Novak Djokovic y su sorpresiva derrota en el US Open 2023
Nueva York — La noche en que el tiempo alcanzó a Novak Djokovic no llegó en una final, ni ante un rival legendario, ni bajo un calor asfixiante. Llegó en primera ronda del US Open, en Arthur Ashe Stadium, contra Mariano Navone, un argentino trabajador, top-50, más acostumbrado al polvo de ladrillo que a los focos de la pista central de un grande.
Llegó con vómitos, calambres, una espalda que dijo basta y un marcador que quedará como una cicatriz: 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1, en 4 horas y 36 minutos. Y, sobre todo, llegó con una ruptura brutal: el fin de una racha de 77 victorias consecutivas en primeras rondas de Grand Slam. La última vez que Djokovic se fue a casa a las primeras de cambio en un grande fue en el Australian Open de 2006, cuando era el número 76 del mundo. Otra era. Otro cuerpo.
Un grande que se deshace en directo
Durante más de cuatro horas, casi nada tuvo lógica salvo un dato frío: Djokovic tiene 39 años. Una edad a la que casi todos los gigantes del tenis ya estaban retirados o jugaban por nostalgia, no por títulos.
El partido empezó como tantas otras noches en Nueva York. Tres aces en sus dos primeros juegos de saque, 3-0 arriba, sensación de trámite. Navone parecía el rival perfecto para que el serbio entrara en ritmo: un jugador de arcilla, sin experiencia en Ashe, con solo una victoria previa en el US Open y un único título ATP en su carrera.
Pero el argentino se agarró al partido con dientes y uñas. Empezó a alargar los intercambios, a obligar a Djokovic a golpear una pelota más, y otra, y otra. En una noche húmeda, pegajosa, pero no especialmente calurosa, el desgaste se volvió mental y, sobre todo, físico.
La lluvia apareció al séptimo juego, el techo se cerró, el aire acondicionado se encendió y el clima dejó de ser excusa. Lo que no dejó de crecer fue la incomodidad del serbio. Su ventaja inicial se esfumó, el cuerpo empezó a mandar señales de alarma y el partido se convirtió en una batalla contra sí mismo.
Vómitos, calambres y una espalda rota
En el séptimo juego del tercer set, la escena fue cruda: Djokovic se inclinó sobre un cubo en el lateral de la pista y vomitó en pleno juego. Entre punto y punto, se doblaba sobre las rodillas para recuperar el aire. En los peloteos cortos, dominaba. En cuanto el intercambio se estiraba más allá de seis golpes, el dueño de la noche era Navone.
Las estadísticas del juego lo contaban sin maquillaje: Djokovic se imponía claramente en los puntos de cuatro golpes o menos. Todo lo que duraba más se inclinaba del lado del argentino. Cada rally largo le arrancaba un poco más de energía, de piernas, de fe.
Djokovic lo explicó con crudeza al salir del vestuario, exhausto, ojeroso, con la mirada perdida: “Un sentimiento horrible en la pista para mí. Es algo que he estado arrastrando prácticamente en cada partido este año. Vómitos, una náusea seria. Y luego todo mi cuerpo empieza a colapsar. Calambres, dolor. La espalda se rindió al final, y el hombro, y no pude cerrarlo”. Admitió que el problema le golpeó desde el cuarto juego del partido y dejó en el aire la gran incógnita: no sabe si podrá arreglar la cuestión médica que lo está destrozando físicamente. “Lo intento, de verdad que lo intento. Veremos”.
En la grada, su esposa Jelena y sus hijos, Stefan y Tara, se apagaban punto a punto, como si asistieran a una lenta despedida. Cada gesto de dolor del padre se reflejaba en sus caras.
El giro del partido y la daga de Navone
Djokovic, aun roto, encontró recursos. Perdió el primer set en un ‘tie-break’ que durante años fue su territorio blindado. Se rehízo para ganar el segundo y el tercero, tirando de agresividad, acortando puntos, buscando el golpe ganador antes de que el cuerpo le pidiera una tregua que ya no podía darle.
En el cuarto set, llegó a ver la meta. Rompió el servicio de Navone, forzó errores del argentino y pareció encaminar el partido hacia el guion de siempre: sufrimiento, épica y victoria. Pero esta vez, el guion ardió.
Navone le respondió con un ‘break’ inmediato, luego con otro. Djokovic se desmoronó físicamente, pidió un tiempo médico antes del quinto set, se tumbó mientras el fisio trabajaba su zona lumbar. Era el intento de una última barricada.
El golpe definitivo llegó en el segundo juego del quinto set. Navone lo movió de lado a lado, lo atrajo a la red y soltó un revés paralelo que Djokovic no logró volear de vuelta. El serbio dio dos pasos torpes, casi tambaleándose, cojeó, hizo muecas de dolor. La grada, llena, empezó a sonar a funeral.
Desde ahí, el marcador se convirtió en una cuenta atrás. El 6-1 final fue casi simbólico: no medía solo la diferencia de tenis, sino la de combustible.
Un gigante frente a su propio límite
Lo desconcertante es que todo esto llega apenas siete semanas después de que Djokovic jugara unas semifinales de Wimbledon, con una victoria de cinco sets ante Félix Auger-Aliassime que olía a sus mejores tiempos. Y, sin embargo, algo se quebró después de caer en tres sets ante Jannik Sinner, su antiguo protegido, actual número 1 del mundo.
En aquel partido, un aficionado intentó animarlo, recordándole que aún podía competir con Sinner. La respuesta del serbio fue un susurro demoledor: “Quizá hace 10 años”.
Tras Wimbledon, se desconectó. Vacaciones, familia, peloteos suaves con su esposa e hijos. Nada de obsesión inmediata con la gira de pista dura. Volvió en el Cincinnati Open y se vio fuera de ritmo, derrotado a las primeras de cambio por Thiago Tirante, fundido por el calor y la humedad. Habló entonces, de forma vaga, de un problema médico que arrastraba desde hacía un par de años, sin entrar en detalles.
En Nueva York, antes del torneo, intentó vender optimismo. Aseguró que la derrota temprana en Cincinnati le había dado “dos semanas para entrenar de verdad y poner cuerpo y mente en el estado adecuado”. Admitió que los partidos de primera ronda se le estaban haciendo cada vez más complicados, pero confiaba en “superar el primer obstáculo y construir desde ahí”.
Ese primer obstáculo lo derribó Navone. No se fue en el primer set, cuando le arrebató el ‘tie-break’ a uno de los mejores competidores de la historia. No se fue en el tercer set, cuando salvó dos bolas de ‘break’ y obligó a Djokovic a sentarse con dos bolsas de hielo sobre la cabeza. No se fue en el cuarto, cuando el serbio parecía haber encontrado una rendija para escaparse. Se quedó. Y terminó por hundir a un mito que se iba rompiendo a la vista de todos.
El reloj del mejor jugador de pista dura
Djokovic ha construido buena parte de su leyenda sobre cemento. Es, para muchos, el mejor jugador de pista dura de la era moderna. En noches como la del domingo, bajo techo, con el ruido encapsulado y la atmósfera eléctrica, solía ser casi invencible. Arthur Ashe ha sido su escenario habitual durante quince años, con cuatro títulos del US Open en el bolsillo.
Por eso, el contraste fue tan brutal. El hombre de 101 títulos, tercero de la historia tras Jimmy Connors y Roger Federer, caía ante un especialista en arcilla en su tercer cuadro principal en Nueva York. El tipo de rival que, en otro tiempo, habría sido ideal para rodarse, ganar en tres sets, soltar el brazo y mirar de reojo a la segunda semana.
Esta vez, cada minuto consumía parte de un depósito que parece cada vez más pequeño. Djokovic lleva dos temporadas hablando de la dureza del formato al mejor de cinco sets. Sabe que ya no puede gastar energía de más en las primeras rondas si quiere llegar entero a los tramos decisivos. El domingo, incluso ganando, su torneo ya olía a problema serio a partir de octavos. Perdiendo, la sensación fue más cruda: quizá el margen se ha reducido más de lo que él mismo estaba dispuesto a aceptar.
En el quinto juego del último set, las lágrimas empezaron a asomar. No eran solo por el partido. Eran por lo que representaba.
Un corazón al cielo y un lobo en invierno
Djokovic se disculpó por no haber rendido como quería, como ya hizo hace cinco años, cuando se quedó a un partido del Grand Slam de calendario y jugó una de sus peores finales del año en ese mismo escenario. Aquella vez, la grada de Nueva York lo abrazó como nunca y él rompió a llorar en su silla.
Este domingo, al marcharse, giró sobre sí mismo, miró a los cuatro costados del estadio y dibujó un corazón con los dedos. Un gesto sencillo, casi íntimo, en medio de un coloso de cemento.
Hace apenas unos meses, lanzó un documental titulado “The Wolf in Winter”, un manifiesto sobre su negativa a rendirse ante el final de una de las carreras más grandes que ha visto el deporte. El lobo insistía en que aún quedaba caza, que el invierno podía esperar.
En Nueva York, en una noche extraña, húmeda y cerrada, el invierno no llegó del todo. Pero se hizo visible, por primera vez, en la mirada de Novak Djokovic. Y la pregunta ya no es cuántos títulos más puede ganar, sino cuánta batalla le queda al lobo antes de que la nieve lo cubra definitivamente.






