Juventus pierde el equilibrio en el final del partido
Durante noventa minutos, Juventus caminó sobre el filo. Sobrevivió a una noche de terror defensivo, se levantó dos veces del suelo y parecía haber rescatado un punto. Pero en el último suspiro, cuando el reloj ya quemaba, todo se vino abajo.
Un desajuste, una línea mal tirada, una desconexión fatal. Vasilije Adzic apareció para castigar a una zaga que llevaba todo el partido coqueteando con el desastre y firmó el gol de la victoria para los locales. El gesto de Guglielmo Vicario al sonar el pitido final lo dijo todo: gritos, brazos al aire, furia desatada hacia sus defensores. El portero, cedido por Tottenham y uno de los más fiables del curso, no entendía cómo se había tirado por la borda un partido así.
Una trampa del fuera de juego hecha añicos
La noche de la zaga bianconera rozó lo inexplicable. La trampa del fuera de juego, trabajada y repetida durante la semana, se rompió una y otra vez. Sassuolo olió sangre y atacó siempre el mismo punto débil: una línea defensiva muy alta, mal coordinada y sin comunicación.
Sebastiano Esposito abrió la herida. Kieron Bowie la agrandó. Dos goles que expusieron con crudeza un sistema que nunca pareció sincronizado. Cada balón a la espalda de los centrales era una amenaza. Cada desmarque, una cuenta atrás.
Y, sin embargo, Juventus se negó a caer sin pelear.
Edon Zhegrova se echó el equipo a la espalda y, a base de talento puro, devolvió a los suyos al partido. Dos acciones individuales, dos golpes de clase que reanimaron a un conjunto que parecía perdido. El marcador se equilibró gracias a él, pero la estructura colectiva siguió tambaleándose. Y al final, esa fragilidad costó carísimo.
Vicario, sin anestesia: “Hablamos de esto toda la semana”
Vicario no escondió nada ante las cámaras de DAZN. Ni medias tintas, ni refugios fáciles.
“Hay una gran amargura, porque entiendo el deseo de ir a ganar el partido, porque somos Juventus y es nuestra obligación apuntar a la victoria siempre, pero perdimos nuestro equilibrio y hablamos de esto toda la semana”, explicó el guardameta de 29 años, visiblemente molesto por la forma en que su equipo se descompuso.
El portero fue directo al corazón del problema: no se trata solo de encajar goles, sino de cómo se encajan.
“Juventus no puede conceder dos goles así. Este es un club con una historia gloriosa y no podemos permitir goles de ese tipo. Tenemos que estar más tranquilos y equilibrados, porque tenemos un equipo lleno de calidad y seremos capaces de crear ocasiones”.
La crítica no iba a la calidad, sino a la cabeza. A la gestión de los momentos, a la lectura del riesgo cuando el partido entra en zona caliente. Juventus remontó dos veces, pero jugó los últimos minutos como si el 2-2 no bastara, como si no hubiera nada que proteger. Lo pagó.
Sin Locatelli, pero sin excusas
El contexto no ayuda. El equipo atraviesa un tramo delicado del curso, con varias piezas clave fuera de combate. La baja que más pesa es la del capitán, Manuel Locatelli. El centrocampista estará entre cuatro y seis meses apartado tras operarse del menisco, un golpe durísimo para el equilibrio del centro del campo.
La tentación de agarrarse a esa ausencia como coartada estaba servida. Vicario la rechazó de plano.
“Estamos tristes por perder a Manuel, pero es una lesión a largo plazo y tenemos jugadores de calidad en la plantilla. No podemos seguir buscando excusas”, sentenció.
El mensaje es claro: las bajas explican, pero no justifican errores tan básicos. Ni una línea mal tirada en el minuto 93, ni una desconexión mental cuando el equipo acaba de hacer el esfuerzo de igualar el marcador.
De héroes tardíos a víctimas de su propia ansiedad
El golpe duele todavía más porque Juventus venía de salir vivo en un escenario parecido. Una semana antes, Federico Gatti había salido desde el banquillo para firmar un empate agónico 1-1 ante Milan. Entonces, la narrativa fue la del carácter, la del equipo que nunca se rinde y araña puntos al límite.
Esta vez, el relato se invierte. Mismo guion de sufrimiento, distinto desenlace. Donde antes hubo oficio, ahora hubo precipitación. Donde antes se supo sufrir, ahora se perdió la cabeza.
Preguntado por si en el vestuario predominaba la rabia o el arrepentimiento, Vicario no dudó en combinar ambos sentimientos. “En mi opinión, ambos, porque habíamos logrado cambiar la inercia a nuestro favor. Debemos ser capaces de controlar mejor estos momentos del partido, porque tenemos la calidad”, subrayó.
Es ahí donde se jugará buena parte de la temporada de Juventus: no solo en los pies, sino en la gestión emocional. En saber cuándo acelerar y cuándo cerrar filas. En entender que, a veces, un punto rescatado vale más que un triunfo perseguido sin red.
Esta vez, la ambición descontrolada dejó al descubierto todas las grietas. Y Adzic, implacable, no perdonó.






