que privó al mundo de una prórroga.
El talento estadounidense sigue siendo inagotable. El relevo ya está sobre la mesa: Clark, Reese, Boston, Bueckers, Howard, Citron, Iriafen. Pero Europa ya no mira estos torneos como una visita guiada al podio. Francia, España, Italia y otras selecciones han reducido la distancia. Hoy, para ganar, Estados Unidos tiene que jugar bien. No basta con presentarse.
En Berlín, cuando el partido pedía carácter, el viejo guion volvió a imponerse: Stewart, Young, Gray, Copper y Collier tomaron el control, cerraron el rebote, subieron la defensa y gestionaron cada posesión con la frialdad de quien sabe lo que es vivir en el filo.
El trofeo vuelve a manos conocidas. La pregunta, ahora, no es si alguien podrá destronarlas en el próximo ciclo olímpico y mundial. La pregunta es quién se atreverá a sostener durante 40 minutos lo que Italia, España y Francia solo han logrado durante ratos. Porque el reinado sigue en pie. Pero, por primera vez en mucho tiempo, el trono ya no parece inamovible.






