Camille Spaccarotella: Pionera del Surf en Singapur
Camille Spaccarotella, 21 años, viajará a Tahara, Japón, para debutar en la edición en la que el surf entra por primera vez al programa de los Juegos continentales. No irá solo a participar. Va a por medalla. Y lo hace desde un país que mira el mar, pero no tiene dónde surfearlo.
De un juego de vacaciones a una carrera seria
La historia arranca hace una década, en unas vacaciones familiares en Bali. Una tabla, unas cuantas olas de prueba y un flechazo inmediato. Lo que empezó como entretenimiento de playa se convirtió en pasión. Después, en rutina. Y, con el tiempo, en un proyecto deportivo serio.
El primer examen competitivo, sin embargo, fue un golpe de realidad. Spaccarotella se inscribió en su primera competición en 2020. Era un torneo menor, casi un ensayo. Pero el nerviosismo la bloqueó: no logró coger ni una sola ola en su manga. Salió del agua con una idea clara: quizá esto no era para ella.
No se rindió. Un par de años después volvió a intentarlo, de nuevo en Bali, esta vez en un evento local. Terminó tercera. Ese podio cambió el relato. Ya no era solo una singapurense que surfeaba bien; empezaba a ser una competidora.
Bali como casa, el Índico como escuela
El gran salto llegó en junio de 2023. Spaccarotella vistió por primera vez los colores de Singapur en el Asian Surfing Championships, disputado en Maldivas. Se quedó a un paso del podio, pero salió con algo más valioso: la certeza de que podía medirse con las mejores de la región.
El problema de fondo sigue siendo el mismo: en Singapur prácticamente no hay olas entrenables. Nada que se parezca a una playa de competición. Por eso Bali se ha convertido en su segunda casa y en su laboratorio deportivo. Pasa allí hasta cuatro meses al año, encadenando sesiones, puliendo técnica, afinando lectura de mar.
Su calendario ya no se limita a Indonesia. Competiciones en India, Corea del Sur y Filipinas la han llevado a aguas desconocidas y, sobre todo, a enfrentarse a surfistas con años de experiencia acumulada.
Ese roce ha acelerado su crecimiento. No solo ha modificado la forma en la que surfea, también la manera en que se planta en cada campeonato. Cada manga, una lección. Cada rival, una referencia dispuesta a compartir trucos y conocimiento dentro de una comunidad que, pese a la exigencia, mantiene un fuerte sentido de camaradería.
El salto a los Asian Games
En 2024, Spaccarotella se convirtió en la primera surfista de Singapur en clasificarse para los Asian Games. Un hito para ella y para el país. Ahora, la meta está clara: subir al podio en Japón.
El surf arrancará el 25 de septiembre en Tahara. Japón e Indonesia parten como potencias regionales, con tradición, estructura y una base amplia de practicantes. El contexto no intimida a la singapurense. Al contrario, la reta.
Su objetivo declarado es estar entre las mejores. Pero también es consciente de lo que significa simplemente estar allí: un paso enorme en su carrera, una puerta que se abre para quienes vengan detrás.
Soñar con olas en un país sin mar surfeable
El impacto que persigue no se limita a una medalla. Spaccarotella quiere que su viaje sirva para algo más grande: que más jóvenes en Singapur se animen a coger una tabla y se planten el surf como algo más que un exotismo de vacaciones.
El gran obstáculo es evidente. Sin olas consistentes ni playas con condiciones similares a las del océano, el crecimiento del deporte se frena antes de empezar. Por eso ella ve en una infraestructura clave la posible revolución: una piscina de olas diseñada para generar olas de calidad oceánica.
El modelo lo tiene claro: Corea del Sur. Un país sin abundancia de rompientes naturales que, gracias a instalaciones de este tipo, ha podido desarrollar una escena competitiva y una base de surfistas mucho más sólida.
Para Spaccarotella, una ola artificial bien pensada podría cambiar el mapa del deporte en Singapur. Abriría la puerta a entrenamientos regulares, programas de formación y, sobre todo, a una nueva generación dispuesta a probar.
El futuro inmediato, sin embargo, está lejos de casa. Primero, Tahara. Una tabla, un traje, un mar nuevo y una pionera que llega dispuesta a demostrar que también desde un país sin olas se puede aprender a domarlas.






