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Rybakina logra el número uno mundial tras vencer a Zheng en el US Open

Elena Rybakina dejó de hablarle al marcador y empezó a hablarle a la historia. Perdía un set, estaba incómoda con las sombras de la mañana en el Arthur Ashe Stadium y con el juego agresivo de Zheng Qinwen. Dos horas y 14 minutos después, celebraba una victoria por 3-6, 6-1, 6-4 que la impulsa por primera vez al número uno del ranking mundial y la instala en las semifinales del US Open.

No es solo un cambio de cifra en la clasificación. Es un hito: la kazaja de 27 años se convierte en la primera jugadora de su país en alcanzar la cima y en la trigésima mujer que manda en la WTA.

De la frustración a la autoridad

El inicio fue una trampa. Rybakina, acostumbrada a la sesión nocturna en Nueva York, entró fría en un partido que le exigía precisión desde el primer peloteo. Ella misma lo reconoció: empezó “demasiado negativa”. Zheng, campeona olímpica y salida de la fase previa tras una larga ausencia por lesión, olió la duda y se lanzó a por el primer set.

Con 4-3, la china dio el primer golpe: aprovechó las primeras bolas de ‘break’ del partido y se colocó 5-3 cuando Rybakina mandó un derechazo a la red. El juego siguiente fue un maratón. Catorce minutos de tensión, cinco bolas de rotura salvadas por Zheng con un saque directo, un revés paralelo demoledor y servicios profundos que forzaron errores de resto de la kazaja. A la cuarta bola de set, otro resto largo de derecha de Rybakina entregó el 6-3.

Ahí estaba el dato que pesaba como una losa: 0-6 en sus anteriores partidos en el US Open cuando perdía el primer set. Y con la sombra del Arthur Ashe molestándole la vista y la cabeza, el escenario invitaba al derrumbe.

No ocurrió.

El cambio de marcha

La segunda manga arrancó con un gesto de autoridad: dos saques directos consecutivos y un juego en blanco. Rybakina encontró el ritmo con el primer servicio y, con él, la confianza. En el siguiente juego rompió a Zheng con un derechazo ganador y se situó 2-0. Dejó de esperar el error ajeno y empezó a mandar en los intercambios.

Cuando la china dispuso de una bola de rotura para meterse de nuevo en el set, Rybakina la borró con otra derecha ganadora y consolidó para el 4-1. El patrón ya era otro: puntos más cortos, más agresividad, menos concesiones. Una nueva rotura, otra vez rematada con la derecha, la lanzó hasta el 5-1. Cerró el set sin titubeos y forzó el tercero con un 6-1 que explicaba por sí solo el giro del partido.

Zheng, que había llegado a cuartos tras superar la previa y siete partidos en Nueva York tras casi ocho meses fuera por una operación de codo, empezó a sentir el desgaste. Aun así, no se desenganchó.

Un tercer set al filo

El parcial definitivo se convirtió en un pulso mental. Zheng salvó una bola de rotura en el quinto juego. Rybakina hizo lo propio en el octavo. 4-4, servicio de la china, y la sensación de que un solo punto podía abrir la puerta de las semifinales.

La presión, esta vez, cayó del lado de Zheng. Una doble falta en el noveno juego le entregó el ‘break’ a Rybakina. No hubo concesión en la recta final: la kazaja sirvió para partido y cerró el triunfo con la frialdad de quien ya sabe lo que es ganar grande. Campeona de Wimbledon en 2022 y del Abierto de Australia este mismo año, ya está a dos pasos de su tercer Grand Slam.

El triunfo tiene otra lectura inmediata: de las cuatro jugadoras que llegaban a esta fase con opciones de salir de Flushing Meadows como número uno —Rybakina, Aryna Sabalenka, Coco Gauff y Jessica Pegula— solo queda una en la carrera. La victoria de la kazaja apagó las aspiraciones de Sabalenka, Gauff y Pegula de asaltar la cima esta semana.

Un número histórico y una mentalidad de largo recorrido

Rybakina no quiso convertir el nuevo estatus en una carga. Habló de “solo un número”, pero también admitió el peso del logro: un motivo de orgullo cuando mire la temporada completa. “Da igual cuánto tiempo te quedes ahí, es un logro”, subrayó. Y lo es, en un circuito en el que la cima cambia de manos con una frecuencia que exige constancia y salud de hierro.

Su preparación para este US Open había estado marcada por molestias en el pie. En pista, no mostró rastro de ese problema. Sí dejó ver, en cambio, una capacidad notable para limpiar la mente en plena tormenta: se obligó a desterrar los pensamientos negativos, a dejar de quejarse de las sombras, a repetirse una consigna sencilla pero decisiva: seguir luchando.

Al otro lado de la red, Zheng se quedó con la sensación de haber dejado escapar sus opciones en el tercer set. Reconoció que pudo ser más agresiva sobre el segundo servicio de Rybakina y que “unos pocos puntos” marcaron la diferencia. Se marcha sin semifinal, pero con un salto garantizado al top 60 después de aparecer en Nueva York como número 121 del mundo.

Lo que viene en Nueva York

Rybakina se ha ganado un lugar en las semifinales del jueves, donde la espera la ganadora del duelo entre Coco Gauff y Mirra Andreeva, campeona vigente de Roland Garros. En la otra semifinal se medirán Sabalenka y Pegula, en un cruce que todavía puede agitar la parte alta del ranking, aunque sin desbancar ya a la nueva número uno.

La kazaja ha roto su maldición en el US Open cuando empezaba por detrás en el marcador. Ha derribado la barrera del primer set perdido. Ha conquistado, de paso, la cima del tenis femenino.

Ahora falta por saber si este número uno será una foto aislada o el inicio de un reinado prolongado en un circuito que no perdona ni un segundo de desconexión. En Nueva York, de momento, ya ha demostrado que sabe ganar cuando la mente le juega en contra y el marcador la desafía. Y esa, más allá de cualquier cifra, suele ser la diferencia entre las buenas campeonas y las que marcan una era.