Ben Shelton derriba al campeón en el US Open
A las 3:33 de la madrugada en Nueva York, con los párpados pesando más que las piernas y el reloj marcando territorio de insomnio, Ben Shelton se encontró con la pelota que siempre soñó. Sacó a 146 millas por hora. Un cañonazo limpio, seco, imposible incluso para un Carlos Alcaraz con las fuerzas intactas.
Punto de partido. Punto de ruptura. Punto final al reinado del campeón del US Open.
Shelton cerró una batalla épica por 6-7 (5), 6-1, 6-3, 1-6, 7-6 (10-7) en 4 horas y 28 minutos, en el partido que ya figura como el de finalización más tardía en la historia del torneo. Una maratón que fue mucho más que un simple cambio de guardia en Flushing Meadows.
“Estoy cansado. Fue una guerra”, admitió Shelton, todavía con la adrenalina atravesándole la voz. “Carlos es uno de los más grandes campeones de nuestro deporte. Fue el partido más disfrutable de mi carrera, seguro”. No sonaba a frase hecha. Sonaba a alguien que acababa de sobrevivir a una noche de alta exigencia emocional y física.
El campeón se vacía
Alcaraz llegó a Nueva York con una racha de 18 victorias consecutivas en Grand Slams. Había empezado el año levantando el trofeo en el Australian Open y regresaba a la competición en su primer torneo desde abril, tras una lesión en la muñeca derecha. No venía a rodarse: venía a defender un territorio que ya sentía suyo.
Pero esta vez el cuerpo le marcó límites. Luchó hasta el extremo, incluso vomitando antes del inicio del quinto set, aferrado a la pista como si el título dependiera de cada intercambio. No se reservó nada. Lo dejó todo.
“Me voy contento y con la cabeza alta”, explicó después. “La verdad es que quería ganar… pero también nuestro objetivo era irnos del torneo habiendo jugado partidos y estando sano”. No hubo trofeo, sí una señal clara: el número uno de la nueva generación sigue ahí, aunque esta vez le tocara ceder el foco.
Shelton, en cambio, creció con cada juego. Tras ceder el primer set en el desempate, encadenó nueve juegos seguidos desde el inicio del segundo hasta ponerse 3-0 en el tercero. Un parcial demoledor, apoyado en un servicio que superó una y otra vez las 140 millas por hora y en una determinación que no se inmutó ni cuando Alcaraz reaccionó con furia.
El murciano devolvió el golpe con un cuarto set arrollador, 6-1, y forzó un quinto que olía a clásico instantáneo. Ya no era solo tenis. Era resistencia.
En el superdesempate, Alcaraz se adelantó 5-3 tras encadenar cuatro puntos seguidos. Parecía que la inercia, y quizá la experiencia en noches extremas como aquella de 2022 ante Jannik Sinner que terminó a las 2:50 de la madrugada, volvía a ponerse de su lado. Pero Shelton no se descompuso. Volvió a apoyarse en el saque, en la agresividad, y aprovechó varios errores del español para darle la vuelta al marcador y sellar un triunfo que puede marcar un antes y un después en su carrera.
Un estadio que se negó a dormir
El US Open vive de sus noches. Y esta, en Arthur Ashe Stadium, fue de las que se cuentan durante años. Miles de aficionados se quedaron hasta el último punto, con el recinto todavía cerca de un tercio de su capacidad a esa hora imposible. El ambiente no decayó; se transformó.
Shelton, héroe local, se alimentó de cada grito de “USA! USA!” y de cada “Ben! Ben!” que bajaba de las gradas. El público adora a Alcaraz, pero se volcó con el estadounidense sin dudarlo.
“Es increíble”, dijo Shelton. “Siempre digo que esta es la mejor ciudad deportiva del mundo; digo que este es el mejor estadio del mundo. Solo espero que mi mejor amigo y mi hermana, que están ahí, no tengan que estar en el trabajo a las 6 de la mañana dentro de tres horas”. La broma, a esas alturas de la noche, sonó a confesión compartida con todos los que habían decidido desafiar al sueño.
Fue una jornada maratoniana en Flushing Meadows. Tres de los cuatro cuartos de final individuales se decidieron en superdesempate, en un día que había arrancado con Aryna Sabalenka superando a la campeona de Wimbledon, Linda Noskova, para mantener vivas sus opciones de un tercer título consecutivo en el US Open. El torneo abrazó el drama desde la mañana hasta la madrugada.
Tiafoe resurge y asegura finalista estadounidense
El próximo capítulo de esta historia tendrá acento local sí o sí. Shelton se medirá ahora al cabeza de serie número 11, Frances Tiafoe, en una semifinal que garantiza la presencia de un estadounidense en la final masculina. No es un detalle menor: el último título de Grand Slam para un jugador estadounidense se remonta a 2003, cuando Andy Roddick levantó precisamente este trofeo en Nueva York.
Tiafoe también necesitó una remontada monumental para instalarse en su tercera semifinal del US Open. Perdía dos sets a cero ante Alex Michelsen y terminó imponiéndose 5-7, 3-6, 7-5, 6-3, 7-6 (10-6). Un partido que cambió de guion cuando Michelsen, que no había cedido un solo set en todo el torneo, sacó con 5-4 para cerrar el tercer parcial… y no pudo hacerlo.
A partir de ahí, Tiafoe se adueñó del encuentro. Ajustó, se soltó, empezó a mandar. El número 46 del mundo, que ahora tiene un 0-6 en partidos a cinco sets, se quedó sin respuesta ante un rival que encontró su mejor versión cuando ya no tenía margen de error.
“El inicio no fue bueno, digámoslo así. No fue bueno”, reconoció Tiafoe. “Al mejor de cinco es una bendición, porque tienes tiempo para recomponerte. Yo definitivamente esperé hasta el último minuto”. Ese último minuto, esta vez, le abrió la puerta de otra semifinal en la pista donde ya se siente como en casa.
Un trono vacante y muchas manos alzadas
Con la derrota de Alcaraz, el US Open sabe que coronará a un nuevo campeón este año. Ninguno de los cuartofinalistas del otro lado del cuadro, liderados por el número uno del ranking Alexander Zverev, ha levantado nunca el trofeo en Flushing Meadows.
El escenario está servido: un campeón saliente destronado de madrugada, un público que se niega a abandonar la grada, un país que lleva más de dos décadas esperando un título masculino de Grand Slam y dos jugadores, Ben Shelton y Frances Tiafoe, dispuestos a pelear por ocupar ese vacío.
La pregunta ya no es quién aguanta más en la noche neoyorquina. La verdadera cuestión es quién se atreverá a convertir esta oportunidad en el inicio de una nueva era para el tenis estadounidense.






