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Rachael Gunn y el impacto de Untold Raygun: Breaking Badly

Al principio, el documental de Netflix sobre Raygun parece casi una historia de amor entre ella, su marido Samuel Free y el propio breaking. Rachael Gunn y Sammy —apodado “Sex” en Untold Raygun: Breaking Badly— se encontraron en un terreno común: la danza. A partir de ahí, él terminó convertido en su entrenador para el debut olímpico.

La cámara se cuela incluso en su boda. No faltan los pasos de baile, casi un manifiesto de pareja: juntos en la pista, juntos en la vida.

Hasta que llegó París.

Rachael Gunn, académica de profesión, saltó a la fama mundial en cuestión de horas tras su actuación de breaking en los Juegos Olímpicos de 2024. Su rutina, con movimientos tan peculiares como el “canguro” y el “sprinkler”, desató una tormenta. Memes, parodias, teorías conspirativas, opiniones feroces en ambos extremos. De repente, Raygun dejó de ser una desconocida para convertirse en fenómeno pop, con figuras como Snoop Dogg y Adele opinando sobre su baile.

El documental no la maquilla. En el tramo previo a los Juegos, Raygun aparece desarmada, casi desnuda de preparación para el escenario más grande del deporte. Queda claro que le faltó estructura alrededor: pocos recursos, poca gente de alto nivel a su lado para pulir una puesta en escena que terminaría bajo el microscopio del mundo.

Ella, sin embargo, intuía el abismo.

“Justo antes de los Juegos fui a mi terapeuta, en pánico”, cuenta en una de las escenas. Le preguntaron cuál era el peor escenario posible. Su respuesta fue tan simple como brutal: que el mundo entero se riera de ella. La profecía se acercó demasiado a la realidad.

El documental también baja al terreno familiar. Sus padres, Russell y Beverly, se ríen cuando les preguntan si alguna vez imaginaron a su hija como olímpica. “Era solo una chica normal de los suburbios”, recuerda su madre, repasando aquellos años de ballet, tap y jazz antes de que el breaking entrara en su vida. Su padre admite que voló a París convencido de que tendría que consolarla tras la competición.

No todo fueron sonrisas.

Dentro de la escena del breaking, la actuación de Raygun encendió alarmas. B-Girl Tinylocks se muestra abiertamente indignada. “¿Quién podría haber imaginado que saldría tan mal?”, lanza ante la cámara, sin matices. Ella misma no intentó clasificarse para los Juegos, precisamente porque siente el breaking como un arte que no quiere ver trivializado.

El contexto pesaba: no solo era el estreno olímpico de Raygun, también el debut del breaking como deporte en el programa de los Juegos. Para muchos dentro de la cultura, lo que ocurriera en París iba a marcar la percepción global de toda una disciplina.

Ahí entra otra voz clave: B-Girl Flix, amiga de Raygun durante 15 años. En el documental admite que la rutina le resultó “ofensiva” y “vergonzosa”. No habla una rival cualquiera, habla alguien que la conocía desde hacía más de una década.

Las imágenes del clasificatorio olímpico ayudan a entender la controversia. Se ve a Raygun enfrentarse a B-Girl Molly. Las dos aparecen rígidas, lejos del desparpajo y la fluidez que se espera en la élite. No transmiten la sensación de profesionalismo que exige un escenario así. En París, el veredicto fue contundente: Raygun no recibió ni un solo voto de los jueces en ninguna de sus rondas.

El documental le da tiempo y espacio para responder. Se escucha su voz en off desde el inicio: “A veces todo esto se siente como un sueño muy loco. Es como si me hubieran acusado de un crimen”. La frase resume el clima que la rodeó después del estallido mediático, cuando la crítica deportiva se mezcló con el linchamiento digital.

Entre confesiones, deja caer otro dato decisivo: ha dejado su trabajo en la academia. No hay un siguiente paso claro, no hay plan trazado. Solo una puerta entreabierta hacia un futuro incierto, a medio camino entre la cultura urbana, el espectáculo y la presión de haber sido, por un instante, el centro del debate mundial.

Untold Raygun: Breaking Badly ya está disponible en Netflix. Y la sensación que deja es que la historia de Rachael Gunn no se detuvo en París: apenas acaba de empezar a escribirse.