Frances Tiafoe remonta épicamente ante Alex Michelsen en el US Open
Frances Tiafoe firma una remontada épica y abraza las lágrimas de Alex Michelsen en el US Open
En Arthur Ashe Stadium, el ruido fue ensordecedor. El silencio, al final, aún más elocuente.
Frances Tiafoe se levantó de la lona, remontó dos sets en contra y, tras cuatro horas y 38 minutos de combate, se metió por tercera vez en las semifinales del US Open. El marcador cuenta una historia salvaje: 5-7, 3-6, 7-5, 6-3, 7-6(10/6) ante Alex Michelsen. Pero lo que ocurrió justo después del último punto explicó mejor la noche.
Tiafoe clavó un passing de derecha paralelo para cerrar el partido, soltó el rugido, levantó los brazos… y frenó en seco. Caminó hacia la red y se fundió en un abrazo largo con su rival y amigo, que se derrumbó sobre su hombro, roto en lágrimas.
“En cuanto lo abracé vi que ya estaba llorando”, contó Tiafoe en ESPN. “Le dije: ‘Hermano, lo sé. Yo he estado ahí dos veces, he perdido en cinco sets’. Es joven y no ha pasado por esto”.
Un amigo al otro lado de la red
La escena no fue impostada. Tiafoe y Michelsen se conocen, se llevan bien, comparten bromas en el circuito. Esta vez compartieron algo mucho más duro: el filo de un gran partido de Grand Slam decidido por detalles.
“Somos súper cercanos. Siempre hemos tenido una gran relación. Nos reímos y bromeamos todo el tiempo. Es uno de mis buenos amigos en el tour”, explicó Tiafoe. “Sé cuánto duele. Sé cuánto lo quería hoy. Es algo con lo que sueñas”.
Michelsen, número 46 del mundo y sin cabeza de serie, jugaba por primera vez más allá de segunda ronda en el US Open. Su mejor resultado previo en un major era un cuarto de final en el Australian Open 2025. En Nueva York, en su casa, se plantó a un paso de las semifinales y las tuvo en la mano.
Servía para partido con 5-4 en el tercer set. Tenía dos sets a cero de ventaja, un break arriba y un estadio que empezaba a olfatear sorpresa. Entonces se encontró con un muro.
Tiafoe encadenó siete juegos seguidos. Del 4-5 al 7-5 y 4-0 en el cuarto. Cambió la noche, cambió el ruido, cambió la sensación de inevitabilidad que rodeaba a Michelsen.
“Poco a poco empecé a encontrar mi ritmo”, reconoció el 11º cabeza de serie. Esa “poca a poco” se tradujo en intensidad, en piernas, en golpes más profundos, en un Arthur Ashe que volvió a empujarle como en sus mejores noches.
El partido que se escapó… dos veces
Michelsen no se rindió. Ni mucho menos. Cuando parecía desbordado, reaccionó otra vez. En el quinto set se lanzó al frente, agresivo, soltando el brazo con la misma valentía que lo había traído hasta ahí. Tomó una ventaja de 3-0 en el parcial definitivo. Otra vez, a un paso.
Pero el veterano de estas batallas era el que estaba al otro lado. Tiafoe volvió a apretar, volvió a subir al cuerpo a cuerpo desde el fondo y en la red, volvió a morder en los momentos clave. La manga se fue al superdesempate a 10 puntos, un cara o cruz emocional.
Ahí, el estadounidense de mayor experiencia mandó. Más sólido, más limpio en la toma de decisiones, cerró el 10-6 con ese latigazo de derecha paralelo que desató la locura en las gradas.
Michelsen se marchó del torneo con 21 aces, 55 golpes ganadores y la sensación de haber jugado de tú a tú en el mayor escenario del tenis estadounidense. Pagó caros sus 61 errores no forzados, inevitables en un duelo tan largo y exigente, pero se ganó algo que no aparece en la estadística: respeto.
Había pasado bastante desapercibido durante su mejor recorrido en un major. Ya no. Su actuación en el Arthur Ashe lo coloca en otro plano, aunque esta vez el premio se le escapara por centímetros.
“Es un jugador increíble. Fácilmente podría haber ganado hoy”, admitió Tiafoe, sin adornos.
Consolar al futuro
Tras el abrazo, Tiafoe dejó un mensaje que sonó tanto a consuelo como a profecía. “Solo le dije: ‘Vas a estar aquí muchas más veces, hermano. Y yo voy a estar en una mecedora cuando lo hagas’”.
Michelsen, que tras su victoria en cuarta ronda ya había hablado de cómo estaba mejorando y de que intentaría cambiar cosas en su juego, se quedó con algo más que la derrota. “Es también un tipo increíble y un muy buen amigo mío”, había dicho sobre Tiafoe. El respeto es mutuo.
Se fue de la pista con una toalla sobre la cabeza, el brazo en alto, agradeciendo los aplausos de un público que ya lo reconoce. Detrás de la tela, las lágrimas seguían ahí. Delante, el gesto de alguien que sabe que ha tocado un techo… y que seguramente no será el último.
Tiafoe, mientras tanto, sigue vivo en su Slam de casa. El siguiente obstáculo será mayúsculo: el octavo cabeza de serie Ben Shelton o el vigente campeón Carlos Alcaraz. Otro tipo de desafío, otro tipo de presión.
Pero la noche contra Michelsen dejó algo más que una clasificación. Dejó la imagen de un competidor que resucita cuando parece acabado y de un amigo que, en pleno éxtasis, es capaz de soltar la celebración para sostener a quien acaba de perder el partido de su vida.
En un deporte que a menudo se define por la soledad, esa imagen puede pesar tanto como cualquier victoria. Y la pregunta ya flota en Nueva York: ¿cuántas veces más volverán a cruzarse estos dos en las últimas rondas de un Grand Slam?






