logo

El caos en el cierre del mercado desnuda a Everton

El cierre del mercado desnuda a Everton: caos, revuelta y un club bajo sospecha

La ventana de fichajes no ha dejado simplemente dudas en Everton. Ha dejado un incendio. Y el foco ya no apunta al banquillo de David Moyes, sino directamente a The Friedkin Group y al director ejecutivo Angus Kinnear.

El último día de mercado fue la gota que colmó un vaso ya desbordado por semanas de frustración. La afición venía encendida por la propuesta de venta de Harrison Armstrong, canterano de 19 años y señalado como el mayor talento de la academia desde Wayne Rooney. El traspaso a Nottingham Forest llegó a estar encaminado, hasta que el propio consejo de Everton tuvo que intervenir y frenarlo ante la reacción tóxica del entorno. Un incendio de relaciones públicas evitado en el último segundo.

Y entonces llegó el desastre definitivo.

El fichaje de Balogun, de operación estrella a esperpento

Folarin Balogun debía ser el golpe sobre la mesa. Un acuerdo de 40 millones de libras con AS Monaco, el delantero estadounidense de 25 años listo para aterrizar en Merseyside, los documentos firmados por ambas partes y el famoso deal sheet enviado antes de las 23.00 BST del martes para permitir cerrar la operación fuera de plazo.

El plan era sencillo: vuelo a las 8 de la mañana, reconocimiento médico, firma, fotos y anuncio. Nada de eso salió como estaba escrito.

Balogun no pudo volar a primera hora y llegó más tarde de lo previsto. Everton, mientras tanto, se desesperaba por la demora en la documentación procedente de Monaco. Y cuando por fin el delantero pasó por el reconocimiento, surgieron problemas médicos que obligaron a renegociar la estructura del acuerdo.

Ahí empezó el caos.

Everton, inquieto por los resultados del examen, intentó cambiar el formato del fichaje: menos dinero por adelantado, más pagos variables ligados al rendimiento y la progresión del jugador. Las condiciones personales de Balogun no se tocaron. Sobre el papel, la operación seguía siendo la misma para él.

En la práctica, no lo fue.

En paralelo, el club activó un plan B y un plan C. Llamada a Old Trafford: cesión de Joshua Zirkzee. El delantero aceptaba. Manchester United, no. Puerta cerrada. Intento con Tammy Abraham, en Aston Villa. Interés, conversaciones, pero el atacante decidió quedarse en Villa Park. Otra vía muerta.

Con el reloj agonizando, Everton y Monaco alcanzaron un nuevo acuerdo, ya al borde del cierre definitivo del mercado. Parecía resuelto. Entonces Balogun cambió de opinión. Se levantó de Finch Farm y se marchó sin firmar.

Horas después, el director deportivo de Monaco, Thiago Scuro, explicaba en rueda de prensa que el delantero no se sentía “cómodo” con el trato recibido durante el reconocimiento médico. Everton, por su parte, sostiene que acompañó al jugador en todo momento, que fue transparente con los problemas detectados y que incluso se ofreció a trabajar con Monaco para encontrar una fórmula que permitiera completar el traspaso.

Nada de eso evitó la escena final: el delantero estrella saliendo por la puerta, sin contrato, con el mercado ya cerrado.

Un club debilitado… tras vender a su ‘9’ y a su cerebro creativo

El contexto agrava la imagen. Todo este vodevil se produjo horas después de que Everton hubiera autorizado la salida de Beto a Fiorentina por 15,5 millones de libras. Un delantero menos. Y mientras el culebrón Balogun se enredaba, Iliman Ndiaye, el futbolista más creativo de la plantilla, completaba su traspaso a Manchester City por 65 millones de libras.

La pregunta es obvia: ¿cómo llega un club con carencias evidentes en ataque y en profundidad de plantilla al último día de mercado en esta situación? ¿Por qué se aborda la solución al problema del ‘9’ con el reloj ya en rojo?

Kinnear, en una entrevista reciente con BBC Radio Merseyside que hoy suena casi sarcástica, aseguraba que la plantilla estaba “en un buen lugar” y que el objetivo era “tener al mejor jugador posible en cada posición” al cierre del mercado. También trasladó el mensaje de los propietarios estadounidenses: no clasificarse a competiciones europeas la pasada temporada fue “un fracaso”. Moyes admitió que esas palabras le sorprendieron.

Tras lo sucedido, el término “fracaso” ya no se asocia al entrenador, sino a los dueños y a su director ejecutivo. Y esta vez no hay escudo táctico que los proteja.

El “buen lugar” del que hablaba Kinnear se traduce hoy en una realidad demoledora: Moyes afronta la temporada con un solo delantero centro, el todavía verde Thierno Barry, y únicamente 18 jugadores de campo con ficha sénior. Un escenario precario para un técnico de 63 años que, en más de una ocasión, ha dejado entrever su descontento con el desarrollo del mercado estival.

Fichajes que no tapan el bochorno

Sería injusto decir que Everton no fichó a nadie. Jack Grealish regresó cedido. Ashley Maitland-Niles llegó desde Lyon por 3 millones para, al fin, poner parche a un problema histórico en el lateral derecho. Pero incluso esa operación se vio salpicada por la improvisación: su anuncio oficial se produjo pasada la medianoche, después de que un acuerdo de 9,4 millones por Kenny Tete se viniera abajo porque Fulham no encontró sustituto.

El resultado es una plantilla descompensada: un solo lateral derecho (Maitland-Niles), un solo lateral izquierdo (Vitaliy Mykolenko) tras la cesión de Adam Aznou al Málaga, y un solo ‘9’ puro en Barry. Demasiadas posiciones al límite para un club que aspira, según sus dueños, a Europa.

Durante la ventana también llegaron el PFA Championship Player of the Year Hayden Hackney desde Middlesbrough y Christian Norgaard procedente de Arsenal, llamado a reemplazar a Idrissa Gueye. Pero el danés, de 32 años, está lesionado y sin fecha de regreso. Se cerraron además los acuerdos por el joven alemán Merlin Röhl y por Tyrique George, internacional sub-21 inglés que ya estuvo cedido la temporada pasada. Brennan Johnson aterrizó desde Crystal Palace en un intercambio directo por Dwight McNeil.

Sobre el papel, un volumen razonable de operaciones. En la realidad, todas ellas quedan sepultadas bajo el estruendo de un deadline day que roza el ridículo. Everton termina el mercado claramente más débil de lo que lo empezó.

La afición se planta: del enfado al desafío abierto

Lo deportivo ya era preocupante. Lo social ha estallado. Los grupos de aficionados han pasado de la inquietud a la rebelión organizada.

Tras la victoria en la segunda ronda de la Carabao Cup ante Preston North End, Moyes fue claro: “Todavía creo que tenemos mucho trabajo por hacer. Necesitamos más jugadores. Nuestra plantilla no es lo suficientemente grande y necesitamos más calidad en algunas áreas si podemos conseguirla”. Sus palabras resuenan hoy con más fuerza, con el mercado ya cerrado y sin respuestas convincentes desde los despachos.

Los hinchas no han tardado en reaccionar. Una petición para exigir la dimisión de Kinnear circula ya entre la masa social. “The Everton Fans’ Forum” emitió un comunicado duro, sin matices, en el que denuncia que la plantilla ha quedado “peligrosamente corta” en puestos clave.

El texto va al corazón del problema: “La conclusión de la ventana de fichajes de este verano deja a los aficionados de Everton con serias preguntas sobre la planificación, la captación y la toma de decisiones del club. Esto no va de exigir que Everton gaste de forma imprudente. Los aficionados entienden las restricciones financieras bajo las que opera el club. No pedimos fichajes de relumbrón por el simple hecho de hacerlos. Pedimos competencia, preparación y responsabilidad”.

El golpe no viene solo de ahí. “The 1878s”, el grupo de voluntarios que ha llenado de color, tifos y grandes banderas el nuevo Hill Dickinson Stadium, anunció que “se retira por el futuro inmediato” en señal de protesta. Son los mismos a los que Moyes calificó de “increíbles” por su trabajo en la animación del estadio.

Su mensaje no admite interpretaciones: “Como el resto de nuestra afición, estamos absolutamente decepcionados y disgustados con cómo ha ido esta ventana de fichajes, especialmente su final”. El grupo explica que las normas sobre banderas les impiden mostrar mensajes ofensivos o imágenes duras. Si pudieran llenar el estadio de pancartas con su enfado, lo harían. No les dejan. Así que optan por el silencio. Un silencio que duele más que cualquier cántico.

Una credibilidad en ruinas y muchas cuentas pendientes

En cuestión de días, Everton ha esquivado una crisis de imagen vendiendo —y luego deshaciendo— la salida de Harrison Armstrong, solo para chocar de frente con otra aún más dañina: la del fichaje fallido de Balogun, la plantilla recortada y una afición que ha dejado de conceder el beneficio de la duda.

The Friedkin Group y Angus Kinnear quedan expuestos. El club no ha emitido todavía un comunicado público que explique lo sucedido en las últimas horas del mercado, ni que responda a las críticas feroces que llegan desde la grada. Pero el tiempo para el relato se agota: lo que queda ahora son los hechos, los resultados y una plantilla corta que deberá sobrevivir a la exigencia de la temporada.

Las vallas que hay que reparar no son solo emocionales. Son estructurales. De planificación, de estrategia, de confianza. La pregunta ya no es si Everton ha fallado en este mercado. Eso está a la vista. La duda real es otra: ¿tendrá este club margen —y paciencia en la grada— para corregir el rumbo antes de que el daño sea irreparable?