Siniakova y Townsend logran un Grand Slam histórico en dobles
En el cemento de Flushing Meadows, Katerina Siniakova y Taylor Townsend no solo ganaron un título. Cerraron una obra mayor. Un Grand Slam de dobles completo como pareja, algo reservado para las grandes dinastías.
Las primeras cabezas de serie remontaron un inicio turbulento para imponerse a las invitadas locales Ashlyn Krueger y Robin Montgomery por 5-7, 6-0 y 6-2 en la final del US Open. Un marcador que no cuenta toda la historia, pero sí deja claro quién mandó cuando el partido ardió de verdad.
De la doble falta al dominio absoluto
Siniakova y Townsend habían llegado a la final sin ceder un solo set en todo el torneo. Sólidas, seguras, casi intocables. Hasta que el último peldaño les jugó una mala pasada.
En el primer parcial, la checa encadenó tres dobles faltas en el juego definitivo y regaló el set. Un golpe duro, en un estadio volcado con la pareja estadounidense. De pronto, las favoritas se veían por detrás, con dudas en el saque y un cuadro que amenazaba con torcerse.
La reacción fue inmediata. Y feroz.
En el segundo set, Siniakova y Townsend apretaron los dientes y subieron dos marchas. Ganaron 23 de los 27 puntos posteriores al primer juego. Apenas concedieron aire. Se adueñaron de la red, ajustaron las devoluciones y convirtieron cada turno de saque en una declaración de autoridad. El 6-0 no fue un accidente: fue un mensaje.
Un tercer set bajo control
Con el impulso totalmente de su lado, la pareja campeona entró al set definitivo con la convicción de quien sabe que ya ha descifrado el partido. Rompieron pronto, se colocaron 3-1 y, a partir de ahí, administraron la ventaja con frialdad.
Krueger y Montgomery, valientes durante todo el torneo, ya no encontraron la misma claridad en sus golpes. Cada intento de reacción chocaba con la solidez de una dupla que olía la historia. Siniakova y Townsend cerraron el encuentro sin titubeos, blindando su servicio y manejando los intercambios clave con una madurez que solo dan las grandes finales perdidas.
Para Townsend, el triunfo tuvo un sabor especial. La estadounidense, de 30 años, se quitó la espina del año pasado, cuando cayó en la final del US Open junto a la propia Siniakova ante Gabriela Dabrowski y Erin Routliffe. Esta vez no hubo lágrima amarga. Solo alivio, reivindicación y un trofeo en casa.
Siniakova, en un club casi cerrado
El título en Nueva York completa el círculo: Wimbledon 2024, Australian Open 2025, Roland Garros este año y ahora el US Open. Cuatro grandes, cuatro escenarios, la misma pareja levantando el trofeo. Un Grand Slam de dobles de carrera como dupla, un registro que las instala en la élite histórica de la modalidad.
Para Katerina Siniakova, la dimensión es aún mayor. Es su 12.º título de Grand Slam en dobles en total, una cifra que la coloca entre solo ocho mujeres capaces de alcanzar, al menos, esa docena en la Era Abierta. Y hay un matiz que la separa del resto: se convierte en la primera jugadora en completar el Grand Slam de carrera en dobles con dos compañeras distintas. Ya lo había logrado antes junto a su compatriota Barbora Krejcikova; ahora lo repite con Townsend.
Su dominio no se mide solo en trofeos. Si termina la temporada como número uno del mundo en dobles, será la sexta vez que cierre el año en lo más alto. Un registro que superaría incluso a Martina Navratilova en finales de curso como líder del ranking WTA. Un dato que habla de continuidad, de resistencia, de una carrera construida a base de constancia y ambición.
Townsend, coronada en casa
Del otro lado de la red emocional, Townsend por fin escribe su nombre en el palmarés de dobles del US Open. A los 30 años, en el torneo de su país, en una pista central que la ha visto crecer, sufrir y evolucionar. Esta victoria no solo es un título: es la confirmación de que su talento, tantas veces señalado, ha encontrado la estructura perfecta en la sociedad con Siniakova.
Juntas han tejido una alianza que mezcla la agresividad natural de Townsend, su mano zurda y su presencia en la red, con la lectura táctica y la experiencia ganadora de Siniakova. La final fue un resumen de esa química: cuando una dudó, la otra sostuvo; cuando el partido se abrió, ambas apretaron al unísono.
La pregunta ya no es si pueden ganar más. La cuestión es cuántos grandes podrán acumular antes de que alguien logre descifrarlas de verdad.






