Roger Federer y su emotivo ingreso al Hall of Fame
NEWPORT, R.I. — El sol caía sobre la hierba del histórico horseshoe court y, por una vez, Roger Federer no pudo controlar el tempo. No el del partido, sino el de sus propias emociones. El hombre que convirtió la elegancia en rutina en el circuito rompió a llorar una y otra vez durante su discurso de ingreso al International Tennis Hall of Fame.
Traje beige impecable, paso sereno hacia el escenario, beso y abrazo a Mirka, su esposa, que acababa de presentarlo. Y de inmediato, la primera bola difícil de la noche.
«Oh man», soltó, consciente del peso del momento. «Este nivel es muy alto y es difícil seguir esto». Acababa de escuchar a la mujer que lo acompañó en cada giro de su carrera, y el reto ya no era un tiebreak en Wimbledon, sino articular una frase sin que la voz se quebrara.
Bromeó con ella —«no sé si has estado practicando en secreto»—, pero la sonrisa apenas le alcanzó para disimular lo que venía. El primer hombre en conquistar 20 títulos de Grand Slam en individuales estaba a punto de vivir uno de los partidos más humanos de su vida, sin raqueta, sin red, solo con recuerdos.
El Maestro suizo, vulnerable
La ceremonia arrancó con alfombra roja sobre la pista central, 90 minutos antes del inicio oficial. Presentado como el “Swiss Maestro”, Federer admitió ante el público que estaba «un poco estresado, para ser honesto». No lo parecía. Hasta que empezó a hablar.
Durante casi 30 minutos, el jugador que dominó el circuito con un revés a una mano de seda y un instinto feroz para subir a la red, el mismo que encadenó 237 semanas consecutivas como número 1 del mundo en el ranking ATP, se vio superado por las emociones.
El punto de quiebre llegó hacia la mitad del discurso, cuando mencionó a su ídolo de infancia, Stefan Edberg. Al recordar al sueco, la voz se le cortó. «Son lágrimas felices», aclaró. No hacía falta: el público ya lo había entendido.
El patrón se repitió cuando habló de su entrenador de siempre, Severin Lüthi. Y se intensificó cuando llegó el turno de Mirka.
«Ahora viene la parte de Mirka», anunció, se detuvo… y se derrumbó. «Dios mío, esto es un desastre». Intentó refugiarse en el humor, como tantas veces hizo en rueda de prensa tras una derrota dura. Esta vez no hubo escapatoria: las lágrimas ganaron el punto.
«Necesito pañuelos y gafas de sol, todo para protegerme ahora mismo», confesó, luchando contra otra oleada de emoción.
Un cierre a la altura de su carrera
Como en sus mejores años, cuando remontaba sets adversos en la Arthur Ashe o en la Rod Laver Arena, Federer encontró la manera de cerrar el partido. Recuperó el hilo, agradeció a todos, incluso a quienes suelen quedar fuera de los focos: los ball boys. Y lanzó un mensaje a las nuevas generaciones, invitándolas a seguir llevando el tenis a nuevos niveles.
El palmarés que lo llevó hasta Newport impresiona incluso leído en frío: ocho títulos de Wimbledon, seis Australian Open, cinco coronas consecutivas en el US Open entre 2004 y 2008, un Roland Garros en 2009 para completar el career Grand Slam. Solo ocho hombres en la historia pueden decir lo mismo. Él, que cumplió 45 años hace apenas tres semanas, lo recordó sin alardes, casi con asombro propio.
«Estoy encantado de haber hecho este viaje hasta aquí», dijo. «Es increíble verte a ti mismo en un lugar como este. Sumergirte en la historia de este deporte significa mucho para mí». No sonaba a frase de protocolo. Sonaba a alguien que, después de ganar casi todo, se siente pequeño ante el peso de la historia.
Mary Carillo, la otra voz que entra en la historia
Federer no estuvo solo en la ceremonia. Mary Carillo, exjugadora y una de las voces más reconocibles del tenis mundial, también fue incorporada al Hall of Fame como contribuyente. Su presentadora fue otra leyenda: Billie Jean King.
«Se ha ganado su lugar en el periodismo deportivo y se ha ganado su lugar en Newport», subrayó King, una frase tan directa como el estilo de Carillo en las cabinas de retransmisión.
Carillo, de 69 años, se mostró visiblemente conmovida al hablar frente a un grupo selecto de miembros del Hall of Fame. «Caminar por estas puertas aquí, en compañía de ustedes, estaba más allá de mis sueños», reconoció.
La escena lo resumía todo: en la misma tarde, el tenista que redefinió la perfección estética en la pista y la periodista que ayudó a narrar esa y otras eras del deporte quedaban unidos para siempre en Newport.
En un atardecer cargado de historia, Federer dejó claro que incluso los más grandes sienten vértigo cuando miran hacia atrás y ven el camino completo. El resto del tenis, desde las jóvenes promesas hasta los veteranos que aún resisten en el circuito, tendrá que decidir ahora qué hacer con el listón que él dejó tan alto.






