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El Singapore Grand Prix: Detrás de la Carrera

A la 1 de la madrugada del lunes, el Padang se apaga. Los escenarios de los conciertos quedan a oscuras, el eco de los motores de Fórmula 1 se disuelve sobre Marina Bay y el público ya se ha ido. Pero en el circuito urbano de Singapur, la carrera más frenética del fin de semana acaba de empezar.

Shiv Raj Panday y su equipo técnico tienen cuatro horas y media para desmontar partes clave del trazado y devolver la ciudad a la vida cotidiana. A las 5.30 de la mañana, los mismos carriles por los que los monoplazas volaban a más de 300 km/h deben estar listos para recibir el atasco habitual de la hora punta.

Es la otra cara del Singapore Grand Prix: tres días de espectáculo para el mundo, 362 de trabajo incesante para Singapore GP, el promotor de la prueba. Cuando se apaga el último foco del domingo, el calendario interno vuelve a marcar día uno.

Un año comprimido en tres días

La maquinaria no se detiene. Entre los 70 empleados fijos de la organización, cada departamento entra en una cuenta atrás permanente: venta de entradas, planificación de flujos de público, marketing, sostenibilidad, seguridad, seguimiento de la coyuntura internacional. Todo, con un único objetivo: que el siguiente Gran Premio funcione mejor que el anterior.

Shiv Raj, responsable sénior de instalaciones en el área técnica, lo resume en plazos muy poco glamuriosos para un evento de luces y glamour: al menos dos o tres meses de planificación antes de colocar la primera valla del circuito. Estudios de viabilidad, rediseños, cálculos de espacio. En un parque urbano con terreno limitado, cada metro cuenta.

El ritual se repite desde 2008, año del primer Gran Premio nocturno en Marina Bay. Solo la pandemia, en 2020 y 2021, detuvo la secuencia. Este año, la carrera se disputará del 9 al 11 de octubre, la fecha más tardía en el calendario desde que Singapur entró en la Fórmula 1. El contrato, renovado por cuarta vez en 2022, asegura el espectáculo hasta 2028. Pero cada edición se vive como si hubiera que volver a ganarse el sitio.

Entradas que nunca dejan de venderse

Para Clarence Lai, director de ticketing y acreditaciones, la percepción de que el Gran Premio es un evento de “solo tres días” no se sostiene. No en su departamento.

La venta de entradas es un ciclo sin respiro: las “super early bird” se ponen a la venta durante la semana de carrera… del año anterior. Desde ahí, la rueda no se detiene hasta la bandera a cuadros de la siguiente edición, momento en el que el proceso vuelve a empezar.

Su equipo controla todo lo que tenga que ver con acceso al circuito: entradas para el público, acreditaciones para proveedores y contratistas, capacidad de gradas, necesidad de nuevas estructuras, revisión de la experiencia del cliente. Cada asiento se piensa, se revisa, se corrige.

El año pasado, Singapore GP dio un paso clave: el salto al ticketing móvil. No fue un capricho tecnológico. Era una respuesta a un problema muy concreto: las estafas con entradas digitales en PDF revendidas por terceros. Con el móvil, el margen para el fraude se estrecha de forma drástica.

Mientras Lai ajusta números y asientos, el departamento de marketing ya está mirando al siguiente cartel.

Vender siempre el mismo espectáculo… como si fuera nuevo

Nada más terminar cada carrera, el equipo de marketing y alianzas, liderado por Sasha Rafi, se encierra en una revisión exhaustiva: qué funcionó, qué no, qué hay que cambiar en comunicación, sostenibilidad, relación con instituciones públicas y socios privados.

Rafi conoce el proyecto desde casi su origen; se incorporó en octubre de 2007. Su reto ha cambiado con los años. Al principio, el trabajo pasaba por explicar a los propios singapurenses qué era la Fórmula 1 y por presentar Marina Bay al mundo. Hoy el desafío es otro: convencer al aficionado de que, en un calendario con 24 citas, Singapur merece ser una parada fija. Y que merece repetirse.

Su equipo pasa meses estudiando tendencias en entretenimiento, hábitos de consumo, nuevas tecnologías aplicables al evento. Y también mirando hacia fuera: guerras, crisis económicas, cualquier sacudida global puede afectar directamente a la demanda de un Gran Premio que depende, en buena parte, del turismo.

Este año, una de las novedades comerciales es un paquete de entradas específico para el formato sprint: un abono de dos días, viernes y sábado, pensado para quienes no quieren –o no pueden– comprometerse con las tres jornadas completas, pero sí desean vivir la clasificación y la carrera corta. La sprint, de 100 km y unos 30 minutos sin paradas en boxes, entra por primera vez en el menú de Marina Bay.

Singapore GP ha experimentado con combinaciones y paquetes de todo tipo. Lo singular ahora es esa apuesta por un formato de dos días, en un escenario acostumbrado a abonos de tres o entradas sueltas. Y el ciclo no se detiene: las super early bird para la edición de 2027 volverán a salir a la venta este mismo año.

Ingeniería a contrarreloj en una ciudad viva

Montar un circuito urbano significa negociar, casi minuto a minuto, con la vida diaria de la ciudad. En Marina Bay, algunas gradas empiezan a levantarse mes y medio antes de la carrera. Eso abre la puerta a imprevistos de última hora: filas que desaparecen, variaciones en el diseño, pequeños desajustes que el equipo de Lai debe detectar y corregir.

Hay un trabajo minucioso, casi obsesivo, que el espectador nunca ve: comprobar que no falte ningún asiento, que todos estén correctamente etiquetados, que la estructura haya resistido bien al viento, la lluvia, el sol. Todo bajo un cronómetro implacable.

Para Shiv Raj, el desafío se multiplica cuando el circuito convive con carreteras que siguen “vivas”. El ejemplo más claro es la Connaught Grandstand, al final del Esplanade Bridge, asentada sobre una vía todavía abierta al tráfico. En la madrugada del miércoles de la semana de carrera, su equipo cierra la carretera durante unas pocas horas para construir. Antes de que amanezca, los coches deben volver a circular.

El mismo sprint se repite el domingo por la noche. Nada más caer la bandera a cuadros, empieza la batalla por reabrir tramos clave como Esplanade Drive antes de las 5.30 del lunes. La ciudad no espera.

Mil estudiantes y una marea humana

La operación no se limita al asfalto y las gradas. Para Melissa Phua, directora de operaciones desde 2008, una parte esencial del proyecto se juega en las aulas.

Singapore GP ofrece formación y empleo temporal a casi 1.000 estudiantes del Institute of Technical Education y de Republic Polytechnic cada año. Durante el fin de semana de carrera, esos jóvenes se convierten en oficiales de grada, responsables de puertas de acceso, personal de atención al público repartido por todo el circuito.

Su labor se extiende a la seguridad y a la gestión de las mareas humanas que llenan y vacían el recinto cada noche. Un indicador clave para el equipo de Phua es casi invisible en los titulares: que la gente se vaya sin incidentes, sin quejas graves, sin sensación de caos.

El momento crítico llega al final de los conciertos nocturnos en el Padang. Miles de personas se dirigen al mismo tiempo hacia las estaciones de MRT para tomar los últimos trenes. El trazado del circuito altera las rutas habituales, y no todos los aficionados aceptan con buen ánimo que el camino de salida no coincida con el de entrada.

El equipo de operaciones se despliega sobre el terreno, abriendo y cerrando accesos según el plan, guiando flujos, evitando embudos peligrosos. La consigna es clara: presencia de ujieres, instrucciones claras, cero situaciones de pánico. Que nadie se sienta perdido, ni mucho menos aplastado.

Mantener a Singapur en la primera línea

En los primeros años, recuerda Sasha Rafi, la Fórmula 1 sonaba a deporte elitista para buena parte de la población local. Para romper esa imagen, Singapore GP diversificó el producto: desde aficionados puros al motor hasta corporativos en busca de networking, pasando por residentes que acuden sobre todo por la oferta musical y de ocio.

Marina Bay fue pionera en integrar grandes conciertos y entretenimiento de primer nivel en el fin de semana de carreras. Esa mezcla se ha convertido en seña de identidad. Y obliga a reinventarse.

La ciudad también cambia. El trazado se modificó en 2023 para rodear la antigua Floating Platform, después de que una de las mayores gradas de la Fórmula 1 desapareciera para dar paso al desarrollo de NS Square. Cada obra en la bahía obliga a recalcular accesos, visibilidad, aforos.

Para Lai, el gran desafío del ticketing nace precisamente de la naturaleza efímera del circuito. No es un estadio fijo, como el National Stadium, con butacas permanentes y planos invariables. Aquí, las gradas aparecen y desaparecen cada año. Y con ellas, problemas nuevos.

La desaparición de la Bay Grandstand sigue pesando en la capacidad total. El equipo no ha logrado aún recuperar todo ese número de asientos y se ve obligado a exprimir cada esquina del trazado. Este año, la grada de la curva 2, justo a la salida de la recta de meta, se fusionará en una sola estructura mayor, con plataformas adicionales de visión a su alrededor para ganar ángulos y plazas.

Un circuito que descoloca hasta a los locales

Convertir el corazón de la ciudad en un parque cerrado durante varios días tiene un efecto curioso: las calles familiares se vuelven laberintos. Lo nota el público extranjero, que de por sí llega sin referencias. Y lo nota también el residente, acostumbrado a otro mapa.

“Cuando cerramos el trazado, incluso para nosotros el recorrido deja de ser tan evidente”, admite Phua. Las vallas, los pasos elevados, los desvíos provisionales alteran la geografía mental de Marina Bay.

En 2022, la lluvia llevó esa complejidad al límite. El aguacero retrasó la salida de la carrera una hora. Bajo los focos, con el asfalto encharcado y la ciudad empapada, el trabajo de los equipos de operaciones, seguridad y logística se volvió aún más delicado: mantener el orden, ajustar tiempos, evitar que la espera se transformara en frustración o riesgo.

Singapur ha aprendido a vivir con esa doble vida: ciudad financiera de día, circuito de Fórmula 1 de noche. Lo que el mundo ve son tres jornadas de luces, velocidad y conciertos. Lo que sostiene todo eso es un año entero de planificación milimétrica, decisiones a contrarreloj y una pregunta que se repite en cada edición: cómo hacer que, la próxima vez que se apaguen las luces del Padang, el espectáculo sea todavía mejor.