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Ben Shelton enfrenta a Alexander Zverev en la final del US Open

La noche en Arthur Ashe arrancó en silencio, con las luces bajas y la memoria en alto. A 25 años de los atentados del 11 de septiembre, el estadio se detuvo para recordar. Minutos después, el mismo escenario temblaba con cada latigazo de servicio de Ben Shelton y cada rugido de Frances Tiafoe. De la emoción contenida al estruendo absoluto.

En medio de esa carga simbólica, Shelton firmó el partido de su vida: remontó un set en contra para derrotar a Tiafoe por 4-6, 6-3, 6-3, 7-5 y meterse en su primera final de Grand Slam. Un triunfo que no solo le abre la puerta a su propio despegue, también lo coloca a un paso de romper una sequía que pesa como plomo: ningún tenista estadounidense ha ganado un grande masculino desde Andy Roddick en este mismo escenario en 2003. Veintitrés años de espera.

Un duelo entre “hermanos” y un contexto pesado

Shelton no escondió lo que significaba el duelo nada más terminar. Señaló a Tiafoe como “un hermano mayor”, alguien con quien ha compartido camino y aspiraciones. Era el tipo de partido que ambos se imaginaban jugando: un cara a cara por la gloria en la recta final del US Open, en casa, con todo el país mirando.

La carga emocional no venía solo del tenis. “Es un día difícil para estar aquí jugando. Mis pensamientos y oraciones van para todas las familias afectadas por el 11 de septiembre”, dijo el zurdo de 23 años sobre la pista. Y luego, cambió el tono, casi a modo de grito de guerra: sabe cuál es su misión, su “trabajo”, y dejó claro que va a por todo. “Vamos a hacer esto por Estados Unidos”, lanzó al público.

El golpe inicial de Tiafoe

El arranque fue de Tiafoe. Más suelto, más preciso, el jugador de Maryland golpeó primero. Con 5-4 a favor en el primer set, forzó la duda en el servicio de Shelton y la aprovechó: doble falta en el momento más inoportuno, break y el 6-4 que encendió las gradas. Tiafoe celebró ese primer parcial como un mensaje: no iba a ceder terreno fácilmente.

Su plan era claro: castigar el revés de Shelton, empujarlo hacia atrás, sacarlo de su zona de confort. Durante varios juegos, funcionó. El ritmo del partido parecía ir a su favor, con Shelton incómodo, sin encontrar el punto de ebullición de su servicio.

Cuando el saque se convierte en un arma descomunal

Todo cambió en el segundo set, con el marcador 3-3 y bolas nuevas en la mano de Shelton. Ahí empezó el vendaval. Primer saque: 125 mph. Tiafoe apenas tuvo tiempo de reaccionar; más que restar, se protegió, terminó en el suelo, desbordado por la violencia del impacto. Los siguientes servicios, aún más brutales: 144, 139, 140 mph. Una declaración de intenciones.

A partir de ese juego, Shelton encontró su versión más intimidante. Subió el volumen del partido, ganó confianza con cada punto ganado al saque y empezó a imponer su ritmo. Cerró el segundo set, empató el duelo y cambió por completo la sensación en la pista: ya no era Tiafoe quien dictaba, sino el zurdo de Atlanta.

En el tercer set, el golpe clave llegó en el quinto juego. Shelton rompió el servicio de su compatriota y no miró atrás. Con la ventaja en la mano y el público empujando, consolidó la rotura y se adueñó del marcador. De repente, el jugador que había empezado en desventaja se veía “al mando” del partido.

Un muro en el fondo y un cañón de zurda

El cuarto set fue una batalla a máxima intensidad. Tiafoe se negó a rendirse, subió al ataque, buscó ángulos, trató de cambiar alturas y velocidades. Se encontró con un muro. La defensa de Shelton, especialmente en los intercambios largos, se volvió prácticamente impenetrable. Cada bola de Tiafoe regresaba con interés.

Mientras tanto, el servicio del octavo cabeza de serie seguía siendo un martillo. Aces, primeros saques profundos, segundos agresivos. Con el encuentro ya en ebullición, Shelton apretó en los juegos finales, aumentó la presión y terminó por quebrar la resistencia de Tiafoe para cerrar un triunfo tan emotivo como contundente.

Las cifras lo retratan: 47 golpes ganadores, 20 de ellos aces. Un vendaval que lo catapulta a la final del US Open y lo coloca a un solo partido de convertirse en el primer campeón estadounidense de Grand Slam en más de dos décadas.

Zverev, en modo campeón

Al otro lado de la red, el domingo le esperará Alexander Zverev. El campeón de Roland Garros necesitó tres sets muy trabajados para deshacerse de Karen Khachanov: 6-3, 7-6 (9-7), 7-6 (8-6). No cedió una sola manga, pero sufrió en los momentos clave, sobre todo en los desempates.

El alemán llega lanzado tras un inicio de torneo titubeante. Fue llevado a cinco sets en cada una de sus dos primeras rondas y terminó la segunda a las tres de la madrugada, jugando mal, según su propia confesión. En el vestuario, él y su equipo se reían de lo mal que estaba rindiendo. Ese desahogo, esa capacidad para quitarle hierro al drama, le ayudó a soltar la mano.

Desde entonces, cuatro victorias consecutivas sin perder un set. Tercera final de Grand Slam seguida. Segundo asalto por el título en Flushing Meadows, donde ya fue subcampeón en 2020 ante Dominic Thiem. El escenario ya no le intimida; lo conoce y sabe lo que duele irse de allí sin el trofeo.

De la oscuridad a la luz

Zverev ha vivido este US Open en un bucle nocturno: sesiones de noche, finales de partido pasada la medianoche, rutina de hotel, pista y penumbra. Aun así, ha sabido sacar partido del cuadro. La ausencia de Jannik Sinner, las derrotas de Carlos Alcaraz y Novak Djokovic y un camino relativamente amable le han abierto una autopista hacia el domingo, pero él mismo lo tiene claro: había empezado el torneo pensando que “no iba a hacer nada aquí”. Y sin embargo, ahí está, preparando otra final de domingo.

Ante Khachanov, le bastó un solo break para cerrar el primer set. Rompió de nuevo al inicio del segundo y parecía que la tarde iba a ser plácida. No lo fue. Una doble falta devolvió al ruso al partido y lo arrastró a un tie-break tenso, en el que llegó a ir 5-3 abajo. Lo salvó con un punto maratoniano de 35 golpes que terminó de romper la resistencia de su rival.

El tercer set siguió el mismo guion: igualdad, tie-break, drama. Khachanov dispuso de dos puntos de set con 6-4, pero se disparó en el pie con dos derechas falladas. Zverev respondió con un ace para colocarse con bola de partido y no perdonó. Cerró el duelo con la frialdad de quien ha aprendido, a base de golpes, a manejar finales ajustados.

Un Arthur Ashe encendido… y un Zverev que lo quiere así

El domingo, el Arthur Ashe será una caldera a favor de Shelton. Público estadounidense, final de Grand Slam, un joven de 23 años con carisma, potencia y discurso patriótico. Todo invita a pensar en un ambiente abrumador para cualquiera que no vista la bandera local.

Zverev, lejos de temerlo, lo desea. Ha dejado claro que prefiere un estadio lleno, ruidoso, vibrando, antes que una final vacía. Quiere una atmósfera eléctrica, siempre que sea justa. Y sabe que, si quiere su segundo grande del año, tendrá que imponerse no solo a un sacador zurdo en estado de gracia, sino también a una grada que sueña con volver a ver un campeón estadounidense.

Martina Navratilova lo ha resumido con claridad: el año de Zverev en los grandes ha sido sobresaliente. Ganó Roland Garros, aprovechó el cuadro, sí, pero sin “asteriscos”. Había que ganar igual. Para ella, el alemán incluso jugó mejor en Wimbledon que en París, y ahora, tras un inicio flojo en Nueva York, encadena cuatro partidos perfectos en el marcador. “Está cocinando”, apuntó la leyenda.

Shelton, mientras tanto, representa la irrupción, la energía nueva, la promesa que puede hacerse realidad antes de lo previsto. Un zurdo desatado, con un servicio que asusta y un país entero detrás.

La pregunta ya no es si está preparado para la ocasión. La verdadera incógnita es otra: ¿está preparado el tenis para un nuevo campeón estadounidense en casa, frente a un Zverev que llega oliendo a número uno en los grandes? El domingo, Arthur Ashe dará la respuesta.