Alexander Zverev: De niño prodigio a campeón de Grand Slam
Las compuertas de los Grand Slams se han abierto de golpe para Alexander Zverev. El alemán, durante años atrapado entre expectativas desmesuradas, lesiones crueles y polémicas extradeportivas, se ha instalado por fin en la élite con un título del US Open que llega apenas cuatro meses después de conquistar Roland Garros. Dos grandes en menos de un verano, tras más de una década persiguiendo un lugar que parecía siempre a un paso de distancia.
A sus 29 años, el jugador de 1,98 m ha encontrado ese “final feliz” del que tanto hablaba después de levantar la Copa de los Mosqueteros en junio. En Nueva York, dio otra vuelta de tuerca a su resurrección: tercera final de Grand Slam consecutiva, esta vez con triunfo ante la nueva gran esperanza estadounidense, Ben Shelton, y la sensación de que el techo que lo frenaba durante años se ha resquebrajado al fin.
De niño prodigio a veterano curtido
Zverev creció señalado. Hijo de una familia de tenis, con padre y madre formados al máximo nivel en la antigua Unión Soviética, su destino parecía escrito desde muy temprano. Tenía altura, tenía talento, tenía entorno. Tenía, sobre todo, el peso de que todo el mundo diera por hecho que llegaría.
“Para mí, mi familia lo es todo y les debo mucho por ayudarme a convertirme en el tenista que soy hoy”, ha repetido más de una vez. Esa estructura familiar lo sostuvo cuando la trayectoria, lejos de ser una línea recta hacia la gloria, se convirtió en una montaña rusa.
Convive con la diabetes, un desafío silencioso en un circuito que no perdona debilidades. En 2022, cuando parecía listo para consolidarse en lo más alto, se rompió los ligamentos del tobillo en las semifinales de Roland Garros ante Rafael Nadal. Una lesión que amenazó su carrera y que lo obligó a pasar por el quirófano.
Regresó en enero de 2023. No fue un regreso triunfal inmediato, pero sí el inicio de una reconstrucción paciente. Ese mismo año levantó su vigésimo título en Hamburgo. En 2024, el paso adelante fue incontestable: final en Roland Garros, ascenso al número dos del mundo y una versión mentalmente mucho más sólida que la que tantas veces se había desmoronado en los momentos decisivos.
Sombra fuera de la pista
El ascenso deportivo ha convivido con una tormenta fuera de la pista. Zverev ha jugado en los últimos años bajo la sombra de acusaciones de violencia doméstica realizadas por dos antiguas parejas, Olga Sharypova y Brenda Patea, que él ha negado con firmeza.
El circuito ATP investigó una de las denuncias y concluyó que no había pruebas suficientes para imponer una sanción. El caso con Patea, madre de su hija, derivó en 2023 en una orden penal y una multa de un tribunal alemán. Zverev recurrió y el proceso terminó en un acuerdo entre las partes en junio de 2024, apenas unas horas antes de que saltara a la pista para disputar las semifinales de Roland Garros.
Nada de eso desaparece cuando entra en la pista. Pero tampoco ha impedido que, con el paso de los meses, su tenis haya ganado una claridad que durante años parecía bloqueada por todo lo que sucedía alrededor.
El trauma del US Open y la evolución del saque
El primer gran golpe en un Grand Slam llegó en 2020, precisamente en el US Open. Zverev se encontró dos sets arriba ante Dominic Thiem y con la copa al alcance de la mano. Acabó perdiendo en cinco mangas, deshecho por un saque que se le caía en los momentos clave.
“Aquella fue exactamente la época en la que tenía problemas reales con mi servicio y con mi segundo servicio”, ha reconocido al recordar aquella final. “Sabía que mi saque podía romperse en cualquier momento. Esa es una diferencia que sí noto ahora, por suerte para mí”.
Ese cambio se ha visto en esta nueva etapa. El jugador que temía cada segundo servicio se ha transformado en uno que apoya su juego en la fiabilidad desde la línea de fondo y en un saque que ya no se desmorona cuando la presión sube.
Caídas, oro olímpico y dudas constantes
La trayectoria de Zverev se ha movido siempre entre extremos. “En la vida de un deportista profesional tendrás los momentos más altos y los más bajos”, ha explicado. “Quedarte atrapado en los bajos es el mayor error que puedes cometer. No debes intentar evaluarlo todo cuando las cosas van mal, tienes que encontrar maneras de mejorar cuando estás arriba”.
El discurso no es una pose. Después del drama de 2020 y de la lesión en París, llegó el oro olímpico en Tokio 2021, un punto de inflexión. Allí sorprendió a Novak Djokovic y remató el torneo ante Karen Khachanov. Parecía el preludio de una avalancha de grandes títulos que, sin embargo, se hizo esperar.
En 2025, ya con más experiencia y cicatrices, volvió a toparse con un muro en una final de Grand Slam: derrota en tres sets ante Jannik Sinner en el Abierto de Australia. Otro golpe, otro recordatorio de que, mientras él buscaba su primer grande, una nueva generación, liderada por el propio Sinner y Carlos Alcaraz, se repartía los trofeos.
Entre ambos encadenaron nueve majors consecutivos. Cada nuevo título de Sinner o Alcaraz reavivaba la misma pregunta: ¿rompería alguna vez Zverev su maldición en los grandes escenarios?
La fe que no se movió
La respuesta llegó en París y se consolidó en Nueva York. Zverev sostiene que nunca dejó de creer. “Yo creía en ello. Creía que era posible”, dijo ante la prensa en Nueva York, antes de soltar una carcajada: “Creo que muchos de ustedes no”.
Ese contraste entre la fe interna y la desconfianza externa ha marcado su carrera. De joven prodigio a veterano que por fin cumple las expectativas, Zverev se ha ganado a pulso este tramo de su historia.
Ahora ya no es el talento por pulir que idolatraba a Roger Federer desde la distancia. Es un campeón múltiple de Grand Slam, número dos del mundo, dueño de un oro olímpico y protagonista de una de las reconstrucciones más complejas del circuito reciente.
La pregunta ya no es si Alexander Zverev será capaz de ganar un grande. La verdadera incógnita es cuántos más puede añadir a su nombre mientras la ventana de su mejor tenis permanece abierta.






