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La lluvia interrumpe el drama en la pista 7 del US Open

La lluvia irrumpe en el drama de la pista 7 y aumenta la presión sobre Tiley en su debut en el US Open

La escena en la pista 7 es de esas que tensan hasta al espectador más frío. Kim Birrell y Petra Marcinko están 3-3 en el tie-break del segundo set, con la australiana obligada a ganarlo para forzar una tercera manga. Cada punto pesa como un ladrillo. Y, de pronto, empiezan a caer gotas.

Las dos jugadoras se sientan, paraguas en mano, mientras la lluvia corta en seco el momento más delicado del partido. Desde la cabina de Nine, Brenton Speed lo resume con precisión: unas gotas “para añadir drama” a una situación ya al límite.

Birrell no tiene margen de error. Si cede este desempate, se acaba. Jelena Dokic, también en la retransmisión, lo ve igual de claro: “Qué momento para parar el juego”. No hay respiro mental posible.

“Es duro para ambas jugadoras”, añade Dokic. “Si juegas un par de puntos flojos aquí, el tie-break está prácticamente hecho”. En un desempate así, el ritmo lo es todo. El parón, en el peor instante posible, puede cambiar completamente el pulso del duelo.

El encuentro ya había sido adelantado en el orden de juego por la previsión de mal tiempo. Ni aun así se ha librado del agua. La lluvia obliga a detener también el partido de Novak Djokovic en el Arthur Ashe Stadium, aunque allí la solución llega rápido: se cierra el techo y el juego se reanuda.

En la pista 7 no hay ese lujo. Solo la incertidumbre.

Tiley, bajo el foco en su primer US Open

Mientras la lluvia interrumpe la acción, otro frente se le abre al torneo lejos de la línea de fondo. Craig Tiley, histórico jefe del Australian Open y ahora máximo responsable del US Open, ya está recibiendo críticas en su estreno al mando en Nueva York.

Apenas unos meses después de dejar Melbourne para asumir el cargo en Estados Unidos, Tiley ha impulsado un cambio estructural: el cuadro principal de primera ronda se disputa ahora en tres días, y no en dos. Es un modelo que él mismo ya implantó en Australia, donde el torneo pasó a arrancar en domingo para aliviar un problema crónico de partidos que terminaban de madrugada en las primeras rondas.

La lógica deportiva y organizativa es clara. La percepción, hoy, no tanto.

Con miles de aficionados en las gradas y menos partidos en juego a la vez, el ambiente en Flushing Meadows se mezcla con una sensación de vacío competitivo. Hay público, hay expectación, pero hay menos tenis en directo de lo habitual para un día de apertura.

Las críticas no tardan en aparecer. James Denman, uno de los más duros en redes sociales, dispara contra la federación estadounidense: “the USTA seems to have genuinely f---ed the US Open. I know it’s always busy but this just reads... awful”. Un mensaje directo, sin matices, que refleja el malestar de parte de la afición.

Tiley, por su parte, había presentado el domingo una visión ambiciosa: convertir el US Open en una especie de “Disneyland del tenis”, un parque temático del deporte con experiencia total para el aficionado. También ha aprobado un aumento en los premios económicos del torneo, un gesto potente hacia los jugadores.

La lluvia, el nuevo calendario, los parones, las quejas en redes y el peso del debut en el cargo. En la pista 7, Birrell y Marcinko esperan bajo el paraguas. En los despachos, Tiley afronta su propio tie-break. Y ese, a diferencia del de la pista 7, durará bastante más de unos pocos puntos.