Alexander Zverev conquista su primer US Open y frustra a Ben Shelton
Alexander Zverev necesitó un instante para entender lo que había hecho. El punto de campeonato ya había terminado, la derecha de Ben Shelton se marchó larga, el estadio Arthur Ashe rugía… y el alemán seguía golpeando pelotas, preparado para sacar de nuevo. Solo cuando levantó la vista hacia la pantalla gigante comprendió que, por segunda vez en tres meses, era campeón de un Grand Slam.
El marcador, frío pero contundente: 6-3, 7-6 (7-2), 5-7, 6-2. Primera corona en el US Open, segunda grande del año tras Roland Garros, y la confirmación de que el viejo cartel de “mejor jugador sin Slam” ya es historia.
Un inicio demoledor en territorio hostil
Shelton salió a la pista como el elegido. Primer estadounidense en una final de Grand Slam desde Andy Roddick en 2006, a un paso de convertirse en el primer campeón local desde 2003 y apenas el segundo hombre negro en levantar un grande tras Arthur Ashe en 1975, precisamente en el estadio que lleva su nombre. El ambiente era eléctrico. Partidista. De 23.000 gargantas.
Entre ellas, Brad Pitt, Rami Malek y Pierce Brosnan, cazado por la cámara con un plano juguetón cuando el reloj del partido marcaba apenas siete segundos. Noche grande en Nueva York. Todo preparado para el relato perfecto… salvo por un detalle: Zverev no estaba dispuesto a interpretarlo.
El alemán, primer cabeza de serie de un grande en su carrera, no dio tiempo ni a que se sentara el público. Rompió el servicio de Shelton en el primer juego del partido y volvió a hacerlo en el último del set. Solo un error no forzado en toda la manga. Frío, clínico, implacable. Shelton, nervioso, ni siquiera pudo asomarse a una bola de break en los dos primeros parciales.
Zverev, dueño del ritmo
Shelton llegaba con una narrativa poderosa: había aterrizado en Nueva York sin haber ganado nunca a Stefanos Tsitsipas ni, sobre todo, a Carlos Alcaraz. Los tumbó a ambos en este torneo. Pero había un muro que no lograba derribar: Zverev le había ganado las cinco veces anteriores.
La sexta empezó igual. El alemán se aferró a su saque, dominó con autoridad el tie-break del segundo set y se colocó a una sola manga del título. Jugaba suelto, liberado desde que levantó la Copa de los Mosqueteros en París. El peso de los años, de las oportunidades perdidas, parecía haberse evaporado.
Shelton, sin embargo, se negó a salir por la puerta de atrás. Apretó los dientes, subió líneas, buscó más riesgo con el resto. Zverev, por primera vez en toda la noche, titubeó con el servicio. El estadounidense se procuró tres bolas de set. Aprovechó la segunda. El Ashe explotó. El partido, al fin, se encendía.
El golpe definitivo
El problema para Shelton fue el tiempo. La reacción llegó tarde. El encuentro se decidió en los primeros compases del cuarto set. Zverev, que ha sabido sacar partido este año de los problemas físicos y ausencias puntuales de figuras como Alcaraz y Jannik Sinner, volvió a oler sangre y rompió de entrada.
El estadounidense ya no tuvo respuesta. El alemán se adueñó del intercambio, manejó los tiempos y, aunque su ritual eterno de botes de pelota terminó costándole una violación de tiempo —las estadísticas señalan que pasó unas tres horas de sus más de 23 en pista estas dos semanas solo botando la pelota—, no perdió la calma.
Tres horas y 33 minutos después del primer saque, el número uno del cuadro cerró su segundo grande. Título en Roland Garros. Título en Nueva York. Mismo año. A los 29, Zverev ha dado el salto que llevaba una década persiguiendo.
“Olvidé el marcador… y me ayudó”
El desenlace, casi surrealista, dejó una de las imágenes del torneo: el campeón sin darse cuenta de que lo era. Zverev explicó después, entre risas, que creía que el marcador era 5-1.
“Sabía que le había roto dos veces, pero pensaba que solo había mantenido su saque una vez”, contó. “Estaba pensando: ‘Vale, ahora tengo un juego de saque tranquilo y ya me pondré nervioso en el siguiente’. Tuve suerte. Siempre dicen los entrenadores que juegues cada punto y te olvides del marcador. Bueno, yo me olvidé del marcador… y me ayudó”.
Mucho más serio se puso al hablar de su familia y de su madre, Irina, exjugadora profesional, a la que señaló como el gran pilar de su carrera desde que le diagnosticaron diabetes tipo 1 con solo cuatro años. Recordó cómo los médicos auguraron una vida limitada en el deporte y cómo ella se negó a aceptar ese destino.
“Se necesita una madre muy fuerte para decir: ‘Mi hijo será lo que quiera ser. Si quiere ser tenista, será tenista. Si quiere otra cosa, hará otra cosa, pero esta enfermedad no nos definirá’”, afirmó. “Es la persona más importante y más fuerte que conozco”.
Shelton, orgullo y promesa
En el otro lado de la red, Shelton se quedó sin el trofeo, pero no sin crédito. A sus 21 años —ni siquiera había cumplido uno cuando Roddick ganó el US Open en 2003—, se plantó en su primera final de Grand Slam y dejó claro que no piensa conformarse.
Dirigiéndose a Zverev, reconoció el nivel del campeón: destacó su saque, su movimiento, su ética de trabajo y la cantidad de horas que pasa en pista. “Hacéis las cosas de la manera correcta”, dijo sobre el alemán y su equipo, antes de prometer a la grada que esto es solo el principio: “Me habéis llevado hasta aquí hoy. Estoy empezando y volveré”.
La sensación general en el circuito es similar. Tim Henman, analista de Sky Sports Tennis, subrayó la transformación de Zverev en los últimos 12 meses, de un jugador que “iba hacia atrás” en los grandes a uno mucho más agresivo y dominante. Marion Bartoli, campeona de Wimbledon, puso el foco en la diferencia de experiencia: Shelton, recordó, ganó el sorteo, eligió sacar, se puso 30-30 en el primer juego… y regaló el break con un error fácil y una doble falta. “No es sencillo jugar tu primera final de Grand Slam en casa, con todo el mundo empujando, queriendo dar espectáculo y jugar tu mejor tenis”, apuntó. “No hay vergüenza en perder contra Zverev cuando juega así”.
Un año para disfrutar… y para temerle
Zverev, por su parte, habló de “sufrimiento” de toda la familia en los grandes y dejó una frase que sonó a liberación: “Quizá 2026 sea el año para simplemente disfrutar”. Luego rectificó con una sonrisa: todo está saliendo “perfecto”, dijo, y se declaró “increíblemente feliz”. Hace tres meses, confesó, habría firmado ganar un solo Grand Slam en toda su carrera. Ahora tiene dos en un verano.
La pregunta ya no es si Zverev será capaz de ganar un grande. Esa quedó enterrada en París. La cuestión, después de lo visto en Nueva York, es cuántos más puede añadir mientras rivales como Alcaraz, Sinner y compañía intentan recuperar terreno. Porque si este es solo el comienzo de su versión campeona, el resto del vestuario tiene un problema serio.






