La despedida soñada de Katie Taylor en Croke Park
A cuatro días de la despedida soñada de Katie Taylor en Croke Park, el ambiente en su equipo roza la euforia y la nostalgia a partes iguales. Es la cuenta atrás hacia una noche que Irlanda lleva años imaginando.
La rueda de prensa de este martes, que abre la semana de promoción antes del combate del sábado, fue casi un calco de la presentación de junio, pero con un cambio de decorado: del Hogan Stand de Croke Park al Helix Theatre del campus de DCU. Fuera, los estudiantes cruzaban el recinto sin prestar demasiada atención al hecho de que la deportista más importante del país estaba a unos metros. Dentro, el contraste era evidente.
En la sala se mezclaban habituales del circuito GAA con personal de Matchroom y DAZN, fácilmente reconocibles por sus acentos londinenses. De fondo, sonaba una y otra vez la melodía de flauta que precede a los partidos en Croke Park, como si el estadio ya se hubiera adueñado del ambiente aunque estuviéramos al otro lado de la ciudad.
Esta vez no había nervios por la venta de entradas. Ese capítulo quedó resuelto con contundencia. Taylor será la primera boxeadora en encabezar una velada en Croke Park desde Muhammad Ali en 1972. Comparación pesada, de las que Brian Peters no duda en subrayar: es Ali el que entra en la órbita de Katie, no al revés.
En aquella noche de hace más de medio siglo, apenas unas 18.000 personas acudieron a ver a Ali contra Al “Blue” Lewis, y el promotor terminó recibiendo un severo rapapolvo del director general de la GAA por los precios. Ahora, el contraste es brutal: la mitad de las 80.000 localidades volaron en preventa y la otra mitad se agotó en 17 minutos el 28 de julio. No hubo debate, ni suspense. Fue un asalto único.
Eddie Hearn, entre el orgullo y el remordimiento
Antes de la rueda de prensa retransmitida en directo, 18 periodistas fueron apiñados en un vestuario diminuto, a la espera de Eddie Hearn. Al entrar, el promotor dejó escapar una exclamación espontánea: “Wow, blimey! This is small!”. No hacía falta traducción.
Con la misma franqueza reconoció que la velocidad con la que se vendieron las entradas le dejó un regusto a oportunidad perdida. Tal vez, admite, Croke Park debió llegar antes al calendario de Taylor.
Recordó sus tiras y aflojas con Peter McKenna y la dirección de Croke Park, mucho menos tensos en junio, cuando se permitió bromear con su “Peter, me old mate, me old mucca!”. Pero Hearn volvió sobre los momentos ásperos de la negociación y sobre lo que él percibió como un pesimismo excesivo desde el estadio.
“Hay gente que puede desinflarte el espíritu, y eso en mí no es muy habitual”, confesó. “Me lo desinflaron un poco durante años. Me hicieron dudar de si podríamos hacerlo o si realmente funcionaría. Estoy decepcionado conmigo mismo por haberlo permitido, porque quizá lo habríamos hecho antes”.
La duda de Croke Park pesó. “Si Croker hubiera dicho desde el principio: ‘Sí, esto va a ser masivo’, lo habríamos hecho. Pero estaban en plan ‘hmm… no sé’. Y piensas: si ni ellos lo ven claro, ¿de verdad queremos jugárnosla con estos costes?”. Aun así, cerró el capítulo con un guiño: “Escucha, ellos también ayudaron, al final estuvieron fantásticos”.
De la desconfianza a la devoción
Hearn volvió a contar la escena fundacional: Katie Taylor y Brian Peters subiendo a su despacho tras la decepción de los Juegos de Río para venderle un proyecto que muchos consideraban una quimera. El hijo había heredado de Barry Hearn la verborrea y el instinto de showman, pero no la misma mirada sobre el boxeo femenino.
Barry Hearn fue el gran promotor de una de las noches más recordadas del boxeo irlandés, aquel Chris Eubank contra Steve Collins en Millstreet en 1995, al que llegó convencido por Noel Smith de que el pueblo estaba “a la vuelta de la esquina” del aeropuerto de Cork. La realidad, como él mismo recuerda a gritos, fue bastante distinta.
Con Taylor, sin embargo, Barry entró en modo escéptico. “Decidimos que encabezara cartel en noviembre de 2016”, recordó Eddie. “Creo que le pagamos –todavía me lo echa en cara– seis mil euros por su debut. Por cuatro asaltos. Que en aquel momento, en boxeo femenino, era mucho dinero”.
Cuando Eddie le anunció que iba a colocar a Katie en el combate estelar, la reacción de su padre fue tajante: “¿Qué? ¿Una pelea de mujeres?”. La respuesta del hijo fue igual de firme: “Sí, papá, es increíble. Tienes que verla”. Barry replicó con el mantra de toda una generación: “A nadie le interesa el boxeo femenino, hijo”. Hasta que la vio. Y cambió de opinión de golpe: “Oh my God!”.
Ese giro resume la transformación de todo un deporte. Lo que antes se consideraba un riesgo comercial se ha convertido en la mayor atracción de la promotora en Irlanda. Y en el motor de una noche que ha roto todas las previsiones.
Más “Art of the Deal” que “Rocky”
Como tantas veces en el boxeo profesional, la previa del combate se convirtió en un escaparate del negocio más que en un análisis pugilístico. El ambiente tenía más de “Art of the Deal” que de “Rocky”. Autocomplacencia, bromas internas, cifras mareantes. Y, en medio, la certeza de que el espectáculo ya estaba vendido antes de que sonara la campana.
En la mesa principal, el promotor Peter Aiken se quitó de encima elogios y méritos con un gesto rápido: “Ella vendió las entradas”, insistió, señalando a Taylor. Brian Peters, menos emocionado que en junio pero igual de vehemente, fue más lejos: proclamó a Katie Taylor como la mejor deportista irlandesa de todos los tiempos. “Sin faltar al respeto a Roy Keane, que se queda con una muy buena segunda plaza”, lanzó, sabiendo perfectamente el peso de ese ranking en la conversación pública.
Peters también se permitió un guiño cinematográfico al aplaudir la actuación de Barry Keoghan en el vídeo promocional, digna, según él, de Óscar. Y remató con una promesa casi mística: aseguró que ya lo había arreglado con “Dios todopoderoso” para que no cayera una gota de lluvia después de las cinco de la tarde el sábado en Croke Park.
Flora Pili, la “AN Other” que no quiere ser figurante
En ese clima de celebración, la rival de Taylor apareció casi como una nota a pie de página. Flora Pili, desconocida para el gran público irlandés hasta hace unas semanas, fue presentada entre aplausos correctos, sin estridencias. Entró en escena con rastas teñidas con los colores de la bandera francesa, un detalle que rompió la monocromía verde del ambiente.
Pili conoce Dublín. Ya peleó aquí en 2017, en un torneo amateur internacional discreto en el National Stadium. Perdió sus dos combates, primero ante Kellie Harrington y después frente a la italiana Irma Testa. Aquella visita pasó inadvertida. Esta no.
En el campo profesional, la francesa llega con un impecable 12 de 12. En su última victoria se colgó un cinturón mundial, el título superligero de la IBO que la propia Taylor dejó vacante a finales de 2025. Es un dato que obliga a tomarla en serio, por mucho que la narrativa gire en torno a la despedida de la irlandesa.
Entre tanta euforia y palmadita en la espalda, Hearn y el resto del equipo de Taylor repitieron un mismo mensaje: “Esto es una pelea de verdad”. No es un homenaje, ni una exhibición. Es un título mundial en juego ante una campeona en activo.
La niña que se disfrazaba de niño
Taylor no habló con la prensa en el vestuario, pero sí tomó el micrófono en el acto principal. Volvió a agradecer al público su apoyo con una frase que resume el impacto del evento: “No estoy segura de que haya otro país en el mundo donde 80.000 personas se reúnan para ver a una atleta femenina”.
Mientras recordaba sus inicios, la voz se le quebró por un instante. Viajó atrás en el tiempo, a aquellos días en los que tenía que disfrazarse de chico para que la dejaran subir al ring. “Entraba en algunos gimnasios de boxeo siendo una niña y se reían, se burlaban. ‘¿Quién es esta chica que quiere ser boxeadora?’. Tuve que ganarme el respeto por el camino”.
Ahí está, quizá, el verdadero combate de su carrera. No el de los títulos, sino el de abrir una puerta que antes estaba cerrada con varios cerrojos. “Estoy encantada de que las chicas jóvenes que vienen ahora no tengan que pasar por las mismas luchas y la misma adversidad que yo tuve que soportar. La puerta ya está abierta para ellas”.
Taylor lo ve cada día. “Entras ahora en cualquier gimnasio de boxeo y está lleno de mujeres boxeando. Para mí, esa es la mejor parte de este legado”. No habla de récords ni de bolsas millonarias. Habla de presencia, de normalidad, de niñas que ya no tienen que ocultarse bajo un casco para que las tomen en serio.
El sábado, cuando suene la campana en Croke Park ante 80.000 personas, esa niña que se colaba en los gimnasios disfrazada de chico estará en el centro del estadio más grande del país. La pregunta ya no es si se lo ha ganado. La pregunta es qué quedará en el boxeo irlandés cuando se apaguen las luces y Taylor abandone el ring por última vez.






