David Moyes y el cierre de mercado amargo: decepciones en Everton
David Moyes cerró la ventana de fichajes con la sensación de haber perdido una batalla que llevaba semanas preparando. El técnico de Everton admitió sin rodeos que el club se quedó corto en sus planes de mercado y que tendrá que convivir con ello en los próximos meses.
Todo giró en torno a un nombre que, durante unas horas, pareció hecho: Folarin Balogun. El delantero de Monaco pasó reconocimiento médico en la ciudad deportiva de Finch Farm y el acuerdo entre clubes estaba trazado: un paquete de 40 millones de libras, renegociado tras detectarse problemas en las pruebas médicas del atacante estadounidense. Se llegó incluso a firmar el famoso “deal sheet” antes del cierre de la ventana a las 23:00 BST, la maniobra habitual para ganar tiempo y rematar los últimos flecos.
Y entonces, el giro. Balogun cambió de opinión y se marchó. Sin más.
“No fue culpa de nadie y, en última instancia, son cosas que pasan en el fútbol, el jugador tuvo un problema en su reconocimiento médico y eso fue todo”, explicó Moyes. “No hay otras historias detrás. Eso es exactamente lo que pasó”.
El golpe dolió porque Balogun no era un objetivo improvisado, sino la respuesta de urgencia tras la salida de Beto. El delantero de Guinea-Bissau dejó Goodison rumbo a la Serie A para firmar por Fiorentina con un traspaso definitivo que abría hueco salarial y deportivo en la plantilla. Everton se movió rápido, detectó la oportunidad con el internacional de Estados Unidos y creyó tenerla atada. El desenlace dejó al club con un vacío en ataque y una sensación de oportunidad perdida.
El día no fue solo Balogun. Everton tanteó también a Joshua Zirkzee, de Manchester United, y a Tammy Abraham, de Aston Villa. Dos perfiles distintos, dos maneras de atacar el área, pero un mismo resultado: ninguno aceptó el reto de vestirse de azul.
“Estoy decepcionado porque no hicimos más negocios y las cosas no salieron como queríamos al final”, reconoció Moyes. “A veces en el fútbol tienes que vivir con decepciones y seguir adelante, y eso haremos”.
Entre las idas y venidas, hubo un fichaje que, en cualquier otro contexto, habría sido titular de portada: Jack Grealish llega cedido por una temporada desde Manchester City. Un talento creativo, desequilibrante, capaz de cambiar partidos desde la banda o entre líneas. Pero su llegada quedó inevitablemente marcada por la gran pérdida del verano: Iliman Ndiaye.
El atacante, uno de los jugadores más determinantes de Everton en los últimos cursos, puso rumbo a Manchester City en un traspaso de 65 millones de libras. Sus números no eran estratosféricos, pero sí constantes: 15 goles y 4 asistencias en 67 partidos de Premier League con los Toffees. Más allá de las estadísticas, se marcha una referencia ofensiva, un futbolista que había encontrado su sitio en Goodison y que encarnaba parte de la identidad reciente del equipo.
Moyes fue claro al explicar el trasfondo de esa operación: “Buscábamos ingresar algo de dinero. Perdimos a Iliman Ndiaye, que es alguien a quien definitivamente no queríamos perder, pero a veces es difícil cuando clubes como Man City aparecen”.
El técnico escocés se mueve en esa delgada línea que separa la ambición de la realidad económica. La venta de Ndiaye debía financiar una reconstrucción parcial del equipo. El plan contemplaba refuerzos en varias líneas, pero el mercado no siempre responde al guion que dibujan los entrenadores.
En defensa, Everton apuntó a Kenny Tete, de Fulham, para reforzar el lateral derecho. El movimiento parecía bien encajado desde el punto de vista deportivo, pero se estancó por un motivo tan simple como decisivo: Fulham no encontró un sustituto adecuado a tiempo y cerró la puerta. Lo que sí llegó fue Ainsley Maitland-Niles, procedente de Lyon por 3 millones de libras. Un lateral derecho con recorrido, versátil, capaz de actuar también en el centro del campo. Un fichaje útil, pero claramente pensado como pieza complementaria, no como el gran golpe del verano.
“Algunas cosas fueron en nuestra contra y otras podríamos haberlas hecho mejor”, admitió Moyes con autocrítica. “En última instancia, no queríamos perder a muchos de los jugadores, pero por distintas razones tuvo que suceder”.
El cierre de mercado deja a Everton en una especie de tierra de nadie emocional: con un nombre de peso como Grealish para ilusionar, sin Ndiaye para sostener la vieja guardia ofensiva y con la herida abierta de un fichaje frustrado como el de Balogun, que parecía llamado a liderar una nueva etapa en ataque.
Moyes sabe que, a partir de ahora, ya no hay excusas de mercado. Con lo que tiene, con lo que se fue y con lo que no llegó, deberá construir un equipo competitivo en una Premier League que no perdona titubeos. La pregunta es clara: ¿alcanzará este Everton, entre decepciones y oportunidades perdidas, para sostener el pulso con los grandes durante toda la temporada?






