Zverev se enfrenta a la historia en la final del US Open
Alexander Zverev ya está donde quería estar: en la final del US Open. El alemán se impuso este viernes a Karen Khachanov por 6-3, 7-6(7) y 7-6(6) y dio otro paso hacia su segundo título de Grand Slam, en una noche densa, tensa y de altísimo nivel en Flushing Meadows.
Llega lanzado. Llega curtido. Y llega con cuentas pendientes en Nueva York.
De los cinco sets al rodillo silencioso
El campeón de Roland Garros había arrancado el torneo al límite, obligado a remontar en cinco sets en sus dos primeras rondas. Parecía un cuadro lleno de trampas. Desde entonces, se ha convertido en una máquina: cuatro victorias seguidas sin ceder un solo set y tercera final de Grand Slam consecutiva.
En la Arthur Ashe, Zverev golpeó primero. Mandó con el servicio, dominó con la derecha y se llevó el primer set por 6-3 con la frialdad de quien sabe exactamente qué partido quiere jugar. Control del ritmo, pocos riesgos innecesarios, máxima precisión en los momentos calientes.
El segundo parcial pareció seguir el mismo guion. Zverev rompió pronto y se escapó en el marcador. El encuentro amenazaba con convertirse en un trámite.
Pero Khachanov no vino a Nueva York a hacer de figurante.
Khachanov rompe la racha y enciende el partido
El ruso, sin cabeza de serie pero con mucho tenis, empezó a encontrar ángulos, a pegar más profundo, a incomodar el segundo saque del alemán. Recuperó el ‘break’ y, de paso, cortó una racha impresionante: 37 juegos consecutivos al servicio de Zverev sin conceder ruptura.
Con ese golpe anímico, el partido cambió de temperatura. Khachanov se soltó, atacó con más convicción y forzó un ‘tiebreak’ vibrante, cargado de intercambios largos y miradas duras. Por momentos, dio la sensación de que el ruso estaba a punto de girar la noche a su favor.
El desempate se alargó hasta los 14 minutos. Una eternidad en la que cada punto pesó como una losa. Zverev, sin embargo, sostuvo la mirada. Aguantó, se agarró a su servicio y esperó el error rival. Khachanov falló cuando no podía fallar. El alemán cerró el set y clavó un puñal en la moral de su oponente.
Otro ‘tiebreak’, misma sentencia
Lejos de caerse, Khachanov siguió compitiendo. El tercer set calcó la tensión del segundo. Intercambio de golpes, pequeños parciales, la sensación constante de que cualquier resbalón podía decidirlo todo.
En el ‘tiebreak’ definitivo, el ruso se adelantó. Otra vez amenazó con alargar la noche, otra vez pareció que el partido se abría. Zverev respondió como responden los jugadores que se saben en su mejor temporada en los grandes escenarios: ajustó el resto, apretó con la derecha, subió un punto la agresividad.
Remontó. Cerró el desempate. Firmó su séptima victoria en diez enfrentamientos directos ante Khachanov. Y, con ella, su segunda final del US Open, cuatro años después de aquella derrota dolorosa ante Dominic Thiem en 2020.
Un gigante en los Grand Slams de 2024
Los números de Zverev en los grandes este año son brutales: 24 victorias y solo 2 derrotas en partidos de Grand Slam. Un registro que explica mejor que cualquier adjetivo el salto competitivo del alemán en 2024.
En Nueva York, su tenis mezcla madurez y ambición. Gestiona mejor los momentos críticos, selecciona mejor los tiros y parece haber encontrado un equilibrio entre paciencia y agresividad que durante años se le escapaba en las grandes noches.
Ahora le espera el último escalón: la final del domingo.
Al otro lado de la red aparecerá el ganador de la semifinal íntegramente estadounidense entre Frances Tiafoe y Ben Shelton. Dos ídolos locales, dos generadores de ruido en la grada, dos símbolos del “sueño americano” que Zverev quiere cortar en seco.
“Francis y Ben son favoritos del público aquí en New York. No puedo esperar al domingo, va a ser increíblemente especial”, dijo tras el partido, con una sonrisa que no escondía la determinación. Y dejó una frase que resume su misión: oponer su mejor tenis a la fiesta que todo un país desea.
El escenario ya está listo. Zverev vuelve a una final en Flushing Meadows con más experiencia, más peso en el circuito y una oportunidad dorada: transformar aquella herida de 2020 en el título que le falta en Nueva York.






