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Sanju Samson y su 57 ante Afganistán: la verdad sobre la presión

Sanju Samson llevaba semanas caminando sobre una cuerda floja. Cinco fallos consecutivos en T20I, un joven empujando fuerte por su puesto, cada salida al crease diseccionada cuadro a cuadro en redes sociales. El ruido era ensordecedor.

En Nueva Delhi, frente a Afganistán, respondió a la vieja usanza: con el bate.

Su 57 de 22 bolas en el segundo T20I no solo guio a India a una victoria por siete wickets. Sonó como un portazo en la cara de las dudas. De esos 57, 52 llegaron en límites. Una entrada limpia, agresiva, casi liberadora. El gesto de un bateador que, al menos por una noche, se sacó de encima todo el peso acumulado.

Bajo el foco… y bajo fuego

Desde que regresó de Inglaterra, Samson vivía con la sensación de examen permanente. Cinco entradas sin impacto en cricket internacional, su nombre rodando en cada debate de selección, y un detalle que no pasaba desapercibido: Vaibhav Sooryavanshi, brillante en la gira por Zimbabue, ocupando exactamente el espacio que muchos querían para él.

Samson ni siquiera estuvo en esa serie. Sus actuaciones discretas en Irlanda e Inglaterra le habían dejado fuera del grupo. La conversación parecía avanzar sin él.

Hasta que llegó Nueva Delhi.

Cuando caminó hacia el crease el martes, las preguntas sobre su lugar en el equipo ya no eran un murmullo: eran un juicio público. Cada bola, un veredicto. Cada error, un argumento más para quienes pedían cambio.

La respuesta fue contundente. Golpeó, atacó, tomó riesgos. No jugó como alguien tratando de conservar un sitio; jugó como alguien decidido a reclamarlo. No cerró definitivamente el debate con Sooryavanshi, pero lo cambió de tono.

“Intento apagar el Wi‑Fi”

Después del partido, Samson hizo algo poco habitual en el deporte de élite: bajó la guardia en público. Habló sin adornos de lo que significa convivir con la crítica constante en India.

“Intento apagar el Wi‑Fi”, explicó, casi con una sonrisa. “Pero a veces el Wi‑Fi se enciende y los comentarios aparecen. Algún jugador veterano dice algo. Creo que es muy normal”.

Detrás de la broma había una verdad incómoda para muchos. La idea de que los internacionales son inmunes a la opinión pública, a los programas de debate, a los hilos interminables en redes, se derrumbó en una frase.

“Definitivamente, el ruido externo afecta a los cricketers en India”, admitió. “Pero tienes que tener muy claro cuál es tu mentalidad, cómo necesitas prepararte y con qué mentalidad tienes que jugar”.

No recurrió al guion clásico de “no leo nada”, “no me afecta nada”, “solo me concentro en mi juego”. Al contrario: aceptó la herida y explicó cómo convive con ella.

“No somos robots”

Samson fue todavía más lejos. Quitó la coraza y dejó ver al jugador, no al personaje.

“Creo que he sido lo bastante maduro y con suficiente experiencia como para saber cómo manejarlo. Antes dolía un poco. No soy una máquina. No somos robots para decir: ‘No, no me afecta’. Definitivamente, te afecta”, confesó.

La frase cayó con fuerza. En un entorno donde se espera que las estrellas repitan mantras de fortaleza mental inquebrantable, Samson eligió otro camino: el de la honestidad.

Explicó que, si se dejara arrastrar por cada crítica antes de entrar a batear, su juego se volvería irreconocible. La duda se colaría en cada decisión.

“Si prestara atención a esas cosas, no podría batear así. Antes de jugar un golpe, pensaría diez veces: ‘Yaar, si me salgo, otra vez habrá problema de Wi‑Fi’. Así que, en cambio, me digo a mí mismo: ‘Koi baat nahi’”.

Ahí está el equilibrio que busca: reconocer el ruido, pero no obedecerlo. Saber que existe, pero no permitir que dirija el bate.

Una lección incómoda… y necesaria

En India, se espera que los deportistas sean blindados. Que no admitan debilidad. Que no muestren grietas. El guion es conocido: “no escucho nada”, “no leo nada”, “no me afecta nada”.

Samson rompió ese libreto. No dijo que el ruido no llega. Dijo: llega, duele, y esto es lo que hago con él.

Eso no es fragilidad; es inteligencia emocional.

Su metáfora del Wi‑Fi va a quedarse. Es precisa para describir la era del deportista moderno: una conexión constante, imposible de apagar del todo, que inunda de opiniones cada minuto libre. La gestión ya no es solo técnica o física; es informativa. Saber cuándo desconectar, cuándo no mirar, cuándo no hacer clic.

Más que los 57 golpes en el marcador, lo que dejó Samson en Nueva Delhi fue un modelo distinto para los que vienen detrás: no el héroe invulnerable, sino el profesional que reconoce el ruido, lo aparta a un lado y, aun así, rinde.

Ese es el arte difícil. Y, si sigue bateando con esta libertad, será también el que marque su futuro en el once de India.