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Novak Djokovic y su derrota en el US Open: ¿el principio del final?

Con las lágrimas asomando y el cuerpo negándose a seguir, la derrota de Novak Djokovic en primera ronda del US Open frente a Mariano Navone no fue solo un tropiezo histórico. Pareció un giro de guion en su carrera. Un corte brusco en una película que llevaba dos décadas desafiando cualquier lógica.

No era solo el resultado —su peor actuación en un Grand Slam en 20 años—, era la forma. Su paso ya no transmitía firmeza, los movimientos parecían rígidos, la mirada menos desafiante. Por primera vez en mucho tiempo, Djokovic se vio vulnerable en una pista de tenis. Y esa sensación pesó más que el marcador.

Hace apenas siete meses, el serbio estaba disputando la final del Abierto de Australia. A sus 39 años, seguía plantando cara a la nueva guardia de Carlos Alcaraz y Jannik Sinner como si el tiempo fuera un detalle menor. En julio alcanzó las semifinales en Wimbledon y mantenía vivo el sueño de ese 25º grande que lo separaría definitivamente del resto.

Hoy, ese objetivo se ve más lejano que nunca.

Un campeón a tiempo parcial

La realidad es que Djokovic ya no es un jugador de gira completa. Ha elegido desde hace tiempo un calendario quirúrgico: se reserva para los Grand Slams y usa algunos torneos como banco de pruebas. Esa estrategia le permitió estirar su dominio más allá de lo que dictan los manuales del deporte, pero ahora ni siquiera ese plan parece suficiente ante su nuevo enemigo: su propio cuerpo.

Hace unas semanas, el serbio reconoció que arrastra un problema de salud desde hace tiempo, agravado por el calor y la humedad. En Nueva York, ese fantasma volvió a aparecer con toda su crudeza. Se le vio vomitar entre puntos, caminar con dificultad, casi sin poder moverse en los juegos finales. La imagen era dura, casi incómoda de ver para quien se acostumbró a un Djokovic indestructible.

Las lágrimas en el set definitivo no parecían solo fruto de la frustración por la derrota. Daban la impresión de ser la aceptación, aunque fuera momentánea, de que el reloj biológico ha empezado a dictar las reglas. De que el cuerpo ya no acompaña a la ambición.

“Yo no me divertí”, admitió después. “Creo que fue obvio que fue una sensación horrible en la pista para mí”.

Explicó que lleva “prácticamente en cada partido de este año” lidiando con vómitos y un “problema serio” que deriva en calambres, dolor generalizado y, esta vez, en una espalda y un hombro que dijeron basta.

El futuro en el aire

Djokovic se marchó del US Open dejando en el aire algo que nunca había sonado tan serio: necesita tiempo para pensar en su futuro, en si puede seguir sometiendo a su cuerpo a este castigo. Después de lo visto el domingo, la palabra “retirada” dejó de ser un tabú y pasó a ser una posibilidad tangible.

Él mismo había marcado un horizonte: seguir en activo hasta los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, colgar la raqueta tras representar una vez más a su país. Hoy ese plan suena casi utópico para muchos. Pero conviene recordar con quién se está tratando.

Djokovic ha construido buena parte de su leyenda a base de desafiar pronósticos. En 2017, una lesión de codo encendió las dudas sobre si volvería a su mejor nivel. Un año después, levantó dos de los cuatro Grand Slams. Cada vez que se le ha querido escribir el final, ha respondido con una nueva temporada de éxito.

En los últimos años, la narrativa de la retirada lo ha acompañado como una sombra. Cada inicio de curso se presenta como “el principio del fin”. Cada derrota importante, como la última oportunidad perdida para añadir un grande más a su colección. Y, sin embargo, Djokovic ha seguido ajustando su juego, adaptando su físico, encontrando maneras de ganar partidos que parecían perdidos. El duelo a cinco sets ante Sinner en el Abierto de Australia, a comienzos de año, fue otra prueba de ello.

Pero hay un dato que ya no se puede esquivar: no gana un Grand Slam desde 2023. Y eso, a estas alturas, no debería sorprender. Sus grandes rivales de época, Roger Federer y Rafa Nadal, conquistaron su último grande con 36 años. El tenis actual exige una intensidad física feroz, con una generación joven que juega a un ritmo casi inhumano. A los 39, para volver a pelear de verdad por un grande, Djokovic necesitaría algo más que talento y experiencia: necesitaría fortuna, salud y un cuerpo dispuesto a soportar otra guerra de dos semanas.

¿El principio del final?

Es posible que lo vivido en Nueva York termine siendo otro falso aviso, una nueva escena dramática antes de otro regreso inesperado. Pero, por primera vez, parece más probable que estemos viendo el inicio real del ocaso.

La expresión de Djokovic mientras intentaba encontrar una mínima reacción lo decía todo. Siempre fue un jugador que transmitió control absoluto sobre la pista, un maestro del entorno, un competidor que imponía su voluntad sobre el partido. Esta vez, en cambio, se le vio superado. No solo por Navone. Por las circunstancias. Por su propio cuerpo. Quizá, por primera vez, él también lo sintió así.

Pase lo que pase en los próximos meses, nada alterará su lugar en la historia. Para muchos, ya es el mejor tenista de todos los tiempos. Y, como tantos campeones, es probable que se aferre un poco más de lo debido a la competición, a esa adrenalina que ningún otro escenario le puede dar.

Tal vez la clave para prolongar un año o dos más su carrera pase por redefinir qué entiende por éxito: aceptar que ya no se trata de dominar, sino de competir a otro ritmo, con otras metas. La cuestión es si un competidor como Novak Djokovic puede convivir con esa nueva versión de sí mismo. Y esa respuesta, solo él la tiene.