Boxeo en el O2 Arena: Vianello, Ursu y Hysa brillan en combates intensos
En una noche en la que el peso pesado volvió a mandar en el O2 Arena, el título mundial del IBF no fue lo único que ardió. Mientras Moses Itauma y Filip Hrgovic se jugaban la gloria en el combate estelar, la cartelera previa dejó sangre, drama y avisos serios para el futuro.
Vianello y Jolly: guerra sin premio claro
El telón se abrió con dos gigantes con hambre de escapar del anonimato. Guido Vianello, exolímpico italiano, frente al invicto galés Moses Jolly, decidido a usar el gran escenario como trampolín.
Desde la primera campana quedó claro: nadie había venido a especular. Jolly, más grande y con más presencia física, castigó al cuerpo con insistencia. Vianello respondió con manos más llamativas arriba, buscando impresionar a jueces y público.
La tensión se hizo carne en el segundo asalto. Ambos ya sangraban, los intercambios eran sucios, llenos de agarres, choques y combinaciones que, mal conectadas, podían haber terminado la pelea en cualquier momento. Jolly encontró dos derechas sobre el arco que habrían tumbado a muchos. Vianello las encajó, el galés se permitió lanzar un beso al público y moverse al ritmo de la música en su esquina. Confianza absoluta.
El trabajo temprano abajo empezó a cobrar factura en el cuarto. Vianello jadeaba, buscaba aire, pero se mantenía vivo con contras inteligentes y trabajo corto por dentro. No brillaba, resistía. Y eso, en un combate tan igualado, era vital.
En el sexto asalto el guion cambió. El ritmo de Jolly cayó en picado, reducido casi a un jab solitario. Vianello aprovechó la bajada de intensidad, encontró huecos en la media distancia y se llevó los mejores golpes del tramo, mientras ambos se volvían más imprecisos y cansados.
La última ronda llegó con el combate en el aire. Ninguno tenía pólvora para un final espectacular, pero los dos lo intentaron. Cuando sonó la campana final, todo apuntaba a que el trabajo de Jolly en la primera mitad podía darle la ventaja. El árbitro vio otra cosa: 76-76, combate nulo.
El veredicto dejó mal sabor. Jolly había hecho lo suficiente para sentirse ganador, pero salió del O2 con una lección: en este nivel, dejar dudas suele costar caro.
Ursu retiene entre sangre y dudas
Después llegó el turno del campeón británico del peso wélter, Constantin Ursu, en la primera defensa de su cinturón ante un retador incómodo, Ben Vaughan, que venía de recomponerse tras una derrota a los puntos en su intento por el título inglés.
Los dos primeros asaltos tuvieron dueño claro: Vaughan. El aspirante salió a trabajar, a ensuciar el combate, a no dejar pensar a Ursu. Lo acorraló, lo maniató por dentro y le negó la distancia para ese uppercut de mano atrasada que el campeón buscaba tanto a la cabeza como al cuerpo.
Cuando Ursu logró alargar los golpes, su jab empezó a marcar diferencias. Afilado, directo, le abrió la nariz a Vaughan y, con una defensa correcta, amortiguó parte del castigo que le llegaba. Aun así, el campeón se dejaba tocar con manos innecesarias, errores que en noches más grandes pueden costar títulos.
Vaughan tenía un plan claro: arrancarle las piernas al campeón. Castigo al cuerpo, insistente, pesado. Y funcionaba. Ursu no se sentía cómodo, respondía a ráfagas, sin continuidad.
El punto de inflexión llegó en el quinto asalto. Ursu encontró el ritmo, empezó a conectar con más frecuencia y abrió un corte feo sobre el ojo izquierdo del inglés. La sangre le caía dentro del ojo a Vaughan, que de repente tuvo que pelear contra el rival y contra la visibilidad reducida. El campeón olió la debilidad y terminó el asalto golpeando casi a placer.
El sexto fue una escena de película de boxeo: sangre por todas partes. Ursu también apareció con un corte en el ojo derecho. Ninguno dio un paso atrás. Intercambio tras intercambio, pero con el moldavo colocando las manos más duras, las que hacían ruido y doblaban el cuello.
Ambos, empapados en la sangre del otro, se levantaron para el octavo. Vaughan, valiente, quiso seguir. El médico y el árbitro no lo permitieron. El corte del inglés ya era demasiado. Combate detenido. TKO en el octavo para Ursu.
El campeón se marchó con dos cinturones —británico y Commonwealth— y un aviso serio. Su valentía no se discute, pero su defensa “alegre” deja interrogantes. La noche fue suya, sí, aunque los próximos rivales ya tomaron nota.
Hysa fulmina al “Último Vikingo”
El peso pesado volvió al escenario con un duelo de invictos que prometía pólvora: el albanés Nelson Hysa, dueño del título WBO Global, frente a Thomas “The Last Viking” Narmo, que llegaba con 14 combates y 14 nocauts.
El inicio engañó. Dos gigantes tanteándose con jabs tímidos, más atentos a medir la distancia que a romper el equilibrio del otro. Aun así, algo se veía claro: Narmo salía de la distancia con la barbilla demasiado alta. Hysa lo notó. Sonrisa ladeada. Había descubierto la puerta de entrada.
El desenlace fue brutal y rápido. En el segundo asalto, en menos tiempo del que tardaron en caminar hacia el ring, Hysa soltó un derechazo por encima que atravesó la guardia y derribó al “Último Vikingo”. Narmo se levantó, pero no estaba. La mirada perdida, las piernas sin obedecer. El árbitro hizo lo correcto: combate terminado antes de que el castigo se volviera tragedia.
Hysa amplía su récord a 25 combates invicto y conserva su cinturón. Una victoria corta, contundente, de esas que empiezan a generar ruido más allá del circuito secundario.
Noakes impone oficio ante Berinchyk y se acerca de nuevo al mundo
En el combate de semifondo, el peso ligero ofreció un duelo con aroma a revancha personal. Denys Berinchyk, ex campeón del WBO, llegaba herido tras perder su título por nocaut ante Keyshawn Davis. Al otro lado, Sam Noakes, que regresaba al gran foco tras caer en una guerra contra Abdullah Mason.
El ucraniano arrancó fiel a su estilo más cerebral. Mucho movimiento, siempre sobre las piernas, entrando y saliendo, sin regalar intercambios. Su jab, preciso, marcaba el ritmo. No quería pelea de orgullo, quería ajedrez.
Noakes, en cambio, tiraba cada golpe con mala intención. Buscaba cazar, no puntuar. Pero durante los primeros asaltos le costó encontrar blanco limpio. El tamaño del ring jugaba a favor de Berinchyk, que flotaba por el perímetro y respondía con contras cuando el británico se acercaba demasiado.
En el cuarto asalto, Berinchyk cambió a zurdo y conectó un par de izquierdas que hicieron pensar a Noakes. El inglés, lejos de replegarse, dobló la apuesta: intentó arrastrarlo a la guerra, cerrando la distancia y castigando el cuerpo cada vez que lograba acorralarlo. Si quería frenar esas piernas “cargadas de muelles”, tenía que hacerlo abajo.
El quinto marcó un giro. Noakes empezó a “encoger” el ring. Con un jab más disciplinado, fue empujando a Berinchyk hacia las esquinas y las cuerdas, soltando combinaciones de dos y tres golpes a la cabeza y al torso. El ex medallista olímpico de plata seguía respondiendo, pero el inglés ya no se impresionaba con lo que venía de vuelta.
Asalto a asalto, el combate dejó de ser una persecución y se convirtió en una pelea en espacios cada vez más reducidos. La cara de Berinchyk se fue enrojeciendo, su gasto físico se acumulaba. La pelea se le escapaba, golpe a golpe.
Las manos rápidas del ucraniano seguían siendo un problema. Noakes tuvo que aceptar un intercambio de “tú me das uno, yo te doy otro”. La diferencia estuvo en el impacto: Berinchyk acusó el tamaño y la potencia del británico, sobre todo cuando este insistió con inteligencia al cuerpo.
Se llegó al último asalto con una sensación clara: ligera ventaja para Noakes, que había conectado más y mejor durante buena parte del combate. Berinchyk, consciente de que necesitaba algo grande, se quedó un poco más cerca, soltó uppercuts y ganchos de mano adelantada, tratando de cambiar la historia en tres minutos.
No bastó. Los tres jueces vieron ganador a Sam Noakes por decisión unánime. Sin fuegos artificiales, pero con solidez, el británico vuelve a colocarse en la cola de los aspirantes a un título mundial.
En una noche donde los focos apuntaban al nuevo campeón del IBF del peso pesado, la cartelera secundaria dejó mensajes claros: algunos proyectos están listos para dar el salto, otros todavía tienen que ajustar grietas. El O2, mientras tanto, sigue siendo el laboratorio donde se forjan —o se rompen— las próximas figuras del boxeo.






