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Naomi Osaka avanza en el US Open tras superar dificultades

Durante un buen rato, el Arthur Ashe volvió a parecer su patio de recreo. Naomi Osaka mandaba, sonreía por momentos, dominaba cada intercambio. Un set arriba, un break de ventaja, el marcador 6-2 y 3-1 frente a Katerina Siniakova. Todo apuntaba a un trámite, a una de esas victorias limpias que apenas dejan rastro en los recuerdos pero allanan el camino en un grande.

De repente, el partido se torció.

Osaka se agarrotó en los momentos decisivos del segundo set, perdió precisión con el primer saque, dudó en la elección de golpes y Siniakova, sin hacer ruido, se metió en el encuentro. La checa recuperó el break, alargó los intercambios, obligó a Osaka a jugar un tenis incómodo. El 5-7 que igualó el duelo fue un castigo directo a esos minutos de tensión mal gestionada.

La diferencia llegó en el tercero. Ahí apareció la campeona.

Osaka se rehízo con una autoridad que hace meses parecía lejana. Ajustó direcciones, encontró de nuevo la derecha profunda que marca territorio y, sobre todo, se calmó. Ganó el set definitivo por 6-1 y cerró el 6-2, 5-7, 6-1 con una sensación de control que contrastaba con el pequeño derrumbe del segundo parcial. No fue un paseo, fue una victoria de colmillo y memoria competitiva.

Una aspirante que vuelve a parecerlo

La gira norteamericana sobre pista dura siempre ha sido territorio Osaka. Aquí levantó el US Open en 2018 y 2020, aquí se construyó parte de su leyenda. La diferencia es que esta vez llega con algo que nunca había tenido: una temporada sólida también en tierra y en hierba.

Este año alcanzó los octavos de final en Roland Garros y los cuartos en Wimbledon, sus mejores resultados de siempre en esas superficies. En Londres, sobre un césped que históricamente la había incomodado, firmó una actuación que cambió la percepción de su techo: derrotó a la número 1 del mundo, Aryna Sabalenka, en cuarta ronda. Después acusó el desgaste —venía de jugar la final en Bad Homburg la semana anterior— y se quedó sin gasolina en cuartos. Pero el nivel de tenis que mostró recordó a la Osaka que levantó su último grande en el Australian Open de 2021.

Con esa mochila de buenas sensaciones aterrizó en Norteamérica. Y con ella, también, un peso nuevo: la expectativa.

Las dos primeras rondas en Nueva York han dejado claro que la presión existe. En su debut, ante Anastasia Zakharova, necesitó dos tie-breaks (7-6(6), 7-6(3)) y en ambos sets dejó escapar un break de ventaja. Frente a Siniakova, los nervios le costaron directamente un set. Pero en los grandes torneos, para las favoritas, las primeras rondas no exigen perfección: exigen sobrevivir. Ganar mientras se busca el pico de forma.

Osaka lo sabe y tira de archivo mental.

“Soy bastante afortunada de tener muchos partidos de alta calidad que cayeron de mi lado”, explicó después. Cuando el encuentro se va a un tercer set y necesita recomponerse, su cabeza viaja a la final del Australian Open 2019 ante Petra Kvitova, un título construido a base de resistencia emocional. Esa memoria competitiva es hoy una de sus grandes armas. “Creo que eso es lo mejor de ser una jugadora más experimentada. Has podido disputar muchos partidos diferentes en situaciones distintas”, añadió. Nueva York es uno de esos escenarios donde el recuerdo ayuda: aquí ya ganó, aquí ya sufrió y salió reforzada.

Más que tenis: moda, identidad y ruido

Hablar de Osaka en un grande ya no es solo hablar de tenis. Cada aparición en un Grand Slam viene acompañada de un despliegue visual: entradas al estadio, equipaciones, guiños culturales. En este US Open, su indumentaria rinde homenaje a Allen Iverson, icono de la NBA y símbolo de rebeldía estética y cultural.

Esos looks, pensados al detalle, generan conversación y también rechazo. Para parte del público, Osaka se expone demasiado. Para otros, simplemente se divierte. Lo cierto es que, para alguien tan reservada y de trato tan suave, la dureza de algunas críticas resulta llamativa. Se la acusa de buscar atención, de distraerse de su tenis, de contradicción por haber hablado de salud mental en 2021 y ahora jugar con una imagen más llamativa. Pocas veces se tiene en cuenta que han pasado años, que la persona ha cambiado y que su contexto vital es otro.

Buena parte de ese ruido nace de un lugar conocido: su activismo antirracista a principios de la década de 2020. Hay sectores que no le perdonan haber utilizado su plataforma para hablar de justicia social. Desde entonces, cualquier gesto suyo se interpreta bajo ese prisma, con una dureza desproporcionada.

Osaka, sin embargo, ha ido encontrando su equilibrio. Sigue siendo introvertida, pero ha descubierto en la moda una vía más sencilla para expresarse. No son discursos, son colores, formas, referencias. Y, al mismo tiempo, no olvida algo básico: es una deportista que entretiene. Corre, golpea pelotas y llena estadios para que la gente disfrute. No hay drama en que lo haga con vestidos elaborados. No es una falta de respeto al juego. Es parte del espectáculo.

Un cuadro envenenado

El tenis, mientras tanto, no le da tregua. El cuadro del US Open le ha reservado un camino áspero. Entre las aspirantes al título, Osaka tiene uno de los cruces más exigentes sobre el papel: la segunda cabeza de serie, Elena Rybakina, podría esperarla en octavos de final. Antes de pensar en ese duelo de pegadoras, la prioridad es simple: llegar viva a esa ronda.

En el resto del torneo femenino, Iga Swiatek también avanza con paso firme. La polaca, octava cabeza de serie y campeona en Nueva York en 2022, se metió en segunda ronda con un sólido 6-3, 6-2 ante Nadia Podoroska. Sin estridencias, pero con la autoridad habitual desde el fondo de pista.

Menos opciones tuvo la británica Harriet Dart. Clasificada desde la previa, se topó con la solidez de la cabeza de serie número 25, Marie Bouzkova, que la despachó por 6-2, 6-2, sin darle apenas espacio para competir.

En el cuadro masculino, Félix Auger-Aliassime vivió una noche muy distinta a la que había imaginado. Tercer cabeza de serie y semifinalista el año pasado, el canadiense acabó superado físicamente. Mareos, malestar, sensaciones extrañas. Al otro lado de la red, Karen Khachanov no perdonó: 6-7(5), 6-3, 6-2, 6-2 y a casa uno de los nombres llamados a repetir una semana larga en Nueva York.

Osaka, en cambio, sigue. No con la suavidad de sus mejores días, pero sí con algo que pesa tanto como el talento: la capacidad de sufrir y ganar. En un US Open cargado de historias, la suya vuelve a ocupar un lugar central. La pregunta es sencilla y brutal: ¿hasta dónde le alcanzará esta vez esa memoria de campeona?