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Razaullah Khan enciende Edgbaston y resucita a Pakistán

La tercera jornada en Edgbaston estaba escrita de antemano: otro trámite, otro derrumbe de Pakistán, otra victoria aplastante de Inglaterra para cerrar un 3-0 sin despeinarse. Ese era el guion. Razaullah Khan lo hizo trizas a base de seisazos.

Pakistán, que había sido barrido en Leeds y en Lord’s, que no había alcanzado ni una vez los 200 runs ni logrado batir 50 overs en toda la serie, se levantó de la lona con una entrada de 449 runs que cambió por completo el tono del Test. De estar condenado al ridículo, el equipo visitante se marchó del campo con una ventaja de 129 y la promesa de un cuarto día que nadie veía venir.

Inglaterra necesitará 130 runs el domingo para completar su primer 3-0 en una serie de tres Tests desde 2024, también en este mismo escenario ante West Indies. Parecía un trámite. Ya no lo es tanto.

De la crisis al contraataque

El contexto no podía ser más sombrío para Pakistán. Tras ser arrollado en los dos primeros Tests, la junta directiva apretó el botón del pánico: siete jugadores enviados de vuelta a casa, el seleccionador destituido y tres debutantes lanzados al fuego en Birmingham. El primer innings, un 133 pobre y desordenado, confirmó los peores temores.

Inglaterra respondió con 453 runs el jueves. Una ventaja de 320. En ese momento, casi nadie imaginaba que los locales tendrían que volver a batear.

Pero algo cambió. Desde el 0-2 con el que Pakistán abrió su segunda entrada el jueves por la tarde, la resistencia empezó a tomar forma. El viernes, bajo cielos grises pero sobre un pitch cada vez más dócil para el bateo y con poca ayuda lateral para los rápidos ingleses, los visitantes se sacudieron el miedo.

Shan Masood y Azan Awais marcaron el tono. Los dos zurdos se asociaron para un stand de 125 runs que estabilizó el innings y, por primera vez en la serie, hizo que Inglaterra tuviera que pensar. Pakistán llegó al almuerzo en 184-3. No era solo supervivencia; era un desafío.

Awais se fue con 59 de 84 bolas, tras una revisión que detectó un ligero desvío hacia detrás. Diez fours, golpes limpios, una presencia serena. Masood, ágil de pies y agresivo en intención, sobrevivió a una caída en point antes de su medio siglo, pero se quedó a cinco de un merecido century: 95, cazado en slips por una atrapada a ras de suelo de Dan Lawrence que dio a Gus Atkinson su primer wicket del partido.

Entre ambos, y con el capitán Babar Azam como eje, Pakistán empezó a borrar la montaña de 320 runs.

Babar lidera, pero no alcanza

Babar, sin un century en sus últimos 20 Tests, parecía decidido a romper la racha. Fluido, autoritario, manejó el ritmo y los ángulos, castigó los errores y mantuvo vivo el sueño de una remontada improbable. Inglaterra recurrió al plan corto: bouncers, presión al cuerpo, campo preparado para el error.

Lo atraparon en 69, pero la jugada se anuló: el sustituto Theo Wylie tocó la cuerda. Segunda vida para Babar. No la desaprovechó del todo, pero tampoco la convirtió en la gran entrada que pedía el partido. Cayó en 76, justo antes del té, tras una acción acrobática del wicketkeeper Jordan Cox a bola de Josh Tongue. Otra oportunidad de oro que se escapaba.

Saud Shakeel, mientras tanto, superó la barrera de los 2.000 runs en Tests, a base de colocar bolas justo fuera del alcance de los fielders y de exprimir cada error de línea. Pero su resistencia terminó en 29, sorprendido por un bouncer de Jofra Archer que lo dejó defendiendo su cabeza más que su wicket. Con su salida, el marcador marcaba 306-6 y el último bateador reconocido de Pakistán abandonaba la escena.

En ese momento, con la ventaja de Inglaterra aún cómoda y los locales oliendo el remate, todo apuntaba a un cierre rápido. Atkinson, que apenas sumaba un wicket en toda la serie, eliminó a los debutantes Ghazi Ghori en 312 y Mohammad Imran en 318. Pakistán se quedaba a solo dos runs de forzar a Inglaterra a batear de nuevo, pero con la cola expuesta y el partido inclinándose de nuevo hacia los de casa.

Entonces apareció el número 9.

El show de Razaullah

Razaullah Khan, 21 años, recién estrenado el pasaporte y el cap de Test, entró sin currículum internacional pero con un dato que ahora parece una advertencia: ya tenía un century en first-class. Lo que siguió fue una de esas irrupciones que cambian carreras y reescriben partidos.

No se escondió. No especuló. No esperó.

Su primer six le dio a Pakistán la ventaja en el marcador. A partir de ahí, el tono quedó claro. Tres seisazos en un solo over a Gus Atkinson encendieron las gradas y descolocaron a Inglaterra. Contra Archer, el duelo se volvió eléctrico: el quinto six, a base de pura fuerza y timing, lo llevó a un fifty en apenas 43 bolas. El siguiente envío largo que mandó más allá de la cuerda selló los 400 de Pakistán.

La estadística es brutal: nueve sixes en su 81 de 63 bolas, empatando el récord de más sixes en una entrada en Inglaterra, compartido con Ben Stokes en los Ashes de 2023 en Lord’s. Nueve golpes que pasaron de la resistencia a la agresión, de la supervivencia a la humillación simbólica de un ataque que había dominado la serie.

Mientras Razaullah desataba la tormenta, Mohammad Abbas se convirtió en el socio perfecto. El número 10 firmó la mejor marca de su carrera en Tests: 42 runs, con dos sixes y cinco fours. Entre ambos construyeron un stand de 121 runs en apenas 123 bolas para el noveno wicket, el más alto contra Inglaterra desde 1984. Un dato que mide el impacto, pero no alcanza a describir la sensación de incredulidad en el campo.

Abbas se marchó con una ovación cerrada. Razaullah recibió la misma despedida poco después, stumped en 81, a un suspiro del final de la jornada. Edgbaston, que esperaba ver una procesión, terminó rindiéndose a un debutante que jugó como si llevara años en este escenario.

El propio Razaullah lo resumió con una frialdad que contrasta con la violencia de sus golpes, en declaraciones traducidas a la televisión: solo quería batear largo, vio la bola en su zona, la atacó sin miedo. Ni rastro de nervios. Solo convicción.

Inglaterra, por fin bajo presión

Por primera vez en la serie, Inglaterra tuvo que remar. El pitch, más plano, no ayudó a los rápidos. La disciplina de la línea y la longitud se diluyó. El plan de Joe Root quedó bajo la lupa. La sensación de control absoluto que había marcado Leeds y Lord’s desapareció entre errores, campos desajustados y una cola paquistaní que jugó sin complejo alguno.

Pakistán anotó 397 runs en 84 overs durante la jornada, con sus dos primeras asociaciones de más de 100 runs en toda la gira. Pasó los 200 tras el almuerzo, los 300 después del té y borró los 320 de desventaja unos 40 minutos más tarde. Cada barrera superada añadía tensión a un equipo inglés que hasta ahora solo había conocido la comodidad.

Lo que parecía una exhibición más del ataque local se convirtió en un recordatorio contundente: incluso un equipo tambaleante, remendado a última hora y golpeado por las críticas, puede encontrar una respuesta si alguien se atreve a cambiar el tono.

“Han descubierto una joya”, dijo Michael Vaughan en la BBC sobre Razaullah. La frase encaja con la sensación general: de repente, un debutante que hace una semana ni siquiera tenía pasaporte se ha colocado en el centro del proyecto paquistaní.

Inglaterra sigue siendo favorita. 130 runs en un campo cada vez más amable, con una alineación de bateo profunda, deberían bastar. Pero después de lo que se vio en Edgbaston, nadie se atreve ya a hablar de trámite. La serie, que parecía cerrada, ha recuperado algo mucho más valioso que un simple resultado: incertidumbre. Y con un bateador como Razaullah en escena, ¿quién se atreve a apostar contra otro giro inesperado?