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Katie Taylor: La campeona que casi se retira antes de empezar

Katie Taylor peleará el sábado en un Croke Park abarrotado, en la que apunta a ser la última noche de una de las carreras más influyentes del deporte irlandés. Un cierre de círculo perfecto… que estuvo cerca de no existir.

La boxeadora de Bray confesó en RTÉ Radio 1, en el programa Inside Sport, que se planteó seriamente abandonar el boxeo cuando su sueño olímpico se vio aplazado de golpe en 2006. En aquel momento, estaba escalando hacia la cima del boxeo amateur, dominando rings por toda Europa, cuando el Comité Olímpico Internacional anunció las nuevas disciplinas para los Juegos de Pekín 2008.

Llegaron pruebas femeninas como los 3000 metros obstáculos, BMX, esgrima y maratón de aguas abiertas. Pero el boxeo femenino se quedó fuera. Otra vez.

Para Taylor, que llevaba toda la vida mirando hacia unos Juegos que ni siquiera contemplaban a las mujeres cuando empezó a pegarle al saco, el golpe fue devastador. El horizonte se movía cuatro años más lejos. Cuatro años más de espera para, simplemente, tener la oportunidad de perseguir su sueño.

Ella misma recordó cómo empezó todo: una niña de nueve o diez años, en un país donde el boxeo femenino ni siquiera estaba sancionado. Para conseguir combates tuvo que hacerse pasar por chico. Guantes, casco y un nombre ambiguo para engañar a los formularios. Hoy, al ver a niñas de 14 o 15 años que ya son cinco o seis veces campeonas de Irlanda, habla de “talento notable” y de oportunidades que antes no existían. Y se le nota el orgullo.

Taylor decidió muy pronto que no construiría su carrera a base de micrófonos. Prefería hablar con los puños. Sin estridencias, sin grandes declaraciones. Ganando. Y ganando. Hasta que las puertas empezaron a abrirse cuando el mundo, por fin, la vio pelear.

Detrás, una familia que también peleaba. No sobre el ring, pero sí en despachos, reuniones y gestiones para que el boxeo femenino encontrara su sitio. Aun así, el camino fue áspero. Hubo noches en las que la duda se sentó en la esquina: “Esto no va a ser. El boxeo femenino nunca va a entrar en los Juegos. No va a pasar”.

El punto de ruptura llegó con Pekín. Primero le dijeron que estaría. Después, que no. Ese giro fue, según ella, el momento en que más cerca estuvo de dejarlo todo. Mientras otros competían en China, Taylor analizaba los combates para RTÉ, con la certeza incómoda de que podía estar allí… si el sistema hubiera querido.

Cuatro años. En la vida de un deportista, una eternidad. Taylor se preguntaba una y otra vez si su oportunidad llegaría alguna vez. Aguantó. Empujó. No cedió. Y el tiempo, esta vez, se puso de su lado.

Un año después de los Juegos de Pekín, el COI incorporó el boxeo femenino al programa olímpico. No fue una apertura total: en Londres 2012 solo se permitieron tres categorías de peso para mujeres. Suficiente, eso sí, para que Taylor encajara en el peso ligero de 60 kg.

El resto ya es historia escrita a golpes de precisión. Oro olímpico. Un país en pie. Y un fenómeno social que desbordó cualquier previsión.

El torneo de Londres explotó desde el primer campanazo. Su combate de cuartos de final ante Natasha Jonas, de Gran Bretaña, convirtió el pabellón en una caldera: 113,7 decibelios, un rugido apenas a un paso del estruendo de un motor de avión. Desde entonces, el ruido nunca se apagó.

La siguieron en la gloria y en la caída. De Londres a la decepción de Río. De ahí a Wembley, al Madison Square Garden, a recintos por todo Estados Unidos donde fue coleccionando títulos mundiales como profesional. Siempre con una marea verde detrás, siempre con banderas, cánticos y una fidelidad poco común en el boxeo.

Ahora, esa misma marea llenará Croke Park, un estadio históricamente asociado a Muhammad Ali y su combate ante Alvin Lewis en 1972. Ali reunió a 18.000 personas. Taylor ha convertido el recinto en un lleno absoluto, 80.000 entradas vendidas en cuestión de minutos. Una cifra que desafía cualquier comparación y que confirma algo que ella nunca dudó: en Irlanda, la gente se vuelca con los suyos, sin mirar el género.

Taylor admite que está “abrumada” por ese apoyo. Lo repite, casi incrédula: 80.000 personas, un país entero dispuesto a acompañarla hasta el último asalto de su carrera. Habla de orgullo nacional, de algo que pocos países podrían igualar con una atleta femenina. Y subraya una idea clave: sin esa gente, sin esos viajes, sin esos estadios llenos, su carrera profesional no habría podido sostenerse.

Porque una boxeadora, por muy buena que sea, no puede vivir en el vacío. Necesita taquilla, necesita ambiente, necesita que la sigan. Irlanda lo hizo. Desde los días previos a Londres, cuando aún era “solo” una amateur, hasta el momento en que Amhrán na bhFiann tronó en el ExCeL Arena con el oro olímpico al cuello. Después, en la tristeza de Río. Más tarde, en cada parada de su aventura profesional: Londres, Wembley, Manchester, Leeds, Boston, Brooklyn, Dallas, Nueva York.

Y ahora, en casa.

Taylor insiste en que quiere devolver todo ese cariño con una actuación a la altura. Habla de una “actuación de carrera”, de dejarlo todo en el ring en su última pelea. No suena a tópico. Suena a promesa.

Mira hacia las gradas y ve algo más que aficionados: ve el motor que ha ayudado a consolidar el boxeo femenino profesional en el mundo. Un país entero que viajó, pagó entradas, llenó pabellones y convirtió sus noches de combate en acontecimientos nacionales.

El sábado, en Croke Park, esa misma nación volverá a rugir. No para empezar una historia, sino para cerrarla con la misma furia con la que la empujó desde el principio. Y la pregunta, cuando se apague el último foco, será inevitable: ¿quién recogerá ahora los guantes que Katie Taylor deja sobre la lona?