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Katie Taylor se despide en Croke Park: un adiós épico

En Croke Park no se esperaba el veredicto. Se celebraba antes de que los jueces alzaran las tarjetas. Ochenta mil personas de pie, cantando, agitando banderas, conscientes de que no solo asistían a una pelea, sino al último acto de una de las carreras más influyentes del boxeo moderno. Katie Taylor, en su adiós, volvió a mandar.

Frente a ella, Flora Pili, 29 años, invicta hasta esta noche. Una boxeadora que llegó a Dublín con ilusión, valentía y poco que perder. Se va casi con total seguridad sin su récord perfecto, pero con algo que muy pocas podrán contar: haber compartido ring con Taylor, en un estadio mítico, en una noche que quedará en la memoria del boxeo irlandés.

El rugido de Croke Park

El décimo asalto arrancó con una consigna clara: Pili necesitaba el nocaut. No valía otra cosa. Se plantó en el centro del ring y fue a buscar a Taylor, pero la irlandesa no dio un paso atrás. No iba a dejar que su última noche se escribiera a la defensiva.

Las “olés” empezaron a rodar por las gradas como una ola verde. Cada combinación de Taylor levantaba un nuevo coro. La campeona, con la serenidad de quien ha visto todos los escenarios posibles, cerró su carrera como la empezó: lanzando ráfagas de golpes, marcando el ritmo, imponiendo su clase. Sonó la campana final y el rugido fue casi ensordecedor. A partir de ahí, solo quedaba “ir a las tarjetas”.

En ese instante, antes incluso de que se confirmara el resultado, el ambiente ya era de fiesta. Croke Park sabía lo que acababa de presenciar. Todo apuntaba a que Taylor se consagraba como triple campeona indiscutida. El cinturón era casi un detalle; la historia, no.

Pili se suelta… pero demasiado tarde

Antes de ese último asalto, el combate había tenido un guion claro. Desde el sexto, Taylor había encontrado un ritmo que Pili nunca terminó de descifrar. El jab y la izquierda recta de la irlandesa le abrían camino una y otra vez. Golpes frontales, luego cambio de nivel, directo al cuerpo y remate con gancho de derecha. Una lección de precisión y de tiempos.

Pili intentaba responder, pero siempre un segundo tarde. Quería golpear al mismo tiempo que Taylor, intercambiar, demostrar que no había venido solo a resistir. El problema es que la campeona era más rápida, más limpia, más certera. Cada cruce dejaba mejor parada a la local.

El séptimo asalto, sin embargo, ofreció un giro. Pili dio un paso al frente, literalmente. Empezó a caminar hacia Taylor, a buscarle el cuerpo, a morder en la corta distancia. Conectó varias manos abajo y, sobre todo, un gancho de izquierda enorme que hizo contener la respiración a parte del estadio. Por primera vez en la pelea, Taylor pareció ir algo acelerada, obligada a responder con golpes más pesados, menos decorativos.

Aquello cambió el tono. “Mucho mejor de Pili”, se podía leer en los rostros de quienes la habían subestimado. Probablemente fue el primer asalto que la aspirante se apuntó con claridad.

En el octavo, la francesa —o al menos la visitante— mostró aún más. Se soltó, buscó ángulos, trató incluso de cambiar a zurda para incomodar a Taylor. Pero la pregunta flotaba en el aire: ¿llegaba demasiado tarde? La irlandesa seguía marcando el compás, respondiendo cada intento con manos más rápidas. Pili quería intercambiar, pero no alcanzaba a ganar el cruce.

La campeona mundial Skye Nicolson, desde la mesa de comentaristas, lo resumía como un asalto “difícil de puntuar”. Por primera vez veía a Pili con éxito real. No era suficiente para cambiar el rumbo del combate, sí para ganarse el respeto de quienes la descubrían esa noche.

Taylor, hasta el último segundo

El noveno asalto confirmó la tendencia: Pili probó suerte en guardia zurda, buscando un ángulo distinto, una rendija donde colar su izquierda. Taylor no le concedió nada. La castigó por dentro, le ganó la mano en los intercambios cortos y dejó un gancho de izquierda de manual, de esos que explican por qué su nombre ya está asegurado en la historia.

Mientras tanto, el reloj corría. Cada segundo era un recordatorio: se agotaban no solo los minutos de la pelea, sino los de toda una carrera. El público lo entendió antes que nadie. Croke Park entero se levantó. No era un simple cierre de combate, era una ovación a años de títulos, de noches épicas, de haber llevado el boxeo femenino a otra dimensión.

Cuando la campana del décimo puso punto final, el abrazo lo dijo todo. Flora Pili, consciente de lo que acababa de vivir, se lanzó a por Taylor. No era solo respeto deportivo. Era gratitud. Había perdido, sí, pero había ganado una noche irrepetible, un escenario que puede cambiar una carrera.

Taylor, en cambio, se marchó como tantas veces, pero con un matiz que lo cambiaba todo: esta vez era la última. Había defendido su grandeza ante 80.000 almas, había controlado el combate, había demostrado que su nombre no se apaga, se graba.

Las tarjetas solo pusieron forma oficial a lo que ya era una sensación colectiva. Lo que quedará, por encima de cualquier puntuación, es la imagen de Croke Park en pie, cantando, mientras una de las mejores boxeadoras de todos los tiempos bajaba del ring por última vez. Y la pregunta inevitable: ¿quién tomará ahora el lugar que deja Katie Taylor?