Alexander Zverev conquista el US Open y silencia a Nueva York
Alexander Zverev llegó a Arthur Ashe Stadium con algo que Ben Shelton todavía no tiene: cicatrices. Finales perdidas, oportunidades malgastadas, noches en las que el trofeo se le escapó entre los dedos. En Nueva York, esa experiencia pesó más que el rugido de 24.000 aficionados deseosos de celebrar por fin a un campeón estadounidense.
El alemán, primer cabeza de serie, domó el ambiente, el partido y al héroe local para coronarse campeón del US Open con un 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2. Es su segundo título de Grand Slam del año tras Roland Garros. Y, sobre todo, la confirmación de que la etiqueta de eterno aspirante ya no le pertenece.
De las dudas al dominio
A comienzos de temporada, pocos se atrevían a poner el nombre de Zverev en la misma frase que “múltiple campeón de Grand Slam”. Tenía 29 años, tres finales grandes perdidas y la incómoda sensación de que su carrera podía quedarse corta respecto a las expectativas que lo acompañan desde adolescente.
El guion ha dado un vuelco en apenas unos meses. Primero París, ahora Nueva York. Entre medias, un contexto que abrió una rendija y un jugador que supo colarse por ella sin titubear: las lesiones de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz despejaron el camino en los grandes escenarios de 2024 y 2025. Ellos se repartieron todos los majors en ese periodo. Su ausencia en este tramo ha sido el hueco que Zverev llevaba años esperando.
No fue un torneo brillante de principio a fin. En Flushing Meadows sobrevivió a varias noches largas, partidos resueltos de madrugada y un nivel irregular en las primeras rondas. No se cruzó con un rival del top-20 hasta la final. Pero llegó al domingo con algo fundamental: piernas frescas y una confianza que no se veía en él desde hacía mucho.
Shelton, ruido, potencia… y nervios
Ben Shelton representaba todo lo contrario. Juventud, impulso, la sensación de estar entrando en una fiesta a la que Zverev lleva años asistiendo. Octavo cabeza de serie, zurdo, servicio devastador y una derecha que incendia pistas duras. Durante meses se le ha señalado como futuro ganador de grandes. Esta final era su primer gran examen.
El escenario, perfecto: Arthur Ashe lleno, público volcado, la posibilidad de convertirse en el primer campeón estadounidense de Grand Slam desde Andy Roddick en 2003. Más de dos décadas de espera sobre sus hombros.
El problema llegó en el primer juego. Shelton sacó con la adrenalina a tope y pagó el precio. Doble falta en bola de break. Regalo inmediato para un Zverev que no suele devolver este tipo de obsequios. Ese quiebre temprano marcó el tono del arranque: el alemán manejó el ritmo, impuso su saque y empezó a desarmar, golpe a golpe, el revés más frágil del local desde el fondo.
Shelton volvió a tropezar en el momento clave del primer set: otra doble falta, esta vez en punto de set. El 6-3 no solo reflejaba el marcador; contaba una historia de nervios frente a oficio.
El tie-break que cambió la atmósfera
El segundo parcial siguió un guion parecido, aunque más ajustado. Zverev no encontró tantas concesiones al resto, pero sí mantuvo el control con su primer saque y una notable claridad táctica: cargar sobre el revés de Shelton, alargar los peloteos y obligar al estadounidense a ganar los puntos dos y tres veces.
Tuvo una sola opción de quiebre, en el cuarto juego, y no la aprovechó. No hizo falta. El set se fue al tie-break, territorio que el alemán conoce bien y donde suele mostrarse frío. Esta vez no fue la excepción.
Zverev jugó el desempate con una serenidad que contrastó con la tensión del estadio. Apenas falló, leyó bien cada intercambio y se apuntó el 7-2 con una naturalidad que recordó, inevitablemente, a aquella final del US Open 2020 en la que dejó escapar una ventaja de dos sets. La diferencia esta vez fue evidente: no tembló.
Con dos mangas de ventaja, el ruido en Arthur Ashe bajó un punto. No mucho, pero lo suficiente para que se notara.
El arreón de Shelton y la respuesta del campeón
Justo cuando el partido parecía encaminado hacia un cierre rápido, Shelton encontró aire. En el tercer set empezó por fin a hacer daño al resto, a restar más profundo, a entrar con decisión en las devoluciones de segundo saque.
Zverev, que había navegado casi sin sobresaltos, sintió por primera vez el acoso. El estadounidense dispuso de varias opciones de quiebre y, a la tercera, rompió. El estadio explotó. Por unos minutos, el ambiente recordó a las grandes remontadas que han marcado la historia del torneo.
Shelton se agarró a ese impulso, cerró el set 7-5 y devolvió la esperanza a la grada. El partido, al menos en términos emocionales, volvía a estar abierto.
La respuesta de Zverev fue la de un jugador que ya sabe lo que cuesta dejar escapar una final desde una posición de dominio. No dudó. Entró al cuarto set con una agresividad renovada, apretó desde la devolución y recuperó el control del marcador con un quiebre temprano que pinchó el globo de la remontada.
A partir de ahí, manejó los tiempos con precisión quirúrgica. Volvió a castigar el revés de Shelton, mantuvo su porcentaje de primeros saques y apagó, punto a punto, el sueño americano. El 6-2 final en la cuarta manga reflejó la diferencia entre un aspirante ilusionado y un campeón ya hecho.
Un final casi incrédulo
El último punto tuvo algo de ironía. Shelton falló largo una devolución en bola de campeonato y Zverev, por un instante, no supo que había terminado. Miró al fondo, al marcador, a su equipo. Solo cuando desde el box le señalaron el tanteo, se le dibujó una sonrisa amplia, casi de sorpresa.
Allí estaban su padre, Alexander senior, y su hermano Mischa, al frente de un equipo que ha vivido con él tres décadas de espera por un grande. Dos títulos en tres meses han cambiado por completo el relato.
“Nos pasamos 30 años sin ganar un Grand Slam y ahora hemos ganado dos en tres meses. Dios ha visto lo duro que hemos trabajado, cuánto hemos sufrido y todo el dolor que hemos pasado. Creo que 2026 es el resultado de todos los años anteriores”, dijo Zverev sobre la pista, con el trofeo del US Open ya en las manos.
En un circuito que parecía cerrado bajo el dominio de Sinner y Alcaraz, el alemán ha encontrado su ventana. La ha abierto de golpe. Y ha dejado una pregunta flotando en el aire de Nueva York: ¿es este el pico de su carrera… o solo el principio de una nueva era para Alexander Zverev?






