Sourav Ganguly: El capitán que transformó a India en el cricket
NUEVA DELHI — Deep Dasgupta no habla de táctica ni de técnica. Habla de carácter. De un vestuario que dejó de agachar la cabeza y empezó a responder. Y en el centro de ese cambio, un nombre: Sourav Ganguly.
El ex wicketkeeper-batter de India, que jugó ocho Tests y cinco ODIs con la selección, recordó cómo el liderazgo de Ganguly alteró la mentalidad del equipo a comienzos de los 2000, sobre todo en un terreno donde India solía ser silenciosa: la respuesta al sledging.
De absorber en silencio a devolver el golpe
Antes de Ganguly, la consigna era tragar y transformar la bronca en rendimiento. El rival hablaba, provocaba, y el jugador indio apretaba los dientes, guardaba todo por dentro y lo convertía en motivación. Un fuego interno, sí, pero invisible.
Con Ganguly al mando, esa dinámica cambió de tono.
“Bajo Ganguly, si alguien nos hacía sledging, empezamos a devolverlo”, contó Dasgupta en The Great Indian Cricket Show de Doordarshan. Ya no se trataba solo de canalizar la provocación. Se trataba de responder. De mostrarse.
El apodo de Ganguly lo dice todo: Maharaj. Rey. “Siempre tuvo esa idea de ‘yo soy el rey’. Y eso empezó a reflejarse en el equipo también”, explicó Dasgupta. Esa actitud, esa forma de caminar al campo, de plantarse frente al rival, se contagió.
India siguió usando el sledging contrario como combustible, pero dejó de esconder su carácter. “Seguíamos haciendo eso, pero empezamos a expresarlo también”, añadió el ex jugador. La rabia ya no era solo una llama interna; se veía, se escuchaba, se sentía.
Australia, el termómetro del cambio
Dasgupta sitúa el punto de inflexión lejos de casa: Australia. Comparar su primera gira con la histórica visita de 2003-04 le sirve como medida exacta del giro cultural.
En sus primeros pasos por Australia, la respuesta india a la hostilidad local seguía siendo contenida. Controlada. “Antes, era controlado e interno”, recordó. El equipo absorbía, resistía, pero rara vez contestaba.
Para 2003, el paisaje era distinto. Esa India ya no se conformaba con aguantar. “Cuando llegamos a 2003, si alguien decía algo, se lo devolvíamos”, resumió Dasgupta. El mensaje era claro: el equipo no solo había madurado en resultados, también en personalidad.
No era una cuestión de volverse maleducados, sino de dejar de ser sumisos. De asumir que podían competir en igualdad de condiciones, también en el terreno psicológico.
El legado del ‘Maharaj’
Los números de Sourav Ganguly como capitán ayudan a entender por qué su figura se convirtió en símbolo de una era.
Dirigió a India en 196 partidos internacionales: 97 victorias, 79 derrotas y 15 empates. En Tests, estuvo al frente en 49 encuentros, con 21 triunfos, 13 derrotas y 15 igualadas. Detrás de esas cifras hay algunos de los capítulos más poderosos del cricket indio moderno.
Bajo su mando llegó la inolvidable conquista de la Border-Gavaskar Trophy en 2001, la victoria en Leeds en 2002 y el triunfo en Adelaide en 2003. India alcanzó la final de la Copa del Mundo 2003 y firmó una de sus imágenes más icónicas con la remontada y el título de la NatWest Trophy en Inglaterra. También compartió la Champions Trophy 2002 con Sri Lanka tras la final suspendida por la lluvia.
Cada uno de esos hitos construyó algo más que un palmarés. Forjaron una identidad. Un equipo que ya no viajaba al extranjero para “aprender”, sino para mandar un mensaje.
La estadística se puede leer en una línea. El cambio de mentalidad, no. Ese se ve en detalles: en cómo un grupo que antes callaba ante el sledging empezó a contestar. En cómo un capitán con mentalidad de rey logró que todo un vestuario se sintiera a su altura.
La pregunta, dos décadas después, es inevitable: ¿cuántas de las valentías actuales del cricket indio nacieron el día que ese “yo soy el rey” dejó de ser solo de Ganguly y pasó a ser de todo un equipo?






