Netball australiano: el despertar de un gigante indígena
Durante décadas, el netball ha sido el deporte de equipo número uno para niñas y mujeres en Australia. Canchas llenas, miles de fichas, una tradición sólida. Pero en la élite, el vacío era evidente: casi ninguna jugadora indígena con la camiseta de las Diamonds.
Solo tres nombres en toda la historia: Marcia Ella-Duncan, Sharon Finnan-White y, tras 22 años de silencio, Donnell Wallam. Una cifra que dice más que cualquier discurso.
Wallam no solo rompió esa sequía. También encendió una alarma.
En 2024 dejó Australia rumbo a Nueva Zelanda y, en su salida, apuntó directamente a su antiguo club, Queensland Firebirds. Habló de falta de “respeto por la inclusión y la cultura” y eligió un entorno donde, según ella, esos valores sí estaban presentes. Este año regresó a Sunshine Coast Lightning, pero el mensaje ya había calado.
Netball Australia tomó nota. Y reaccionó.
Del conflicto a la acción
Mientras se ventilaban acusaciones de “cultura tóxica” en Firebirds, el organismo rector del deporte abrió una investigación y empezó a mover fichas. No se trataba solo de apagar un incendio mediático, sino de cambiar estructuras.
De ahí nació la primera selección First Nations de la historia del netball australiano: las Black Swans. El impulso llegó de la mano de Ali Tucker-Munro, General Manager First Nations de Netball Australia y ex integrante del squad de las Diamonds.
Su llegada no fue simbólica. Tucker-Munro empujó la creación del First Nations Tournament, un campeonato nacional anual que este año se disputa en Melbourne, y la Spirit Series, estrenada en 2026, donde las Black Swans terminaron invictas frente a selecciones vecinas del Pacífico.
Desde el State Netball and Hockey Centre, Tucker-Munro, junto a las jugadoras Gabby Coffey y Scarlet Jauncey, explicó que estos pasos empiezan a llenar un hueco histórico: la ausencia de referentes visibles para las netballers indígenas. El trabajo, sin embargo, apenas ha comenzado.
Gabby Coffey: entre Birmingham y el corazón rojo de Australia
Gabby Coffey, 26 años, defensora, camiseta del Territorio del Norte. Es el retrato de una generación que se quedó a las puertas del máximo nivel.
Pasó cuatro años como training partner de Melbourne Vixens. Siempre cerca. Nunca dentro. Al final, tomó una decisión valiente: cruzar el mundo para seguir jugando. Fichó por Birmingham, donde compitió durante dos temporadas, y luego regresó a Alice Springs.
Coffey ya veía el techo en Vixens.
“Sabía que no había mucho movimiento en su zona defensiva, y lo mismo pasaba con muchas defensas en Australia”, contó a ABC Sport. El mensaje era claro: el embudo en la élite es brutal, y para las jugadoras indígenas, aún más estrecho.
No ha renunciado a su sueño profesional, pero empieza a asumir otro rol: el de sostén para las que vienen detrás, las niñas que miran a la élite desde comunidades alejadas.
Wiradjuri de origen, creció en Alice Springs, lejos de su mob y de su país, pero arropada por la comunidad Arrente.
“Cuando creces en otra tierra indígena y dices que eres indígena, te integran en su cultura. Tuvimos mucha suerte de crecer en el centro de Australia, donde su cultura es muy sagrada y tradicional”, recuerda.
La ambición deportiva la empujó al sur. Su entrenadora, Gillian Lee, le recomendó mudarse a Melbourne. El salto fue duro.
“Fue muy difícil estar lejos de casa”, admite. “Tuve mucha suerte con el equipo al que entré, Vixens, y con el apoyo que tuve, pero no es así para todas. Muchas chicas reciben esas oportunidades para mudarse y no aguantan porque ese apoyo simplemente no existe”.
Venir del Territorio del Norte añade otra capa de dificultad.
“Ni siquiera con competiciones como esta podemos entrenar juntas de forma regular. Solo nos reunimos cuando llegamos aquí, y el resto del tiempo cada una entrena por su cuenta. Es un desafío enorme”.
“Si no lo ves, no puedes serlo”
Cuando le preguntan qué falta para que más jugadoras First Nations lleguen a la élite, Coffey no duda: referentes.
“Si no lo ves, no puedes serlo”, sentencia. Hoy, en la liga Super Netball, solo hay dos jugadoras indígenas.
Su propia historia, años como jugadora de entrenamiento sin lograr un contrato pleno, ilustra la dureza del sistema.
“Llegan muchas internacionales a Super Netball. Creo que hacen el juego mejor y más emocionante, y no creo que se deba restringir eso”, afirma. “Pero sí creo que debería haber más foco en llevar a chicas indígenas al máximo nivel”.
Ahí aparece un rayo de oportunidad. Netball Australia planea introducir dos nuevos equipos en la competición. Más equipos significa más plazas de lista. Más puertas entreabiertas.
Coffey también ve con buenos ojos la posible entrada de un equipo de Nueva Zelanda. Eso podría aliviar la presión sobre las jugadoras australianas que pelean por un contrato en un mercado tan reducido.
Scarlet Jauncey, de Broome a entrenar con las mejores del mundo
Scarlet Jauncey sabe lo que es rozar la élite. Lleva el último año como training partner de West Coast Fever, marcando a estrellas como Jhaniele Fowler-Nembhard en los entrenamientos. Una escuela de choque.
Yaruwu de Rubibi/Broome, en Australia Occidental, coincide con Coffey: recortar la presencia de extranjeras no es la solución.
“Queremos jugar contra las mejores del mundo, eso es lo que buscamos”, afirma la defensora.
Como muchas de sus compañeras, creció idolatrando a Donnell Wallam. Ver a una mujer indígena brillar en la élite le cambió la perspectiva.
“Nos da algo hacia lo que aspirar, saber que podemos estar en ese espacio”, dice.
En 2025, Jauncey dio un paso más y capitaneó a las Black Swans. De admiradora a referente.
“Fue el mejor torneo que he jugado, los mejores equipos con los que he estado”, resume. “Poder venir a torneos First Nations y tener esa conexión entre nosotras ha sido increíble”.
Coffey asiente. Habla de “piel de gallina”.
“Creo que nos da a mí y a muchas jugadoras una fuerza enorme y un empuje para seguir y jugar al nivel más alto posible”, asegura.
Ali Tucker-Munro y el concepto clave: seguridad cultural
Tucker-Munro sonríe cuando escucha a sus jugadoras hablar de las Black Swans. Es una de sus creaciones más personales, junto al First Nations Tournament y la Spirit Series.
“Estos torneos son aspiracionales. Buscan inspirar a la próxima generación de chicos y chicas, que sabemos que aman el deporte y, en particular, el netball, para que se presenten a pruebas en sus estados y territorios”, explica.
La meta no es solo llenar una semana de competición. Se trata de que las niñas que hoy juegan en Melbourne sueñen con Super Netball y con la selección australiana.
Pero Tucker-Munro pone una condición innegociable: no basta con abrir la puerta, hay que garantizar que el espacio sea seguro desde el punto de vista cultural.
“Las personas First Nations entramos en estos entornos con nuestra cultura y nuestra comunidad a la espalda, apoyándonos, y quieres hacerlas sentir orgullosas”, dice. “Es un camino duro, sobre todo para los chicos y chicas que tienen que mudarse, así que hay que pensar estratégicamente en cómo los apoyamos”.
Desde su nombramiento, el netball australiano ha creado un First Nations Cultural Council y el año pasado llevó a cabo una revisión de seguridad cultural en colaboración directa con la comunidad. No solo se escuchó a las jugadoras: también a entrenadores, árbitros y al resto de la fuerza laboral del deporte.
Tucker-Munro reconoce que las barreras son “multifacéticas”: dinero, distancia, acceso a estructuras de alto rendimiento. Nada de eso se soluciona con un solo programa.
“Durante demasiado tiempo nuestra voz ha estado muy silenciada”, afirma. “No somos un pueblo homogéneo, así que es fundamental escuchar muchas voces”.
Y deja una idea central, casi una regla de oro:
“En nuestra comunidad, algo que tenemos muy claro es que no se deben hacer las cosas por nosotros ni a nosotros, hay que hacerlas con nosotros”.
Ahí está el giro de fondo. Netball Australia no solo quiere sumar talento indígena; pretende reescribir cómo se construye el deporte, quién se sienta en la mesa y quién decide el futuro.
La intención y la voluntad, dice Tucker-Munro, están sobre la mesa para impulsar un cambio real en el paisaje deportivo del netball en Australia. Ahora la pregunta es simple y enorme a la vez: ¿cuántas futuras Diamonds nacerán de este nuevo camino?






