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Ben Shelton derriba a Carlos Alcaraz en thriller histórico en Nueva York

Ben Shelton eligió la madrugada neoyorquina para cambiar el rumbo de su carrera. Bajo las luces del Arthur Ashe Stadium, con el reloj marcando las 3.33 de la mañana y un público que se negaba a irse a casa, el estadounidense tumbó al vigente campeón, Carlos Alcaraz, en un partido que ya pertenece a la memoria del US Open.

El marcador final, 6-7 (5-7), 6-1, 6-1, 1-6 y 7-6 (10-7) en 4 horas y 28 minutos, apenas cuenta una parte de la historia. Fue la victoria más grande de Shelton, su primer triunfo ante un jugador del top 3 tras llegar con un 0-17 en esa estadística. Y llegó en el escenario más grande posible, con todo un campeón de Grand Slam al otro lado de la red y con la ciudad que nunca duerme empujando cada punto.

La noche que cambió a Shelton

Shelton perdió un primer set ajustado en el ‘tie-break’ y, lejos de encogerse, respondió con una furia tenística que desarboló a Alcaraz. Nueve juegos consecutivos. Dos sets calcados por 6-1. Una avalancha.

Su servicio, su sello, marcó territorio. Su energía, siempre eléctrica, encendió a la grada. Cada punto ganado era un rugido. Cada error de Alcaraz, un murmullo de incredulidad. El campeón sufría; el aspirante crecía.

Pero Alcaraz no se rinde. No en un grande, no en Nueva York. El español, que regresaba a la competición tras más de cuatro meses fuera por una lesión de muñeca y que incluso había sido duda para jugar el torneo, se aferró al partido. Se llevó el cuarto set por 6-1 y forzó una quinta manga que se convirtió en un pulso de nervios, resistencia y fe.

El desenlace tuvo tintes dramáticos. Alcaraz, siete veces campeón de Grand Slam, fue visto vomitando antes del inicio del set definitivo. Aun así, llegó al ‘super tie-break’ y tomó ventaja: cuatro puntos seguidos, 5-3 arriba. El estadio contuvo la respiración. El campeón olía la remontada.

Shelton, sin embargo, se negó a escribir el guion esperado. Punto a punto, fue recuperando terreno hasta dar la vuelta a la situación. Y la noche, ya histórica por el horario, encontró su imagen icónica: un misil de saque a 146 mph en el punto de partido. Alcaraz no pudo controlarlo. La bola se escapó. El Ashe se vino abajo.

Shelton levantó los brazos. El público, muchos con banderas de Estados Unidos, gritaba su nombre. Él miró a las gradas y lo explicó con sencillez: lo que le sostuvo fueron las personas, los suyos, la ciudad, los cánticos de “USA” a las tres de la mañana. Llamó al estadio “el mejor del mundo” y se declaró “bendecido” por compartir la pista con Alcaraz. No hacía falta exagerar. Lo que había pasado hablaba solo.

Su triunfo tiene un peso extra: garantiza presencia estadounidense en la final masculina del domingo. Desde Andy Roddick en 2003, ningún hombre de Estados Unidos ha levantado un grande. Esta vez, el país tiene billete asegurado para el último partido.

Shelton disputará ya su tercera semifinal de Grand Slam, tras alcanzar esta misma ronda en el US Open 2023 y en el Australian Open 2025. Pero ninguna con el eco emocional de esta madrugada en Nueva York.

Tiafoe resucita y se cita con Shelton

El rival de Shelton será Frances Tiafoe, que también necesitó cinco sets y un ejercicio de resistencia mental para sobrevivir a otro drama nocturno ante su compatriota Alex Michelsen: 5-7, 3-6, 7-5, 6-3 y 7-6 (10-6).

Durante dos sets, Tiafoe parecía un espectador más de su propio partido. Sin chispa, sin precisión, lejos del jugador que había ilusionado en los primeros días del torneo. Michelsen, 22 años, discreto fuera de la pista pero enorme con el saque —21 aces—, estaba a punto de firmar la sorpresa de su vida.

Con 0-3 abajo en el quinto set, el partido parecía sentenciado. Tiafoe, sin embargo, encontró una rendija. Lo explicó después con crudeza competitiva: con 4-5 en el tercer set, pensó que su rival podía ponerse nervioso, que quizá llegaran los errores. Y llegaron. Un par de dobles faltas abrieron una puerta que Tiafoe atravesó sin mirar atrás.

Se llevó el tercer set, empezó a soltarse, a encontrar ritmo, a conectar de nuevo con la grada. El ambiente cambió. El Ashe, que hasta entonces dormitaba, despertó. El estadounidense cerró esa tercera manga con un derechazo ganador y el rugido del público marcó el punto de inflexión.

Michelsen siguió luchando, pero el partido ya tenía otra temperatura. Pese a todo, llevó el duelo al ‘super tie-break’ del quinto set, donde Tiafoe terminó imponiéndose 10-6. El final fue tan humano como brutal: el joven, roto, en lágrimas; el veterano, cortando su propia celebración para abrazarlo en la red.

“Debería haber ganado fácil hoy”, admitió Tiafoe sobre su rival, al que calificó de “tremendo jugador”. No era una frase de cortesía. Michelsen había estado a pocos puntos de una semifinal de Grand Slam.

El triunfo coloca a Tiafoe en un club muy reducido: solo él y Andre Agassi han alcanzado tres semifinales de US Open en este siglo entre los hombres estadounidenses. El premio añadido será regresar al top 10 del ranking por primera vez en tres años.

Con su habitual mezcla de humor y cercanía, reconoció que “todos estaban dormidos en las primeras horas y yo estaba dormido con ustedes”. Luego, agradeció a la grada por sostenerle cuando el partido se le escapaba. El Ashe respondió con la ovación de quien sabe que ha visto algo especial.

Un país, dos héroes y una cita con la historia

La jornada deja dos historias que se cruzan en una misma conclusión: el tenis masculino estadounidense vuelve a mirar de frente a los grandes escenarios. Shelton, el cañonero de 23 años que juega como si la presión no existiera, y Tiafoe, el guerrero que se niega a darse por vencido, se enfrentarán por un lugar en la final del US Open.

Uno llega tras tumbar al campeón en una madrugada irrepetible. El otro, después de escapar de una derrota casi segura y de remontar un 0-3 en el quinto set.

El domingo habrá un estadounidense en la pista luchando por un grande. La pregunta es sencilla y, a la vez, enorme: ¿será la noche en que, por fin, se rompa la sequía que empezó en 2003?