Ollie Robinson y su impresionante promedio de bowling en Tests
En una tarde gris en Lord’s, entre nubarrones y un público que olía a victoria pero también a peligro, Ollie Robinson dio un paso directo hacia la historia del cricket. No solo desarmó la resistencia de Pakistán. Se subió a la cima de una lista que muy pocos alcanzan: el mejor promedio de bowling en Tests, entre lanzadores con al menos 20 partidos, en los últimos cien años.
Nada mal para un seamer que apenas suma 23 Tests.
Un promedio para enmarcar
Con su último hechizo con la pelota ante Pakistán, Robinson dejó su promedio en torno a 19,5 carreras por wicket, concretamente 19,53 al cierre de la jornada. Ese número, frío sobre el papel, tiene un peso enorme: le permite superar a Jasprit Bumrah, que marcaba la referencia moderna con 19,79 de promedio en 52 Tests.
Los datos son contundentes. Robinson:
- 23 Tests
- 43 innings al lanzamiento
- 99 wickets
- Promedio 19,53
- Mejor análisis de innings: 5/39
Bumrah, el gran referente de la última década, presenta:
- 52 Tests
- 234 wickets
- Promedio 19,79
- Mejor análisis: 6/27
En una era de calendarios saturados, pitches planos y bateos cada vez más agresivos, sostener un promedio por debajo de 20 roza lo irreal. Robinson lo ha conseguido y, de paso, se ha instalado en una conversación reservada a nombres casi mitológicos.
Porque por delante, en la tabla histórica de mejores promedios con un mínimo de 20 Tests, solo asoman fantasmas del siglo XIX y comienzos del XX:
- W Barnes: 21 Tests, 51 wickets, promedio 15,54, mejor 6/28
- SF Barnes: 27 Tests, 189 wickets, promedio 16,43, mejor 9/103
- R Peel: 20 Tests, 101 wickets, promedio 16,98, mejor 7/31
- J Briggs: 33 Tests, 118 wickets, promedio 17,75, mejor 8/11
Y ahora, en esa misma lista, aparece OE Robinson, con su 19,53. Un nombre moderno incrustado entre reliquias.
Lord’s, escenario de una irrupción
El hito estadístico no llegó en un laboratorio, sino en plena batalla. Cuarto innings en Lord’s, segundo Test ante Pakistán, y un objetivo claro: defender 389. Inglaterra tenía el control del partido, pero no el resultado. Y Pakistán, como tantas veces, se negaba a caer sin pelear.
El marcador al té: 140/5. El objetivo, lejano pero no imposible. La resistencia, encarnada en Saud Shakeel y Shan Masood, que habían levantado un muro de 97 carreras tras un inicio desastroso de 14/3. Casi cuatro horas de obstinación, de dejar pasar, de castigar cada error corto o ancho.
Inglaterra empezaba a impacientarse. Los bowlers miraban la pelota con sospecha, pedían inspecciones a los árbitros, buscaban cualquier resquicio para cambiar la dinámica. Nada funcionaba.
Hasta que volvió Robinson.
El hechizo que rompió el partido
Con Jamie Smith subido a los stumps, Robinson regresó a la acción con una mezcla de control y agresión que ya se ha convertido en su sello. La primera víctima, Masood. El capitán paquistaní fue dado inicialmente not out tras un inswinger que lo sorprendió, pero la revisión de Inglaterra fue certera: la pelota impactaba en línea con el leg stump. Lbw y, de golpe, se rompía una sociedad que había empezado a desesperar a los locales.
El golpe siguiente llegó casi sin respiro. Mohammad Rizwan, siempre peligroso, intentó un golpe agresivo, un swat para liberarse de la presión. Falló. La pelota le dio de lleno frente a los palos. Otra vez, wicket para Robinson.
En cuestión de minutos, Pakistán pasó de soñar con un milagro lejano a pelear por la mera supervivencia. Robinson, mientras tanto, cerraba la sesión con unas cifras de 4/24 en el innings y ocho wickets por solo 35 carreras en el conjunto del Test. Números que explican por sí solos por qué su promedio se hunde por debajo de 20.
Shakeel, el último bastión
Si Pakistán mantuvo viva la ilusión durante buena parte de la tarde fue por Saud Shakeel. El zurdo firmó 78, su segundo medio siglo de la serie, y lo hizo con una actitud desafiante. Alcanzó su 15º fifty en Tests en apenas 54 bolas, atacando cuando el resto se encogía, mientras Masood optaba por una resistencia más clásica, centrado en ocupar la crease y desgastar.
Shakeel terminó con la mejor marca paquistaní del innings. Su 78 fue, durante un tramo del juego, el único argumento sólido de un equipo que había quedado a merced del swing inglés desde los primeros overs, cuando Robinson y Jofra Archer amenazaron con arrasar el middle order bajo condiciones de seam ideales.
Pero ni siquiera su resistencia pudo frenar el cambio de marea cuando Robinson encontró de nuevo su ritmo.
De la frustración al control absoluto
Tras el almuerzo, la sensación en Lord’s era de inquietud. Inglaterra dominaba el marcador, pero no el momento. Cada over sin wicket añadía una capa de ansiedad. Los lanzadores repetían miradas al cielo, a la pelota, al umpire. Pedían revisiones del estado del balón. Nada cambiaba.
Hasta que Robinson tomó la pelota y, con esa zancada larga y el brazo alto, reescribió el guion.
Su nuevo spell no solo devolvió a Inglaterra al centro del partido. Lo colocó, estadísticamente, en un pedestal reservado para los más eficientes de la era moderna. Con 99 wickets en 23 Tests y un promedio que se mantiene en torno a 19,5, el seamer de Inglaterra se ha colocado por encima de Bumrah en la tabla de promedios entre quienes debutaron después del año 2000 y han disputado al menos 20 partidos.
Le falta un wicket para llegar a los 100. Uno solo. Pero la pregunta ya no es si alcanzará esa cifra. La verdadera incógnita es otra: ¿hasta dónde puede llegar un lanzador que, en pleno siglo XXI, domina los Tests con números de otra época?






