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Eddie Hearn y la historia de Croke Park: De Ali a Taylor

No suele quedarse sin palabras Eddie Hearn. Lo dijo él mismo, al arrancar aquella perorata de nueve minutos en la rueda de prensa del Taylor‑Pili en Croke Park, el pasado junio. Pero bastó que mirara alrededor del estadio para que buscara un ancla histórica.

“¿El último en pelear aquí? Mohammad Ali”, proclamó, ignorando de paso décadas de series de reglas internacionales y otros experimentos ovalados y con casco que pasaron por Jones’ Road.

De Ali a Taylor: dos Croke Park muy distintos

Cuando Ali se midió a Al “Blue” Lewis en julio de 1972, Dublín lo recibió como si aterrizara un jefe de Estado. No fue solo una pelea; fue una visita oficial sin el protocolo oficial.

El campeón fue asediado por admiradores en Leinster House, se reunió en privado con Jack Lynch, se sentó largo y tendido frente a las cámaras con Cathal O’Shannon. Eddie Keher le enseñó a empuñar un hurley. Ali, por su parte, tenía una cita marcada en rojo: quería conocer a Bernadette Devlin. Almorzaron el mismo día del combate. Hablaron de política. En eso estaban perfectamente alineados.

El cuento, visto desde el presente, tiene moraleja para cualquier promotor. También para Hearn.

Solo 18.000 personas pasaron por los tornos aquella noche de verano. Una buena parte, además, entró sin pagar. El evento acabó en números rojos para el hombre que lo había soñado: Michael “Butty” Sugrue, tabernero nacido en Killorglin, antiguo forzudo de circo, vendido antaño como “el hombre más fuerte de Irlanda” en los carteles de Duffy’s Circus.

El director general de la GAA, Seán Ó Siocháin, no tuvo reparos en señalar al responsable: Sugrue había puesto las entradas demasiado caras. El periodista Dave Hannigan, en su libro “The Big Fight: When Ali Conquered Ireland”, fue más allá: Ali había sido demasiado visible, demasiado accesible, demasiado presente en la ciudad en la previa. El aura se había diluido antes de que sonara la campana.

La sombra de la Regla 42

Aquel combate ocurrió mucho antes de que se relajara la famosa Regla 42. Y conviene recordar qué decía realmente. Contra la leyenda popular, no prohibía “deportes extranjeros” en los estadios de la GAA. En el papel, vetaba las carreras de caballos, las de galgos y “juegos de campo que no estuvieran sancionados por el Central Council”.

En la práctica, el mensaje era claro: los códigos rivales de origen británico no eran bienvenidos. Aun así, Croke Park ya había hecho guiños: cuatro partidos de fútbol americano antes de levantar la regla y un par de encuentros de béisbol a finales de los años 40.

El giro llegó en el Congreso de 2005. La Regla 42 se levantó, de inicio solo de forma temporal, justo a tiempo para la remodelación de Lansdowne Road. Los delegados, con un arranque de espíritu ecuménico, se horrorizaron ante la idea de que la selección irlandesa de fútbol tuviera que recibir en casa… en Anfield.

No había sido un camino sencillo. Un intento anterior, en el Congreso de 2001, se había quedado a dos votos de la mayoría de dos tercios. El presidente Sean McCague, firme defensor de la ortodoxia, desoyó todas las peticiones de recuento.

Todo eso desemboca en este presente: Katie Taylor caminará hacia el ring en un Croke Park radicalmente distinto al que pisó Ali hace 54 años. Un estadio que ha dejado de ser solo santuario del gaélico para convertirse en escenario multiusos, símbolo cultural y máquina de hacer dinero.

De “solución de emergencia” a palacio de espectáculos

El cambio quedó nítidamente expuesto este verano. Croke Park se abrió entonces como solución de emergencia, para evitar la humillación de ver a las selecciones de fútbol y rugby jugar sus partidos “de casa” en el extranjero.

Hoy, el mismo recinto acoge amistosos de pretemporada entre gigantes de la Premier League. Este mes, el Manchester United‑Leeds United se ganó un lugar peculiar en la historia: el partido de fútbol con mayor asistencia jamás visto en la isla.

El presidente de la GAA, Jarlath Burns, cuyo influyente mandato de tres años termina a comienzos del próximo año, acudió encantado en representación de la asociación. Confesó, eso sí, que no siente afinidad por ninguno de los dos clubes. Ya lo ha dejado claro más de una vez: su corazón, en ese terreno, es del Arsenal.

Qué lejos queda todo esto de los tiempos de John Downing, presidente a finales de los 80, que llegó a decir en un dominical que no vería el Irlanda‑Inglaterra de Stuttgart porque tenía previsto cortar el césped ese día.

En 2026, el Manchester United‑Leeds United encendió más la ira de los ultras de la League of Ireland que la de los guardianes del gaélico, aunque tampoco faltaron gruñidos en este último frente.

Pat Gilroy contaba este fin de semana en el Irish Times que ya llama a Croke Park “Ceasar’s Palace”, porque lo ve como un mero generador de ingresos. “Y no es culpa de Peter McKenna”, matizaba. “Está haciendo un gran trabajo, pero lo hace con la mano que le ha tocado, que es ‘necesitamos más dinero’”.

McKenna, director comercial y rostro visible del nuevo modelo, ya habla con entusiasmo de más amistosos de pretemporada con clubes de la Premier en los próximos años. Incluso se ha atrevido a proponer Croke Park como sede de una final de Champions League.

No hace falta rebuscar demasiado para entender su entusiasmo. Basta con abrir las últimas revisiones financieras anuales de la GAA. El informe de 2024 registró un aumento de ingresos del 19%, en gran parte gracias a un verano muy cargado en Croke Park. El estadio incrementó su facturación un 60% en 2024… pese a una caída de asistencia en los días de partido respecto al verano anterior.

La clave estaba fuera del césped. Croke Park albergó siete conciertos en 2024: Bruce Springsteen, AC/DC (dos noches) y Coldplay (cuatro noches). En 2023 no hubo ninguno, salvo que alguien quiera considerar a The Mary Wallopers como teloneros oficiales de la final de hurling.

El calendario, las críticas y el hueco para el boxeo

Los detractores de la temporada partida señalan con el dedo a ese calendario de conciertos como el gran motor de la reestructuración. Es más fácil cargar contra Coldplay que contra el jugador de club que reclama saber, con un mínimo de certeza, cuándo empezará su campeonato.

Sin embargo, fue la propia cúpula de la GAA, y no la base, la que impulsó hace poco una moción de compromiso para empujar las finales de All‑Ireland hasta agosto. A medida que se acercaba la votación, el fracaso era tan evidente que la propuesta se retiró antes de ser derrotada en el salón.

Resultado: Croke Park —o “Ceasar’s Palace”, como lo rebautizó Gilroy— queda libre para acoger estrellas de la música, colosos de la Premier League y veladas de boxeo de gran formato durante agosto y principios de septiembre.

En ese hueco se cuela, por fin, Katie Taylor.

Un fin de semana cargado de memoria

La velada de Taylor en Croker aterriza en un fin de semana cargado de significado para el gaélico. Tradicionalmente, el primer domingo de septiembre estaba reservado para la final de All‑Ireland de hurling, salvo aquel tramo entre 1997 y 2005 y el paréntesis de 2012‑13, cuando se jugó el segundo domingo.

Para los tradicionalistas, este sábado debería ver a las aficiones de Galway y Limerick desembarcar en la capital, llenando pubs y hoteles en la víspera del gran día. Una noche para que Daithí y Jacquí charlaran con Joe Connolly y Joe McKenna sobre la final de 1980, para repasar viejas jugadas y viejas heridas.

En su lugar, el foco se lo lleva una boxeadora que, paradójicamente, casi todos los “puristas” están dispuestos a abrazar. Por muy recelosos que sean ante conciertos, amistosos ingleses o logotipos ajenos sobre el césped, incluso el más acérrimo defensor de la vieja guardia tendría difícil negarle a Katie Taylor su gran día en Croker.

Hay una razón poderosa. El estadio se ha incrustado tan hondo en el imaginario irlandés que Taylor dejó claro, ya en junio, que el Aviva Stadium nunca habría sido suficiente. Si esa hubiera sido la única opción, dijo, se habría retirado.

Su ultimátum fue simple, casi brutal en su claridad.

Era “Croke Park o nada”. Y ahora, por fin, es Croke Park.