Inglaterra barre a Pakistán con la firma de Root y Cox
Inglaterra necesitaba 130 carreras. Un objetivo modesto sobre el papel, pero traicionero en un cuarto día nervioso en Edgbaston, con una serie en juego y un ataque paquistaní oliendo sangre. Bastó una sola over para que el estadio contuviera la respiración.
Primera bola del día: Ben Duckett, fuera. Mohammad Abbas encuentra el borde, la pelota besa el guante del wicket-keeper y se hace el silencio. Cinco entregas después, aún en la misma over, Emilio Gay cae leg-before-wicket. De 0/0 a 2/2 en un suspiro. Pakistán, que se había agarrado al partido gracias al impulso del debutante Razaullah con el bate en la tercera tarde, veía de repente el milagro al alcance de la mano.
El guion pedía pánico. Inglaterra, no.
Joe Root caminó al crease con la serenidad de quien ha visto demasiadas tormentas como para asustarse por dos nubarrones tempranos. A su lado, Jordan Cox, con mucho menos bagaje pero con el tipo de ambición que no entiende de jerarquías. Entre ambos, 128 carreras por delante y un ataque que, por unos minutos, pareció desatado.
El respiro que lo cambió todo
Razaullah, héroe con el bate, arrancó con el balón de la peor forma posible: desajustado, caro, incapaz de aprovechar el temblor inglés. Ese inicio obligó a Pakistán a reaccionar rápido. Cambio de bola, cambio de plan, apuesta por Mohammad Ali. Y, por un instante, pareció la decisión perfecta.
Ali consiguió hacer lo que tantos han soñado: tumbar a Root. Timber. Inglaterra, en apariencia, 2/3 y al borde del colapso. Pero el gesto del árbitro congeló la celebración: no-ball. El pie había sobrepasado la línea. Root, resucitado por unos centímetros de goma, regresó a su marca. Pakistán, de golpe, tuvo que tragarse la euforia.
La respuesta del ex capitán fue brutal en su sencillez: siguiente bola, cuatro. Golpe limpio, mensaje claro. En la over posterior, Cox se sumó a la declaración de intenciones con otro límite que lo soltó definitivamente. La caza del total ya no era una huida, sino una persecución controlada.
Ocasiones perdidas, castigo inmediato
Pakistán todavía tuvo otra ventana. Abbas, siempre incisivo, arrancó un edge de la bate de Root. La pelota viajó entre primer y segundo slip, flotando en esa zona gris que separa la duda del instinto. Ninguno de los dos se lanzó. Otra vida para Root. Otra puñalada para el vestuario visitante.
Desde ahí, el partido cambió de tono. El marcador no apretaba lo suficiente como para que Inglaterra tuviera que arriesgar. Root y Cox leyeron el contexto a la perfección: defendieron cuando tocaba, castigaron cada bola suelta y, sobre todo, desactivaron la ilusión paquistaní a base de acumulación paciente.
La presión, poco a poco, se mudó de bando. Cada over sin wicket era un recordatorio de la oportunidad desperdiciada. Cada golpe de Root al vacío del off-side o cada drive firme de Cox acercaba el final.
Root alcanzó su medio siglo con otro golpe al límite, una firma a la altura del contexto: con esa cincuentena, batió el récord de más medios siglos en el formato. No fue un estallido de fuegos artificiales, sino el tipo de registro silencioso que define carreras legendarias. Al otro lado, Cox aprovechó su escaparate con madurez, sumando también su propia cincuentena, sin estridencias, pero con una solidez que hablará bien de él en los próximos meses.
El cierre llegó justo al filo del almuerzo. Un último golpe, un último intercambio de manos, y la victoria por ocho wickets quedó sellada. Inglaterra completó el 3-0 en la serie, una barrida que, por momentos en esta mañana turbulenta, pareció estar en peligro real.
Pakistán se marchará de Edgbaston con la sensación amarga de haber dejado escapar algo más que un partido: un no-ball, un slip inmóvil, una serie que pudo cambiar de tono en un par de detalles. Inglaterra, en cambio, sale reforzada, guiada otra vez por la calma imperturbable de Root y la irrupción de un Cox que ha demostrado que este escenario no le queda grande.
La pregunta, ahora, no es cómo sobrevivió Inglaterra a ese 2/2. Es cuánto más puede crecer este equipo cuando, incluso en sus titubeos, encuentra siempre a alguien que agarre el timón.






