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Harriet Dart regresa a los Grand Slams tras una victoria en el US Open

En un rincón ruidoso de Flushing Meadows, Harriet Dart no solo ganó un partido. Recuperó un lugar en los Grand Slams que llevaba 19 meses buscándolo.

Arropada por padres, tío y una legión de primos desperdigados por las gradas, la británica remontó un inicio torcido para imponerse a la local Peyton Stearns por 3-6, 6-3, 6-2 y meterse en la segunda ronda del US Open. Un marcador que cuenta solo la mitad de la historia.

De la travesía en el desierto al desahogo en Nueva York

Dart, 30 años, no celebraba una victoria en cuadro principal de un grande desde la segunda ronda del Australian Open 2025. Desde entonces, un vía crucis: se quedó fuera de cuatro de los seis siguientes majors en la fase previa y cayó a la primera en las dos últimas ediciones de Wimbledon, ambas con invitación.

En Nueva York, el camino volvió a ser empinado. Tres partidos de clasificación, los tres a tres sets, con remontadas incluidas ante Kristina Penickova y Heather Watson. La británica llegó al cuadro final curtida en el sufrimiento, pero también con la sensación de que, esta vez, el esfuerzo podía tener recompensa.

Stearns, con más de 75 puestos de ventaja en el ranking, arrancó como se esperaba de una favorita local: firme con el servicio, agresiva al resto y sin regalar nada. Dart dispuso de cuatro bolas de break en el primer juego del partido y no aprovechó ninguna. Pagó caro el desperdicio. La estadounidense no volvió a ofrecer una sola opción de ruptura en todo el set inicial y terminó quebrando en el octavo juego para cerrar el 6-3.

La cuesta se empinaba aún más al inicio del segundo parcial, con un nuevo break en contra en el primer juego. Pero el partido cambió de tono justo ahí.

El colapso de Stearns, el pulso de Dart

Stearns mantuvo la iniciativa, pero empezó a desbordarse. Sus 40 golpes ganadores llegaron acompañados por 47 errores no forzados. El tenis se le escapó por los márgenes de la pista.

Dart olió la grieta y se aferró al encuentro. Ajustó direcciones, alargó intercambios, obligó a la estadounidense a pegar un golpe más, y otro, y otro. Y el público, dividido entre la favorita local y la “familia” británica de Dart, comenzó a notar el giro.

La británica encadenó dos breaks en el segundo set, aprovechando la deriva errática de su rival, y equilibró el duelo con un 6-3 que sonó a liberación. El partido ya era otro. Stearns había perdido el control; Dart, no.

En el tercero, el intercambio de golpes se convirtió en una batalla mental. Tres juegos consecutivos con break, nervios a flor de piel y la sensación de que cualquier pequeña racha podía decidir el pase a la siguiente ronda.

Dart eligió el momento clave: mantuvo el saque en el sexto juego, un turno que pesaba como plomo, y cortó la secuencia de rupturas. Ese juego valió más que un simple 4-2. Fue el mensaje definitivo de que no pensaba soltar el partido.

Con el reloj acercándose a las dos horas y media, la británica necesitó cuatro bolas de partido para cerrar el triunfo. La cuarta fue la buena. La reacción fue instintiva: carrera directa hacia su equipo, abrazos, gritos, un desahogo contenido durante casi dos años.

El sello de Marion Bartoli y una comunidad en la grada

En esa piña estaba una figura clave en su reconstrucción: Marion Bartoli. La campeona de Wimbledon 2013 se unió a su equipo en enero y desde entonces el tenis de Dart ha empezado a encontrar una línea clara: cuartos de final en el Challenger de Vancouver en julio, clasificación para Cincinnati en agosto y ahora una victoria que la devuelve a la escena grande.

Dart, número 131 del mundo, habla de Bartoli como alguien que entiende cada latido de estas semanas: cómo empieza el día, cómo termina, qué se siente en las horas muertas, qué pesa en la cabeza cuando se entra a pista. Esa experiencia, traducida en pequeños ajustes y grandes certezas, se nota en la pista y en su lenguaje corporal.

Pero en Nueva York hay algo más que un equipo técnico. Está la familia.

Su tío y varios primos viven en la ciudad. Otra prima ha volado desde Reino Unido. Su madre la acompaña desde la fase previa. Su padre aterrizó la noche anterior al debut. No es una anécdota: se escucha en la grada, se ve en cada cambio de lado. Para Dart, Nueva York es “un hogar lejos de casa”, un lugar donde la pista se siente menos hostil y el ruido suena a respaldo, no a presión.

Ese entorno se convirtió en refugio cuando el partido se torció. Y en altavoz cuando la remontada se hizo realidad.

Un nuevo examen: Marie Bouzkova

La recompensa no es pequeña, pero tampoco lo es el siguiente obstáculo. En segunda ronda la espera Marie Bouzkova, cabeza de serie número 25, una rival mucho más estable que la volcánica Stearns.

Dart llega con confianza, ritmo de competición y la sensación de que, por fin, su trabajo empieza a traducirse en resultados en los grandes escenarios. Además, no estará sola: comparte segunda ronda con otros británicos, Toby Samuel y Katie Boulter, en un cuadro que empieza a teñirse de acento inglés.

En un torneo que tantas veces la dejó a un lado, Harriet Dart ha vuelto a hacerse un hueco. La pregunta ahora es sencilla y brutal: ¿cuánto tiempo piensa quedarse?