El gimnasio Forest Fighting Fit y su lucha por un nuevo ring
En un rincón de Parkend, en el corazón de Gloucestershire, un ring de boxeo ha pasado de ser el centro de la comunidad a convertirse en un problema de seguridad. La entrenadora principal de Forest Fighting Fit, Michelle Gardiner, no se anda con rodeos: el estado del cuadrilátero es “diabólico”.
No es una exageración. Más de una década de remiendos, parches y un uso intenso por parte del vecindario han llevado la estructura al límite. Las cuerdas ya no aguantan tensas durante mucho tiempo, las tablas se tambalean y los postes carecen de la protección acolchada básica. Y cuando un ring deja de ser fiable, deja de ser un ring. Es un riesgo.
La naturaleza también ha pasado factura. La tormenta Bert, que azotó el Forest of Dean en noviembre de 2024, terminó de castigar una estructura ya fatigada. El gimnasio ha sufrido dos inundaciones, ambas alrededor del ring. Aunque está elevado, la humedad se ha ido colando poco a poco. Y la madera, con el agua, siempre pierde.
Un ring nuevo cuesta 3.500 libras. Esa es la cifra que separa a Forest Fighting Fit de poder ampliar sus programas para diferentes edades y niveles, y de mejorar la accesibilidad y la seguridad para personas con discapacidad. No es un capricho: es la base para seguir creciendo.
Cuando las subvenciones no llegan, toca buscar otro camino. Tras varios intentos fallidos de conseguir ayudas, Gardiner y su equipo han puesto en marcha una campaña de micromecenazgo. Una empresa local, Suntory Beverage and Food en Coleford, se ha comprometido a igualar todas las donaciones. Cada libra que entra, vale por dos. Es una pelea a puntos, pero al menos ya han subido al ring.
Detrás de la estructura dañada hay historias muy concretas. Una de ellas es la de Lily, de 10 años. Su madre, Emma Morgan, recuerda la primera vez que la llevó al gimnasio: la niña no se soltaba de su pierna. Tenía cuatro años y miedo a todo. Hoy compite en kickboxing ante miles de personas.
Lily ha ganado el oro en el WKO World Championship, ha disputado dos Grand Prix y el Europeo. Un salto enorme en apenas unos años. Pero mientras ella sigue sumando experiencia, otros chicos se han quedado atascados en la puerta siguiente: el paso del kickboxing al boxeo. Sin ring, ese puente no existe.
Morgan, que además es patrona del gimnasio, lo resume en una palabra: confianza. Un ring nuevo no es solo madera, cuerdas y espuma. Es un escenario. Un lugar donde los niños se suben, se ponen los guantes y empiezan a creerse capaces. Donde aprenden a entrar y salir de las cuerdas, a moverse en un espacio real de combate, a sentir que pertenecen a algo más grande que ellos mismos.
En Forest Fighting Fit entrenan personas de casi todas las edades. Según Gardiner, la más joven tiene cuatro años; la mayor, 69. El gimnasio acaba de obtener estatus de organización benéfica, un reconocimiento al papel social que desempeña. Ahí no solo se forjan competidores: se levantan autoestima, disciplina y rutinas para gente que, muchas veces, no encuentra ese apoyo en ningún otro sitio.
El ambiente de equipo se nota. Cuando el ring está en uso, la sala cambia. Se oye el rebote de las zapatillas sobre las tablas, el chasquido de los guantes, las indicaciones cortas desde la esquina. Sin esa plataforma, el gimnasio pierde su corazón competitivo y, con él, una parte de su alma.
La pelea ahora no es contra un rival con guantes, sino contra el tiempo y el desgaste. El ring viejo aguanta de pie, pero cada sesión es una concesión más a la suerte. Y en un deporte donde la seguridad lo es todo, nadie quiere que el siguiente golpe lo dé la realidad.






