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Crisis de Pakistán en el cricket: La burla de Iceland Cricket

En Edgbaston, en el cierre de una gira desastrosa, Pakistán necesitó algo más que wickets y carreras para salvar la cara. No lo consiguió. Lo que sí logró fue convertirse en el chiste viral de un país que ni siquiera figura en el mapa del cricket de élite: Iceland Cricket.

Su mensaje en X fue tan ácido como certero: “Creemos que no seremos inútiles en el cricket para siempre, y la pelea de Pakistán en el tercer Test nos dio exactamente esa esperanza. Apuntamos a la dominación mundial del cricket para el año 2082. Si podemos hacerlo antes, lo haremos, porque toda nuestra Junta estará muerta en 2082”. Detrás de la broma, una verdad incómoda: el colapso de Pakistán ya inspira a las naciones más pequeñas.

Un amago de resistencia, un 3-0 histórico

El último día en Edgbaston ofreció, por un rato, algo de drama. Razaullah Khan se negó a entregar el Test sin ruido: 81 agresivos, suficientes para evitar la derrota por entradas y obligar a Inglaterra a batear de nuevo. Un gesto de orgullo en medio del caos.

El objetivo para los locales era mínimo: 130 carreras. Sobre el papel, trámite. En el campo, por unos minutos, Pakistán recordó que todavía sabe morder.

Mohammad Abbas encendió el partido desde la primera bola. Fuera Ben Duckett. En ese mismo over cayó también Emilio Gay. Dos por dos. Inglaterra, de repente, bajo presión con apenas 130 por perseguir y diez wickets disponibles al inicio. Un rayo de esperanza para un equipo que llevaba semanas a oscuras.

La ilusión duró lo que tardaron Joe Root y Jordan Cox en asentarse. A partir de ahí, el guion cambió de manos.

Root, como tantas veces, fue el metrónomo. Cox, el socio perfecto. Se comieron la presión, dejaron pasar el ruido y empezaron a desarmar a un ataque paquistaní que, otra vez, se disparó en el pie.

Root recibió un regalo monumental: Mohammad Ali lo derribó por 23, pero el umpire señaló no-ball. Era la 17.ª no-ball de Ali en la serie. Un dato que resume la falta de disciplina de Pakistán mejor que cualquier discurso.

El capitán inglés también sobrevivió cuando, en 38, un edge ante Abbas viajó entre primera y segunda slip sin que nadie se adueñara de la pelota. Dos medias reacciones, cero compromiso. En esos segundos se evaporó la última ventana de oportunidad.

Desde ahí, Inglaterra no volvió a mirar atrás. Root cerró invicto en 62, su 110.ª entrada de cincuenta o más en Tests, con 41 de ellas convertidas en centena. Cox terminó con un sólido 59* y la persecución se completó en el over 25, con ocho wickets en mano. Limpio, contundente, 3-0 en la serie. Una barrida para la historia.

Root elogia la pelea… y marca la diferencia

Tras el triunfo, Root no se limitó a celebrar. Reconoció la dificultad del segundo innings ante Pakistán y lo convirtió en lección, no en queja. Admitió que el rival “lanzó algunos golpes” y les complicó la vida por momentos.

Ahí está la diferencia entre un equipo con plan y otro sumido en el desconcierto. Inglaterra sufre un rato, aprende y ajusta. Pakistán sufre todo el verano y apenas encuentra respuestas.

Gira caótica, vestuario en llamas

La derrota en Edgbaston fue la 16.ª en los últimos 21 Tests de Pakistán. Un número demoledor. Pero las cifras solo cuentan una parte de la historia.

La gira por Inglaterra fue un desorden permanente. Tras el segundo Test, siete jugadores fueron sacados del plantel. El seleccionador Sarfaraz Ahmed y su asistente Umar Gul fueron despedidos en pleno tour. El vestuario quedó atravesado por una investigación disciplinaria que incluyó confiscación de teléfonos. Un equipo tratando de competir mientras, por dentro, ardía.

En medio de todo eso, el capitán Babar Azam se enteró de cambios en su propia plantilla a través de un comunicado de prensa. Un síntoma brutal de descoordinación institucional.

En lo deportivo, Babar señaló el origen del desastre en Edgbaston: la primera entrada. Pakistán fue eliminado por 133 en el mejor wicket de la serie. “Tuvimos un par de buenos momentos. Creo que hemos lanzado bien, pero la primera entrada nos costó. Demasiadas salidas blandas”, reconoció. Una explicación sencilla, pero imposible de rebatir.

Cuando el punto álgido es un 81 en una derrota

El verano de Pakistán se ha convertido en una advertencia para cualquier selección que crea que el talento por sí solo basta. No se trata solo de un mal momento de forma. Es un fallo sistémico de planificación, comunicación y cultura.

La broma de Iceland Cricket funcionó porque pinchó en un lugar sensible. El hecho de que una nación minúscula pueda mirar la resistencia de un tailender paquistaní y verlo como modelo aspiracional dice mucho del lugar al que ha caído una potencia histórica.

Cuando lo más recordado de una gira es una entrada valiente de la parte baja del orden en un partido que igual se pierde por ocho wickets, el problema ya no es solo técnico. Es estructural. Y no se arregla cambiando un entrenador o rotando a tres jugadores.

Inglaterra dejó el marcador en 3-0, la prueba más ruidosa de que Pakistán hoy carece de un plan coherente a largo plazo. La pregunta ya no es cuántos Tests más puede perder este equipo, sino cuánto tiempo puede permitirse el país seguir sin una hoja de ruta clara mientras el resto del mundo, incluso Islandia, sueña con alcanzarlo.