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Alexander Zverev avanza a la final del US Open tras vencer a Khachanov

Alexander Zverev ya juega en otra liga. El alemán, número uno del cuadro en Nueva York, doblegó a Karen Khachanov con autoridad y se metió en su tercera final de Grand Slam consecutiva, manteniendo vivo su asalto al segundo grande del año.

Triunfo en tres mangas: 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6). Sin ceder un solo set desde la segunda ronda. Sin temblar cuando el ruso se asomó al partido.

Un favorito sin disfraz

Zverev aterrizó en el US Open con un cartel distinto. Ya no es el aspirante eterno. Es el campeón de Roland Garros, el hombre que por fin levantó un grande en junio y que un mes después empujó a Jannik Sinner hasta el cuarto set en la final de Wimbledon. Ahora, en Nueva York, es el favorito sin discusión en un torneo marcado por los problemas físicos de Sinner y del vigente campeón, Carlos Alcaraz.

El alemán, de 29 años, jugará el domingo su segunda final en Flushing Meadows. La primera, en 2020, se le escapó de manera cruel ante Dominic Thiem en cinco sets. Aquella herida sigue ahí. Esta vez llega más hecho, más maduro, más sólido.

Le espera un estadounidense: Ben Shelton, octavo cabeza de serie, o Frances Tiafoe, undécimo. Dos ídolos locales, dos generadores de ruido en la Arthur Ashe. Zverev lo sabe y lo abraza como parte del reto. “El domingo será increíblemente especial, estos dos chicos son favoritos del público y todos los quieren. Esta noche será una semifinal épica y estoy deseando verla. Ojalá pueda no hacer realidad su sueño americano”, lanzó, con una mezcla de sonrisa y desafío.

Del caos inicial al piloto automático

Su torneo no empezó con esta sensación de control. Ni mucho menos. En las dos primeras rondas se vio arrastrado a cinco sets, fuera de ritmo, lejos de su mejor versión. Él mismo lo reconoció con ironía: “Después de la segunda ronda, sobre las tres de la mañana, estaba con mi equipo en el vestuario y nos reíamos de lo mal que estaba jugando. Ese sentido del humor me ayudó. Obviamente he mejorado un poco, si no, no estaría en la final del US Open”.

Desde entonces, otra historia. Zverev ha encadenado victorias sin perder un solo set, ajustando la mecánica del saque, limpiando errores y dominando los intercambios largos desde el fondo.

Ante Khachanov, número 50 del mundo, el guion se escribió pronto.

Un primer set de patrón único

El alemán impuso jerarquía desde el servicio. Ganó 13 de 15 puntos con primer saque y los 9 que jugó en la red en el primer parcial. Números de martillo pilón. El break para el 5-3 llegó como consecuencia lógica de esa superioridad: profundidad constante, cambios de ritmo, y la sensación de que cada punto importante le pertenecía.

Cerró el set sin titubeos. Khachanov, sólido pero sin filo, apenas encontraba resquicios.

El ruso se rebela, Zverev responde

El segundo parcial pareció romperse pronto a favor del favorito, con un quiebre temprano que apuntaba a una noche corta. Pero Khachanov se negó a salir del escenario sin ruido. Ajustó su resto, se soltó con la derecha y recuperó el break, forzando un tramo de partido más físico, más pesado.

El set desembocó en un tie-break tenso. Zverev tuvo bola de set, pero el ruso la borró con un revés cruzado magnífico al final de un peloteo de 22 golpes. Ahí, durante unos minutos, el duelo se encendió de verdad.

La jugada clave llegó justo después. Zverev dio un paso adelante, se adueñó de la línea de fondo y volvió a fabricarse otra oportunidad. Esta vez no la dejó escapar: sostuvo un intercambio agotador, defendió con uñas y dientes desde el fondo y terminó forzando el error de Khachanov. Dos sets arriba, y el partido ya bajo su puño.

Tie-break final, nervios de acero

El tercer set caminó sobre una cuerda floja sin quiebres. Ni una sola bola de break para ninguno. Saques pesados, puntos cortos, miradas al marcador. El ruso se aferró a la esperanza del desempate. El alemán, a su consistencia.

En el tie-break, Khachanov golpeó primero. Entró mejor, abrió ventaja y dispuso de dos bolas de set. Era su última ventana. Zverev la cerró de golpe. Salvó ambas con valentía, apretando con el primer saque y tomando la iniciativa en los peloteos.

Desde ahí ya no miró atrás. Encadenó puntos, manejó los nervios y empujó a Khachanov al error definitivo: una derecha larga que selló el 3-0 y la clasificación para su sexta final de Grand Slam.

Zverev se giró hacia su equipo, brazos abiertos, celebrando no solo una victoria, sino una continuidad: tres finales grandes seguidas, presencia en las semifinales de los cuatro majors este año, una regularidad que durante años se le negó.

La última vez que jugó una final del US Open se fue de la pista roto, a un paso del título. Ahora regresa como campeón de Grand Slam, como número uno del cuadro y como hombre a batir.

La pregunta ya no es si está preparado para este escenario. La verdadera incógnita es quién se atreverá a bajarlo de ahí el domingo.