logo

Zverev y Shelton: Final del US Open 2026

Alexander Zverev y Ben Shelton llegan a la final del US Open con sensaciones muy distintas, pero con una certeza común: pase lo que pase el domingo, 2026 ya es un año de consagración para ambos.

El alemán, primer cabeza de serie, por fin rompió el techo que muchos creían de cristal. Salió de la sombra alargada de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz para levantar el título de Roland Garros, ese Grand Slam que se le había escapado una y otra vez. El estadounidense, octavo favorito, ha demostrado que su tenis no es solo promesa y electricidad: es nivel de final de grande, capaz de tumbar a los mejores del mundo en el camino.

Zverev, del trauma a la oportunidad

A principios de temporada, apostar por dos grandes títulos de Zverev habría parecido una locura. Hoy, la historia es otra. Llega a Nueva York como campeón de Roland Garros, subcampeón de Wimbledon y en su tercera final de Grand Slam consecutiva. El jugador al que muchos veían condenado a quedarse en “casi” se ha convertido en un habitual del último domingo.

Durante años, el recuerdo de aquella final del US Open 2020, donde dejó escapar una ventaja de dos sets ante Dominic Thiem, le persiguió como una sombra. En las grandes citas, su lenguaje corporal delataba dudas, una sensación de que el tren ya había pasado. Esa narrativa se rompió en París, cuando derrotó a Flavio Cobolli en la final y, por fin, se vio a sí mismo como campeón de un grande.

Desde entonces, el relato cambió. Perdió la final de Wimbledon ante Sinner, sí, pero se mantuvo en el escenario grande. Ahora vuelve a la Arthur Ashe Stadium con una mezcla de cuentas pendientes y convicción.

El contexto también le ha ayudado. La tiranía de Sinner y Alcaraz, rebautizados como “Sincaraz” tras monopolizar los Grand Slams de 2024 y 2025, se ha resquebrajado por las lesiones. Alcaraz se perdió Roland Garros y Wimbledon; Sinner no ha podido competir en este US Open. La puerta se entreabrió. Zverev la ha empujado con fuerza.

Preguntado por la posibilidad de acabar 2026 con más grandes que los dos dominadores de los últimos años, el alemán fue claro: creía en ello. “Creía que era posible. Creo que muchos de vosotros no”, recordó, subrayando cómo el debate giraba siempre en torno a si Carlos y Jannik volverían a repartirse las cuatro finales de Grand Slam.

En Flushing Meadows ha ido de menos a más. Sus primeros partidos fueron ásperos, con finales de madrugada y un nivel irregular. No ha enfrentado aún a ningún top-20, pero ha sabido sobrevivir, ajustar, ganar tiempo y ritmo. El domingo, el salto de exigencia será enorme: delante tendrá al hombre del torneo, un Ben Shelton desatado y empujado por 24.000 aficionados volcados.

Shelton, ruido, historia y una oportunidad única

Para Shelton, todo esto es territorio desconocido. Él mismo lo resumió sin rodeos: “Este torneo ha sido territorio inexplorado para mí. Estoy en posiciones en las que nunca había estado. He ganado a jugadores a los que nunca había derrotado”. Y ahora le espera el reto definitivo: batir por primera vez a Zverev, que domina el cara a cara por 5-0.

El premio no es solo un trofeo. Shelton, de 23 años, persigue algo que pesa: convertirse en el primer campeón estadounidense del US Open en categoría masculina desde Andy Roddick en 2003. Y, aún más grande, ser el primer hombre negro estadounidense en ganar un Grand Slam individual desde Arthur Ashe en 1975.

Cuando, tras su victoria en semifinales ante Frances Tiafoe, un periodista le recordó la cantidad de historia en juego, Shelton respondió con una sonrisa: “¿Ah, sí?”. Detrás de la broma hay una realidad que no pasa desapercibida para el tenis estadounidense.

James Blake, ex número cuatro del mundo, lo ve como un punto de inflexión para la representación afroamericana en el deporte. Explicó que tener a otro jugador negro estadounidense en una final de Grand Slam invita a imaginar cuántos niños y adultos estarán mirando que quizá, de otro modo, no habrían prestado atención. Verán a alguien que se parece a ellos, compitiendo en un deporte que durante décadas se asoció al cliché de “deporte de club blanco”.

Shelton ha construido este momento con algo más que carisma y puños al aire. Su saque, que ha superado las 140 mph durante estas dos semanas, sigue siendo su arma más intimidante, pero su evolución va mucho más allá. Ha afinado su defensa, ha trabajado una derecha aún más incisiva y, sobre todo, ha elevado el nivel de su revés, tradicionalmente su punto más frágil.

Los resultados hablan: cuatro títulos en 2026, en cuatro superficies distintas. Dallas en pista dura indoor, Munich en tierra batida, Stuttgart en hierba y Canadian Open en pista dura outdoor. Un repertorio que ya no suena a especialista de un solo escenario, sino a jugador completo.

El gran golpe llegó en cuartos de final del US Open, con una victoria de época ante Alcaraz, siete veces campeón de Grand Slam, que regresaba tras casi cinco meses sin competir. Shelton nunca había vencido a un top-3. Lo hizo en un partido salvaje que terminó a las 3:34 de la madrugada, con el estadio convertido en una caldera.

Su padre y entrenador, Bryan Shelton, lo resume de forma sencilla: su hijo está “yendo en la dirección correcta” este año. Cuatro títulos en superficies distintas son, para él, la mejor prueba. Y añade un matiz clave: Ben está dispuesto a “sufrir un poco más en los peloteos, ir más profundo y usar su atletismo”.

Una final cargada de cuentas pendientes

El domingo, dos historias chocan de frente en la Arthur Ashe. Zverev busca consolidar su nuevo estatus, dejar atrás definitivamente la etiqueta de talento inacabado y cerrar el año con un doblete de Grand Slam que hace unos meses sonaba a ficción. Shelton quiere romper maldiciones, tumbar por primera vez al alemán y reescribir la historia del tenis estadounidense.

La presión pesará en ambos lados de la red. Zverev carga con la memoria de 2020 y la expectativa de quien, por ranking y experiencia, parte como ligero favorito. Shelton, con el ruido ensordecedor de un país entero soñando con un campeón propio después de 23 años y con la dimensión simbólica de seguir la estela de Arthur Ashe.

Hay finales que coronan a un campeón. Y hay finales que redefinen una era. Esta tiene ingredientes de las dos.