Novak Djokovic y su histórica derrota en el US Open
Las lágrimas de Novak Djokovic, más que el marcador, contaron la historia. No eran de rabia ni de impotencia competitiva. Eran el gesto desnudo de un cuerpo que, por primera vez en casi dos décadas en un Grand Slam, dejó de responderle.
En la Arthur Ashe, en un domingo que parecía benévolo con la temperatura, el serbio cayó 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1 ante Mariano Navone en la primera ronda del US Open. Es su primera derrota en un debut de Grand Slam desde 2006. Un hito, pero de los que duelen.
Un cuerpo que dice basta
Djokovic, 24 veces campeón de Grand Slam y ya con 39 años, empezó el partido como tantas otras veces: sólido, dominante, con un 3-0 que parecía anuncio de guion conocido. Pero el guion se rompió pronto.
Menos de una hora de juego y algo no encajaba. Nauseas. Sensación de malestar. El juego se le escapó entre cambios de lado. En el tercer set llegó a vomitar. En el cuarto y el quinto, los calambres lo atenazaron. El saque, su gran aliado en tantos momentos límite, perdió velocidad y veneno. La mecánica perfecta se convirtió en un gesto forzado.
El partido se estiró hasta las cuatro horas y 36 minutos. Lo exprimió todo: piernas, pulmones, cabeza. Djokovic dejó algunos destellos de siempre, golpes ganadores que recordaban al campeón implacable, pero el balance final fue brutal: 70 errores no forzados. Demasiado lastre incluso para uno de los mejores competidores de la historia.
“Creo que era obvio que fue una sensación horrible en la pista para mí”, admitió después, en declaraciones recogidas por The Associated Press. No pasó por la rueda de prensa tradicional; prefirió hablar con un pequeño grupo de periodistas, según informó Ben Rothenberg. Allí fue todavía más gráfico: explicó que su cuerpo “empezó a colapsar”, entre calambres y dolor, y que espalda y hombro “se rindieron”.
No fue un mal día cualquiera. Fue la confirmación de algo que, según él mismo reconoció, lleva arrastrando “prácticamente en cada partido de este año”.
Navone aguanta, Djokovic se apaga
La noche también fue de Mariano Navone. El argentino, de 25 años, campeón de su primer título ATP en 2026, no se dejó intimidar por el escenario ni por el nombre del rival. Jugó con cabeza fría y piernas firmes.
Sus golpes de fondo, profundos y pesados, empujaron a Djokovic hacia atrás. Ganó más del 70% de los puntos con primer servicio, un dato que explica por qué consiguió sostenerse cuando el partido entró en la zona de nervios. Aprovechó las bolas de break que tuvo y, sobre todo, supo leer el momento: entendió cuándo el serbio ya no podía apretar más.
Aun así, el relato del duelo fue Djokovic. Hace un año, en ese mismo torneo, había alcanzado la segunda semana y se despidió en semifinales ante Carlos Alcaraz, en sets corridos, pero con una imagen competitiva respetable. Entonces ya se escribía que “el tiempo” es el único rival imposible de vencer. Hoy esa frase suena menos a tópico y más a diagnóstico.
La alarma, ahora, suena más fuerte. Djokovic no está acostumbrado a venirse abajo físicamente tan pronto en un torneo grande. Y menos en el primer partido.
El peaje de los 39
En agosto, en Cincinnati, ya había dejado una pista preocupante. Cayó 2-6, 6-4, 6-4 en su debut ante Thiago Agustín Tirante, en condiciones también duras. En Nueva York explicó que aquella derrota, en cierto modo, fue una bendición: le permitió descansar, recuperar y preparar el US Open, su gran objetivo.
Porque Djokovic lo ha repetido muchas veces: los Grand Slams son su prioridad. El calendario reducido, las ausencias en torneos intermedios, todo estaba diseñado para llegar fresco a las citas a cinco sets. Pero a los 39 años esa estrategia tiene un reverso peligroso. Sin suficiente ritmo competitivo, el cuerpo sufre más cuando se le exige al límite durante cuatro horas. Y si el desgaste aparece a los 30 minutos de un partido largo, la señal es clara: hay algo más profundo que un mal día.
La temporada, en términos de torneos, tampoco ha sido excesiva: apenas siete citas en 2026. No parece un exceso. Sin embargo, la acumulación de años, kilómetros y tensión competitiva no se mide solo en el número de eventos. Se mide en el tiempo.
¿Y ahora qué?
La derrota ante Navone lo sacará del Top 10 del ranking. Es un dato simbólico, pero pesado. Djokovic, número 20 del mundo, jugando por puro amor al juego, seguiría siendo un imán para aficionados y organizadores. El problema es otro: ¿le vale a él?
Durante años, su fuerza mental fue la gran diferencia. Cuando el partido ardía, él se hacía más grande. Cerraba el puño, afinaba el saque, encadenaba restos imposibles. Ganaba porque creía más y aguantaba más. Hoy, el mensaje que deja la noche de Nueva York es distinto: la mente sigue siendo de acero, pero el cuerpo ya no siempre acompaña.
Ser candidato real a un Grand Slam, a este nivel de exigencia, depende ahora menos de su legendaria fortaleza mental y más de una condición física que empieza a resquebrajarse en momentos clave.
Las preguntas ya vuelan por Flushing Meadows: ¿volverá el año que viene? ¿Querrá seguir compitiendo si siente que ya no puede aspirar a lo máximo? Solo él tiene la respuesta. Podría decidir que no vale la pena seguir si no se ve peleando por los grandes títulos. Podría, también, aceptar una nueva versión de sí mismo, menos dominante, más humano, y seguir en el circuito por puro disfrute.
De momento, hay una pista: su nombre figura en la lista de inscritos del ATP 500 de Beijing. No hay retirada inmediata. Hay, al menos, un intento más.
Tras el golpe, dejó un mensaje breve en redes sociales: “Forever grateful, New York”. Gratitud a una ciudad que lo vio reinar y que ahora lo ha visto tambalearse. La cuestión ya no es lo que Nueva York le debe a Djokovic, sino cuánto tenis le queda todavía por ofrecer a un campeón que, por primera vez, mira de frente al final del camino.






