US Open 2023: El Torneo Nocturno de Tenis en Nueva York
Nueva York presume de ser la ciudad que nunca duerme. Este año, el US Open se ha empeñado en demostrarlo con hechos: partidos que empiezan de noche y terminan cuando ya huele a café y a metro abarrotado en Manhattan.
El espectáculo es innegable. La sensación de justicia, bastante menos.
Alexander Zverev, primer cabeza de serie, ha jugado cinco partidos en el torneo. Tres de ellos han terminado pasadas la 1 de la madrugada. En una quincena. El alemán lo resumió con una frase que mezcla ironía y cansancio: ha llegado a acostarse a las 6:45 de la mañana en la última semana y siente que está “jugando el Australian Open en Nueva York”.
El dato no es una anécdota. Es un patrón.
Dos torneos distintos en un mismo cuadro
El contraste con su rival de semifinales es llamativo. Karen Khachanov, no cabeza de serie, no ha pisado la pista más allá de medianoche en todo el torneo. Su último partido, ante Alexander Blockx en cuartos, terminó poco antes de las 19:00 del miércoles, dándole margen para cenar, descansar y preparar con calma el duelo del viernes.
La semifinal entre ambos, programada para no antes de las 15:00 hora local (20:00 BST), será el primer partido diurno de Zverev en todo este US Open. A estas alturas, casi un lujo.
En el otro lado del cuadro, la historia se repite con otros protagonistas. Ben Shelton, octavo cabeza de serie, cerró su victoria en cuartos ante Carlos Alcaraz a las 3:34 de la madrugada del miércoles, el final más tardío en la historia del torneo. Su rival, Frances Tiafoe, undécimo cabeza de serie, había terminado su maratón a cinco sets contra el compatriota Alex Michelsen alrededor de las 19:00 del martes.
Mientras uno se iba a la cama casi al amanecer, el otro ya estaba entrando en modo recuperación.
El cuerpo pasa factura
Matt Little, histórico preparador físico de Andy Murray, no tiene dudas: el horario importa, y mucho.
“La ventaja del rival que ha jugado antes en el día será grande: han tenido toda una tarde libre y una buena noche de sueño”, explicó en declaraciones a BBC Sport. No hace falta ser deportista de élite para entenderlo. “Todos podemos relacionarlo: si tienes una noche realmente mala de sueño, arrastras los efectos durante los días siguientes”.
Little vio el impacto de cerca. En 2023, Murray terminó un partido en el Australian Open a las 4 de la mañana, durmió apenas tres horas y tuvo que volver a Melbourne Park sobre las 11. El británico calificó aquella situación de “farsa”. Pocos le llevaron la contraria.
En Nueva York, la historia se repite con otros nombres. Zverev no se acostó antes de las 5 de la mañana tras sus tres primeras victorias en Flushing Meadows. En una de sus noches libres, se quedó despierto para ver el triunfo nocturno de Shelton ante Alcaraz. El propio Shelton, que se mide a Tiafoe en la sesión nocturna del viernes (19:00 hora local/00:00 BST del sábado), insiste en que llegará “bien” tras dos días sin competir.
Little, sin embargo, apunta a una carrera contra el reloj: “Tendrá que echar siestas para recuperar algo de sueño”. Y detalla el plan invisible que se activa cuando el reloj se dispara: maximizar hidratos de carbono y proteínas, reengancharse a una rutina mínima, exprimir cada minuto de descanso sin caer en un sueño tan profundo que desajuste todavía más el cuerpo.
El precedente de Australia y las normas que no llegan a los ‘majors’
El caos horario no es nuevo. El caso Murray en Melbourne encendió las alarmas. El Australian Open reaccionó reduciendo de tres a dos los partidos de la sesión diurna en las pistas principales para evitar que la noche se desbordara hacia la madrugada.
A comienzos de 2024, ATP y WTA dieron un paso más y aprobaron reglas para impedir que los partidos del circuito —al mejor de tres sets— comenzaran después de las 23:00. Pero hay una grieta evidente: esas normas no se aplican en los Grand Slams, donde se sigue jugando al mejor de cinco y donde el calendario se estira hasta donde aguanten los cuerpos… y los ojos de los aficionados.
El US Open ha llevado ese límite al extremo esta edición. El duelo de primera ronda entre Venus Williams y Sofia Kenin comenzó a las 12:13 de la madrugada, el inicio más tardío en la historia del torneo. No fue un caso aislado: en las primeras siete noches, tres partidos acabaron después de las 2 de la mañana y otros tres pasadas la 1.
Shelton-Alcaraz puso la guinda con ese 3:34 que ya forma parte del archivo histórico de Flushing Meadows.
“Algo tiene que cambiar”, sentenció Martina Navratilova, campeona de 18 Grand Slams en individuales. “Esto no está bien y no es normal”. Su frase flota sobre el torneo como un aviso.
La magia nocturna… ¿a qué precio?
Hay quien defiende que estas madrugadas son la esencia del US Open. Que esas noches largas, con Arthur Ashe Stadium rugiendo cuando el resto del mundo duerme, son la mejor postal deportiva de la ciudad que nunca apaga las luces.
El ambiente es único. Las consecuencias, también.
El martes fue un ejemplo extremo. Antes de que Shelton y Alcaraz saltaran a la pista, el público ya había visto tres cuartos de final completos en el Ashe: Aryna Sabalenka contra Linda Noskova, Jessica Pegula ante Emma Navarro y, entre medias, la batalla de Tiafoe. Los tres partidos se fueron a la distancia máxima. El retraso se acumuló punto a punto, set a set, hasta empujar el último duelo hacia una hora en la que el tenis compite con el amanecer.
La pregunta ya no es si el espectáculo merece la pena. Es si el torneo puede seguir celebrando estas noches épicas sin asumir que, al mismo tiempo, está inclinando la pista para unos y desgastando hasta el límite a otros. Porque mientras Nueva York presume de no dormir, los jugadores empiezan a pagar la factura en cada cambio de lado.






