Serena y Venus Williams: un homenaje inolvidable en el US Open
El regreso de Serena y Venus Williams al dobles del US Open no fue un simple partido. Fue un homenaje en vivo. Un tributo ruidoso, emotivo y, por momentos, casi desbordado a dos mujeres que cambiaron para siempre la forma de entender el tenis.
Tenían delante a la nueva generación: Hao-Ching Chan, 32 años, y Maya Joint, apenas 20. Las cabezas de serie número 14. Ganaron ellas, 6-3, 6-7(6), 7-6(7). Pero la noche, el escenario y la memoria quedaron para las hermanas Williams.
Un Arthur Ashe convertido en ring
Minutos antes del inicio, Arthur Ashe Stadium parecía cualquier cosa menos una pista de tenis. Humo, juego de luces, ambiente de combate. Más ring de boxeo que Grand Slam. Cuando las hermanas aparecieron por el túnel, el estadio explotó. La mitad del público levantó el móvil para grabar. La otra mitad se puso de pie para aplaudir.
El espectáculo tenía incluso invitado estrella: el sorteo de campo lo hizo el youtuber MrBeast, Jimmy Donaldson, una figura con 515 millones de seguidores. Un guiño a los tiempos modernos en una noche que, en realidad, miraba hacia atrás, hacia la era en que Serena y Venus dominaban sin discusión.
El primer golpe, de las rivales
El arranque fue duro. Chan y Joint entraron frías de nervios pero calientes de piernas. Rompieron pronto y se llevaron el primer set por 6-3. Pese al marcador, el público reaccionó como si hubiera presenciado una remontada. Ovación de pie para las hermanas. Respeto absoluto para dos campeonas del US Open en dobles en 1999 y 2009.
Cada saque ganador de Serena o de Venus desataba un pequeño terremoto en las gradas. Desde los asientos más altos hasta las primeras filas, se escuchaban gritos: “¡Come on, Williams sisters!”. El fervor llegó a tal punto que la organización tuvo que pedir silencio por megafonía durante el juego. Ni así bajó del todo el murmullo.
El rugido del segundo set
En el segundo parcial, la atmósfera cambió. Las hermanas empezaron a encontrar ritmo, a conectar miradas, a recuperar automatismos de toda una vida juntas. El set se alargó hasta un desempate tenso, de esos que se juegan con el corazón tanto como con la raqueta.
Cada punto que acercaba a las estadounidenses a igualar el encuentro hacía temblar Arthur Ashe. El tiebreak se estiró, dramático, apretado. Esta vez, la experiencia pesó. 7-6(6) para las Williams. El rugido fue total. No era solo un set ganado. Era la sensación de que, por un rato, el tiempo había retrocedido.
El tercer set, entre suspiros y tensión
La tercera manga se fue a la tercera hora de partido. El físico ya no era el de hace una década, pero la competitividad seguía intacta. Chan y Joint empezaron a sacar ventaja. Cada error de las Williams arrancaba un “¡oh!” dolido de las gradas. El público sufría cada punto como si fuera un match point.
Cuando el marcador se apretó hasta el 5-5, el estadio volvió a vibrar. Nadie se movía de su asiento. Nadie miraba el reloj. El tenis se convirtió en un pulso emocional entre lo que fue y lo que viene. El 6-6 llevó el duelo a un superdesempate que olía a todo o nada.
En el super tiebreak, el aire se cortaba. Cada cambio de lado parecía una pequeña pausa dramática. Chan y Joint se mantuvieron frías. Golpe a golpe, fueron inclinando la balanza. El desenlace llegó con un 7-6(7) que cerró el partido y, quizá, un capítulo.
Derrota en el marcador, victoria en la despedida
El resultado dijo derrota. La reacción del público dijo otra cosa. Todo Arthur Ashe se puso en pie cuando Serena y Venus se dirigieron a la red y luego al banco. Una ovación larga, sostenida, de esas que no se improvisan. De respeto. De gratitud.
Las hermanas, vestidas a juego con zapatillas blancas, falda y top, celebraron cada punto ganado con su gesto de siempre: choque de puños, sonrisas cómplices. Incluso en la derrota, la química entre ellas seguía intacta.
Para Serena, el partido tenía un matiz especial. Era una suerte de revancha personal. Este verano, en su regreso al cuadro individual de Wimbledon tras cuatro años fuera del circuito, había caído precisamente ante Maya Joint. Esta vez tampoco pudo con la australiana, ahora en dobles, pero el contexto fue distinto: Nueva York, su torneo, su gente.
Las 14 veces campeonas de Grand Slam en dobles ya habían vuelto a compartir pista el pasado agosto en Cincinnati, donde cayeron en su debut ante Marta Kostyuk y Peyton Stearns. Aquella fue una prueba. Lo de Nueva York, una celebración.
Las últimas páginas de una era
En este US Open, las dos ya habían pisado la pista antes de este dobles. Venus se despidió del cuadro individual el domingo, superada por su compatriota Sofia Kenin. Serena, mientras tanto, ha acaparado focos dentro y fuera de la pista: en la pista, por su mera presencia; fuera de ella, por sus acuerdos comerciales con marcas como Heineken 0.0 y por hablar sin rodeos sobre el uso de medicamentos para perder peso y el estigma social que los rodea.
La sensación, al caer la noche sobre Arthur Ashe, era clara: el resultado se archivará en una línea de estadísticas; la ovación, no. Lo que quedará será la imagen de dos hermanas de 44 y 46 años, aún dispuestas a competir, a exigirle algo más al cuerpo y a encender, una vez más, el rugido de Nueva York.
Si este fue uno de sus últimos bailes juntas en un Grand Slam, eligieron bien el escenario. Y el público les respondió como lo que son: no solo campeonas, sino parte indivisible de la historia del US Open.






