Rio y su victoria en el tatami: un homenaje a su entrenador
En un tatami japonés, lejos de casa y con el cuerpo todavía arrastrando un resfriado invernal, Rio encontró la forma más pura de victoria: la que mezcla dolor, memoria y gratitud en un mismo movimiento de sumisión.
En la división de cinturón negro, el representante de Gracie Allegiance Ahuriri y Gracie Allegiance Team New Zealand se colgó el oro tras derrotar a dos rivales de Mongolia y México. No fue un camino largo, pero sí contundente. En su primer combate, cerró la historia en menos de un minuto con una llave de pie tipo Aoki lock. Directo al punto, sin concesiones. En el segundo, eligió algo mucho más cargado de significado: un triángulo.
Porque para Rio, esta medalla no es solo metal colgando del cuello. Es un guiño a su pasado reciente, a la ausencia que todavía pesa. Un mes antes del torneo perdió a su entrenador, Damian Smith, un especialista precisamente en triángulos. El golpe emocional fue duro, sumado a una enfermedad que le complicó la preparación como nunca antes. El cuerpo flojo, la mente revuelta. El peor preámbulo posible para una cita internacional.
Y, sin embargo, cuando sonó el aviso y pisó el tatami, todo se redujo a lo esencial. Kimono, agarres, respiración. “Se sintió como cualquier otro torneo una vez que estuve en el tatami”, contó. Nada de épica impostada. Solo un competidor que decide ir “a tope” pese a todo.
La Final
La escena clave llega en la final. Rio detecta el hueco, la mínima apertura para cerrar el triángulo. Automático, sí, pero también profundamente personal. Mientras ajusta la posición, no piensa en la medalla, piensa en Damian Smith, en las horas de repetición, en las correcciones a pie de tatami, en los torneos donde su voz le guiaba desde la esquina. Cuando el rival finalmente se rinde, la victoria se convierte en homenaje. “La forma perfecta de terminar el torneo”, resume.
Curiosamente, para él, el oro no es lo más importante. Es su primera medalla internacional como cinturón negro, un hito en cualquier carrera de Brazilian Jiu-Jitsu, pero insiste en que las medallas “no significan tanto”. Lo que pesa es cómo ganó, con la técnica que le legó su entrenador. El resultado cuenta, sí, pero la historia detrás del movimiento vale más.
En el fondo, su discurso encaja con la cultura que respira en Hawke’s Bay. Rio no se olvida de nadie. Agradece a su equipo en Gracie Allegiance Ahuriri, a Gracie Allegiance Team New Zealand y a sus amigos y compañeros de entrenamiento de los gimnasios de Brazilian Jiu-Jitsu de la región. Habla de una comunidad “muy unida”, donde, si entrenas el tiempo suficiente, acabas conociendo a casi todos. En un deporte que a menudo se vende como individual, él subraya lo contrario: “No llegas a ninguna parte en las artes marciales sin buenos compañeros y compañeros de entrenamiento”.
El contraste entre Gi y No-Gi también marca su día a día. En Gi, con la chaqueta pesada de algodón, el pantalón y el cinturón que indica el rango, el combate se construye sobre agarres al tejido, controles finos, estrangulaciones que nacen del kimono. En No-Gi, con lycras ajustadas y board shorts, el juego cambia: hay que aferrarse al cuerpo, trabajar underhooks, controles de muñeca, body locks. Dos mundos distintos bajo el mismo paraguas, dos ritmos que alimentan su evolución.
Tras el torneo, Rio y su pareja y también entrenadora, Yukako Mori, han decidido alargar la estancia en Japón unas semanas. Amigos, más sesiones de Brazilian Jiu-Jitsu, algo de Judo. Vida de tatami y trenes, de dojo en dojo, absorbiendo todo lo posible antes de regresar a Hawke’s Bay.
Cuando vuelva a Ahuriri, el plan no suena a cruzada heroica ni a obsesión con el podio. Su idea es simple: seguir entrenando y “seguir pasándolo bien con el Jiu-Jitsu”. Para él, este arte marcial es un sistema de defensa personal, sí, pero también una forma de mantenerse activo sin que se sienta como una obligación. Y, sobre todo, una fábrica de amistades duraderas. “Cualquiera es bienvenido”, insiste.
Un oro internacional, un triángulo dedicado a un entrenador ausente, una comunidad que empuja desde lejos. Rio ya tiene su primera gran medalla como cinturón negro. La pregunta ahora no es qué más puede ganar, sino hasta dónde puede llegar alguien que, incluso en los días más difíciles, solo quiere una cosa: volver al tatami y seguir luchando.






