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Alexander Zverev conquista su primer US Open tras seis años de espera

Alexander Zverev volvió al mismo lugar, a la misma línea de fondo, al mismo escenario donde una vez se le escapó el sueño. Pero esta vez, el guion cambió de protagonista: ya no mandaban los nervios, mandaba un campeón de Grand Slam.

Frente a él, Ben Shelton y un estadio entero vestido de barras y estrellas. Más de 24.000 personas empujando al estadounidense, tratando de convertir la Arthur Ashe en una olla a presión para el alemán. No bastó. Zverev se abrió paso a base de saque, temple y una frialdad quirúrgica para cerrar la final con un 6-3, 7-6 (7-2), 5-7, 6-2 que vale su primer título del US Open y el segundo grande de un año que ya es histórico para el tenis alemán.

Del desgarro a la consagración

Seis años atrás, el mismo torneo le dejó una cicatriz que parecía eterna. Dos sets arriba en la final ante Dominic Thiem, servicio para ganar en el quinto, y un desplome que lo dejó roto en la ceremonia de trofeos. Aquel Zverev, con la voz quebrada, solo alcanzó a decir: “Deseo que algún día pueda llevarme el trofeo a casa”.

Ese día llegó.

Ahora, con Roland Garros ya en la vitrina desde junio, Zverev regresó a Nueva York convertido en lo que siempre prometió ser: un ganador de grandes, un número dos del mundo que ya no se conforma con rondas finales, sino que las domina. “Hemos pasado 30 años sin ganar un Grand Slam y ahora hemos ganado dos en tres meses”, recordó, consciente del peso generacional de lo logrado. “2026 es el resultado de todos los años que vinieron antes”. No sonó a eslogan; sonó a resumen de una vida entera empujando contra el mismo muro.

Tan concentrado que se olvidó del marcador

El momento que definió la noche no fue un punto, sino la ausencia de reacción. Match point. Otro saque imposible de leer para Shelton. La bola se va, el público se calla… y Zverev, en lugar de celebrar, vuelve caminando hacia la línea de fondo, preparado para sacar de nuevo. Necesitó que su equipo le gritara desde el box que el partido había terminado.

“En ese momento estaba muy en la zona. No escuchaba ningún ruido”, explicó después. “Es gracioso: los profesores de tenis siempre te dicen que juegues el siguiente punto y te olvides del marcador. En ese momento me olvidé del marcador y me ayudó”.

La escena rozó lo surrealista. Un final de Grand Slam ganado casi en trance. Solo cuando la realidad le alcanzó, el alemán dejó escapar una sonrisa amplia, casi incrédula, antes de levantar los brazos. Nada que ver con las lágrimas de 2020. Esta vez no había consuelo, había recompensa.

Familia, enfermedad y carácter

En Flushing Meadows también cambió el paisaje íntimo. Sus padres no estuvieron en la final de hace seis años. Ahora, su padre y entrenador, Alexander Zverev Sr., siguió cada punto desde la banda, testigo directo de la redención de su hijo. Y en medio de la celebración, el campeón no se olvidó de la otra figura clave de su historia: su madre.

Diagnosticado con diabetes tipo 1 en la infancia, Zverev recordó el momento en que los médicos dibujaron un futuro limitado. El giro lo dio ella. “Cuando los doctores te dicen que la vida y el deporte serán muy limitados para ese niño, hace falta una madre muy fuerte para decir: ‘mi hijo será lo que él quiera ser’”, contó. “Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco”.

Es difícil entender la dureza competitiva de este Zverev sin pasar por ahí. Sin esa mezcla de fragilidad inicial y desafío permanente al pronóstico.

El año de su vida

El número dos del mundo está firmando la temporada que llevaba años persiguiendo. Semifinales en el Abierto de Australia, final en Wimbledon, título en Roland Garros y ahora campeón en Nueva York. Una colección de resultados que lo instala de lleno en la conversación por el dominio del circuito, en un momento en el que las lesiones han frenado a Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, dueños de los grandes en las dos campañas anteriores.

El contexto le abrió una puerta, pero Zverev no se limitó a atravesarla: la derribó. Lo hizo con una mentalidad más robusta y una preparación física que muchos ya consideran de élite absoluta. “No hay nadie tan en forma como Zverev, está ahí arriba”, analizó Marion Bartoli en BBC Radio 5 Live. “Se puede discutir sobre Alcaraz y Sinner, y sobre Novak Djokovic y Rafa Nadal cuando estaban en su mejor momento físico, pero Zverev está ahí arriba como uno de los mejores atletas que han jugado este deporte”.

No son palabras menores. Y esta vez encajan con la realidad.

De las madrugadas al trono

Su camino en Nueva York no fue el paseo que sugiere el tramo final del torneo. En las dos primeras rondas, Zverev se vio obligado a disputar cinco sets, con partidos que terminaron de madrugada, cuando la ciudad ya bostezaba. Estuvo a dos puntos de la eliminación en su debut. Resistió. Se agarró al torneo. Jugó hasta encontrar su mejor versión.

Desde la tercera ronda hasta la final, no volvió a ceder un solo set. Esa inercia le dio un aura distinta. Más compacto. Más convencido. Más difícil de desarmar.

Ante Shelton, con el público volcado del lado del estadounidense, el riesgo de contagiarse de la energía de la grada estaba ahí. Zverev eligió lo contrario: contención absoluta. Cuerpo en tensión, emociones bajo llave. Perdió el tercer set, pero nunca la sensación de control. El partido se le podía complicar, pero no se le iba a escapar por miedo.

Annabel Croft, ex número uno británica, lo resumió así: “Admiro muchísimo su fortaleza de carácter y el estado casi zen en el que ha estado desde el principio del partido”. Lo que vino después fue casi una confesión de incredulidad: “Lo más extraordinario fue —y no creo haberlo visto nunca— que no se dio cuenta de que había ganado. Fue tan extraño, era como si estuviera en un estado de trance mientras jugaba”.

Ese trance, esta vez, no lo alejó del título. Lo llevó directo a él.

La Arthur Ashe ha visto muchas coronaciones. La de Alexander Zverev, seis años después de su derrumbe más doloroso, pertenece a otra categoría: la de los que cayeron desde muy alto, se levantaron y volvieron al mismo lugar para reescribir la historia. La pregunta ya no es si puede ganar un grande. La pregunta es cuántos más va a dejar escapar.