Katie Taylor: La Campeona que Transformó el Boxeo Femenino
A las puertas de su combate soñado en Croke Park, el que pondrá punto final a una carrera de cuento, el boxeo irlandés se mira al espejo y casi siempre aparece el mismo rostro: Katie Taylor. No solo la campeona. La pionera. La que obligó a cambiar leyes, mentalidades y calendarios olímpicos.
Las memorias de quienes la vieron crecer en los gimnasios, en los rings vacíos de público y en las noches que cambiaron la historia, dibujan un retrato mucho más crudo y real que cualquier video de highlights.
“Es mi compañera de sparring”
Eric Donovan, excampeón superpluma de Europa, retrocede más de dos décadas. Mismo país, casi misma edad, mismo peso. Y las mismas cuerdas.
Él ya estaba en el equipo nacional cuando todo arrancó en 2003. Katie rondaba el entorno de la selección. Coincidían siempre en la misma categoría. Y empezaron a cruzarse en el sparring.
Desde el principio, algo chocaba con los prejuicios.
“Era una más de los chicos”, recuerda. No desentonaba. No parecía frágil. No pedía concesiones. En un gimnasio repleto de hombres, no era “la chica”; era la competidora.
Los asaltos no eran precisamente amables. En los primeros tiempos, ella recibía mucho castigo. Aun así, devolvía todo lo que podía. Paddy Barnes tuvo verdaderas batallas con ella, compensadas por la diferencia de peso que él le concedía.
Donovan confiesa que al principio levantaba el pie. “Porque era una chica”. Hasta que intervino el seleccionador, Zaur Antia. El regaño fue histórico. “Muy mal sparring. Muy, muy mal. No es bueno”, le dijo. Donovan se justificó: “Estoy boxeando con Katie Taylor. Con una chica”. Antia explotó. “Es una chica, pero es campeona. Quiere ser campeona olímpica. Tienes que tomártelo en serio”.
Con 16 o 17 años, Donovan cambió la mirada. Dejó de ver a “la chica” y empezó a ver a otra atleta de élite, merecedora del mismo respeto y la misma exigencia. Desde entonces, los guanteos con Katie fueron a máxima intensidad: técnicos, veloces, duros, pero nunca malintencionados.
En aquellos años había pocas mujeres en los gimnasios. Menos aún a nivel élite. Deirdre Gogarty había abierto el camino, pero tuvo que irse del país. Katie recogió el testigo y lo llevó a otro nivel. Tanto, que su irrupción acabó empujando cambios legales en Irlanda.
El golpe más duro, antes de los grandes triunfos, llegó fuera del ring. Se rompió el corazón cuando el boxeo femenino quedó fuera de los Juegos de Pekín 2008. Ya era campeona del mundo desde 2005 y el sueño olímpico se le escapaba por un despacho.
En 2007, en el Mundial de Chicago, Donovan vio en directo cómo la presión más pesada de su carrera no venía de una rival. Katie fue invitada a disputar un combate de exhibición en la noche final. En el vestuario, los delegados le explicaron que subía al ring “para que el boxeo femenino entrara en los Juegos de Londres”. Ni más ni menos.
Respondió con una clase magistral.
En la grada, rodeado de figuras británicas como Frankie Gavin, Billy Joe Saunders, Luke Campbell o James DeGale, Donovan escuchaba la misma pregunta: “¿Quién es ella?”. La respuesta salía con orgullo: “Es mi compañera de sparring”.
De hincha de fútbol a compañera de equipo
Gráinne Walsh no creció en un gimnasio. No venía de una dinastía de boxeadores. Su mundo era el fútbol. Soñaba con ser profesional. Hasta que, en 2012, un verano sin liga y un club de boxeo recién inaugurado al otro lado de la calle lo cambiaron todo.
La clave no fue el ring. Fue el nombre que lo inauguraba: Katie Taylor.
Walsh buscaba mantenerse en forma. No confiaba en su motivación para ir solo a un gimnasio. Pero un club de boxeo, con Katie cortando la cinta en Tullamore, sonaba a destino. Ella acababa de regresar del Mundial en China, donde había logrado su quinto título. Faltaban unos meses para Londres 2012.
Walsh la conoció allí. Desde ese día, se pegó a la pantalla durante los Juegos. Era la primera vez que las mujeres podían competir en boxeo olímpico. No era solo un torneo. Era un antes y un después para el deporte.
“Me quito el sombrero ante Katie por haber visto un sueño que ni siquiera era una realidad”, admite Walsh. Taylor no se limitó a aprovechar una puerta abierta; la derribó para las que venían detrás. Walsh lo sabe bien: su propia carrera nace de ese camino que alguien ya había despejado.
Obsesionada, le pidió a su entrenador que hablara con Zaur Antia para poder ver entrenar a Katie. Se sentaba en una esquina del centro de alto rendimiento y observaba. Solo eso. Mirar. Aprender.
Cuatro años después, todo se dio la vuelta. La chica que se escondía en el rincón del gimnasio había ganado títulos nacionales y recibía la llamada del equipo irlandés. Mundial de 2016 en Kazajistán. Y en el avión, a su lado, la misma mujer que la había llevado al boxeo.
Katie Taylor, de ídolo lejano a compañera de equipo. Walsh seguía siendo “superfan”, pero ahora intentaba no tartamudear ni ponerse roja al hablar con ella.
La noche dorada de Londres
Para Marty Morrissey, voz de RTÉ Radio 1, la final olímpica de 2012 no fue solo otro combate. Durante años, incluso por encima de hazañas que tocan su fibra más íntima, como los títulos de hurling de Clare, aquella noche en el Excel Arena ocupó el primer lugar en su memoria profesional.
El ambiente no era el de un simple evento deportivo. Era una celebración nacional. Un momento social. Una fecha histórica. Cuando sonó “The Fields of Athenry”, el pabellón vibró como si las paredes fueran a ceder.
El combate ante Sofya Ochigava fue duro. Cerrado. Hubo un instante de duda. Katie miró a su padre, Pete, y a Zaur Antia, sin estar segura del resultado. Ellos le aseguraron que había hecho lo suficiente. El veredicto oficial lo confirmó: campeona olímpica.
En las gradas, una escena curiosa. Soldados del ejército británico vigilaban las salidas, mientras los aficionados irlandeses, en plena euforia, se hacían fotos y selfis con ellos. Una imagen impensable años atrás.
La noche dejó otra anécdota. En la posición de comentaristas, junto a Morrissey y al legendario Jimmy Magee, apareció una visitante inesperada: Kate Middleton. Se acercó a saludar. Morrissey supone que Prince William también estaba en el recinto, pero nunca lo vio.
RTÉ quería a Katie en televisión esa misma noche, en el estudio con Bill O’Herlihy. Había un problema: nadie lograba localizarla. No respondía al teléfono. Estaba ocupada con lo que su padre definió como un momento privado para la familia Taylor. Nada de cámaras.
Morrissey se enteró por un miembro del equipo de que la campeona estaba pasando un reconocimiento médico. Vio una bata de doctor con acreditación. Se la puso y entró como si fuera parte del personal sanitario. Los boxeadores irlandeses lo vieron y se echaron a reír: “¿Qué haces aquí?”.
Encontró a Katie y a Pete. El padre insistió en el “no”. Pero ella entendió lo que buscaba el periodista. “Papá, creo que deberíamos hacer la entrevista”, dijo. Aceptaron.
Antes de ir al estudio, les dijeron que tenían que pasar por “la embajada irlandesa”. Cuando Pete llamó media hora después, sonaba desbordado. La “embajada” resultó ser un pub, lleno hasta la bandera, con un recibimiento enorme. No era el lugar donde querían pasar la noche.
RTÉ envió de nuevo un coche. Katie y su padre regresaron al estudio. Y apareció en televisión con Bill O’Herlihy, ya con el oro al cuello y la historia escrita.
De la anécdota local al fenómeno mundial
Para Hugh Cahill, también de RTÉ, todo empezó como un rumor de pueblo costero. Katie era de Bray. Él, de Greystones. Muy cerca. Se hablaba de “una chica increíble” que boxeaba. Que en los sparrings con chicos no solo aguantaba, sino que dominaba.
Sonaba exagerado. Propio de historias locales que crecen con cada repetición. Hasta que la vio entrenar.
Conocía antes a Pete Taylor, que trabajaba en la puerta de un pub del paseo marítimo, Jim Doyle’s, patrocinador del club de rugby de Cahill. Después de los partidos, los jugadores pasaban por allí. De la puerta del pub al gimnasio, el salto fue natural.
En aquellos años, mucha gente no entendía el boxeo femenino. Lo veían como una rareza. Un experimento. Hasta que veían a Katie en acción. La novedad se convertía en respeto.
La final de Londres 2012 contra Ochigava, para Cahill, se sienta en la misma mesa que la noche en la que Bernard Dunne conquistó su título mundial en 2009. Momentos que definen una era.
El Excel Arena era un caldero. Un recinto tan cerrado que el ruido rebotaba en cada pared. Casi nadie apoyaba a Ochigava. Un puñado de rusos, quizá sus compañeras de equipo. Ahogados por una marea verde.
Cahill cree que, pese a su fama, Irlanda conoce menos a Katie de lo que parece. Las encuestas dicen que la admiran, que la respetan. Muchos saben de su fe religiosa y de su grandeza deportiva. Pero poco más. Hace mucha labor solidaria en silencio. La campeona mundial, la estrella, sigue siendo en gran parte un misterio.
“Era buena, era letal”
Mick Dowling, dos veces olímpico y dos veces bronce europeo, la vio de cerca cuando aún era un proyecto de estrella. Su amigo Pete Taylor llevó a su hija a Mount Tallant Boxing Club, en Terenure. Dowling no tardó en detectar algo diferente.
La primera impresión no fue un golpe demoledor. No era una pegadora descomunal. Lo que saltaba a la vista era otra cosa: dedicación absoluta, una condición física feroz, un volumen de golpes constante.
Su estilo encajaba con lo que a Dowling le gusta enseñar: cabeceo, esquivas, deslizamientos, entradas y salidas. Una boxeadora de acción continua. Siempre encima. Siempre buscando el hueco.
El papel de Pete en esos primeros años fue enorme. Dowling no quiere que se olvide. “Su contribución fue masiva”, subraya. Juntos moldearon a una púgil que, aun sin ser una pegadora de una sola mano, sabía algo igual o más importante: encajar. Tenía mentón. Podía recibir. Aunque la clave, claro, estaba en recibir lo menos posible.
Katie aceptaba algún golpe si con ello podía devolver varios más. Ese intercambio, casi siempre, le salía a cuenta. Dowling, que por entonces viajaba mucho con la selección, lo vio claro desde temprano: estaba ante una auténtica estrella en ciernes.
El tiempo le dio la razón.
Ahora, mientras Croke Park se prepara para despedirla, todos esos recuerdos se amontonan. Los guanteos en silencio, los viajes anónimos, la rabia de Pekín, la gloria de Londres, la niña que se sentaba en una esquina a mirarla, el periodista que se coló con una bata de médico, el pub disfrazado de embajada.
Katie Taylor se marcha del ring como llegó: cambiando las reglas del juego. La pregunta ya no es qué más puede ganar. Es otra mucho más grande: ¿quién se atreverá a ocupar el hueco que deja?






